¡Camarero, la cuenta!

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Las migas del almuerzo

 

Pónganse en situación. El Sr. Zapatero, presidente del Gobierno de España, sube al estrado del Congreso de los Diputados, cartapacio en mano, ante la atenta mirada de todo el arco parlamentario. Comienza su diatriba, exponiendo los pros y los contras de sus Presupuestos Generales, más austeros que una sopa de hacha; los unos le aplauden, los otros le abuchean, lo típico, mientras un tercero mixto bosteza de aburrimiento. Y en ésas el líder de la Nación, expone el último punto de sus cuentas para el año que entra: en el balance de los Asuntos Exteriores, hay que restar una partida de 70 millones de euros para indemnizar a Cuba por la guerra del 97. Alguien pregunta, un poco azorado y a micrófono en off, que hasta donde los españoles conocemos no hemos librado ninguna guerra con Cuba en 1997. Y el Presidente, un poco encogido por la que le pueda caer, responde: No, señorías, me refiero a la guerra con Cuba de 1897.

Claro, ustedes opinan lo mismo que yo. Que esos presupuestos no los firmaría ni el PNV, así le concedieran la independencia del País Vasco en compensación. Bueno, pues eso, con sus matices correspondientes, es lo que ha sucedido en Alemania. La canciller Sra. Ángela Merkel ha sacado la cartera y ha pedido la cuenta al camarero para pagar las indemnizaciones ¡de la Primera Guerra Mundial! Entiendo, como alegan los historiadores, que el mundo es tal cual lo conocemos por aquella primera Gran Guerra que convulsionó el siglo XX; entiendo que el Tratado de Versalles con el que se dio carpetazo a aquella ignominia, pactado a la ligera de un tentempié, era un armisticio de vigencia imperecedera. Pero, me pregunto, si los delitos de Jesús Gil y Gil prescribían a los 5 años, y nadie podía juzgarle por ello, ¿acaso un siglo después de veras le importa a alguien la Primera Guerra Mundial? No sé si los alemanes han pagado suficiente por los pecados de su pasado, aunque, honestamente, entiendo que deben de haberlo hecho con creces sólo por el mero hecho de haber sufrido el nazismo, por haber sido nuevamente derrotados en la Segunda Guerra Mundial y por haberse visto dividida tan espléndida nación a machete y cartabón como el cuerpo incorrupto de Santa Teresa.

Dos cosas tengo claras respecto al desconcertante anuncio. La primera, que si Alemania, en mitad de la convulsa crisis económica que estamos viviendo, es capaz de llamar al camarero, y en un acto de honradez, pedir la cuenta de la cena que tomamos hace 94 años, eso sólo puede significar que la Gran Depresión del Siglo XXI está tocando a su fin. La segunda, que Alfonso XIII, rey de las Españas en aquellos tiempos de principios del siglo XX, ni era un gran estratega ni tenía una preclara visión de futuro.

Porque los españoles, en aquella Gran Guerra, nos hicimos los suizos, o sea, nos declaramos neutrales, seguramente porque ya bastante teníamos con los problemas propios como para andar buscando otros allende los Pirineos. Que si los marroquíes iban a remojarnos las barbas, que si las asonadas populares de Barcelona, que si la CNT con sus atentados anarquistas… Como para irse a pegar pescozones a Centroeuropa y salir más escaldados de lo que estábamos. Seguramente, para más inri, nos hubiéramos equivocado de bando y habríamos perdido la guerra. Pero miren ustedes, que si al abuelo de nuestro rey le hubiera dado por apoyar a ingleses, belgas y franceses, ahora tendríamos un pellizco de la pedrea altruista que los alemanes van a soltar, tirando de chequera, a golpe de Euromillones. No sé si hubiera merecido la pena, porque ya es bastante que nuestros abnegados estudiantes tengan que plantar los codos para aprenderse la truculenta historia de España, con sus repúblicas, sus batallas de ultramar, sus nacionalismos y su propia guerra civil, como para añadir al buche de la memoria dos guerras mundiales con participación (directa) española.

De todas formas, si en algo se sintieran en deuda los alemanes con los españoles, aceptamos que nos dejen vapulearles nuevamente, por tercera vez consecutiva, en la próxima Eurocopa de fútbol. Los españoles no somos rencorosos. A veces un poco simples, sí, pero no vengativos.

En todo caso, dicho queda. Alemanes, ¡ole por vuestros bemoles!

 

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