¡Qué camarada ni qué ocho cuartos! (Frag. 16)

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Sara fue hija de un revolucionario de armas tomadas. Ella conocía más los pasos que daba Abram, mi padre, que él los suyos. Fue hija de Joachim y él, como Leopoldo y Leopoldín, en su tiempo, se daban tratos de camaradas. Y, aunque era sólo una chica, ante la cual no se explicaba la familiaridad, el coqueteo de ella, para los meses, de abril a junio, el Blitzkrieg en el año 40, Abram le pidió de golpe y porrazo que fuese su novia. Ella estudiaba medicina, igual que él, y aceptó. Fue la primera vez que le llamó Camarada y él protestó: «¡Yo no soy Camarada! Si vamoa a ser novios, que sea sin etiquetas…»

¡Qué camarada ni qué ocho cuartos! (Frag. 16)
Rotterdam después del bombardeo nazi

Explicó que sólo, hasta muy recientenente, Churchill le ha representado la energía y la visión del mundo europea que a su misticismo había faltado. Sí. A ella ya le habían dicho que Abram es, como su padre, hermético y místico. El le dijo que iría a cruzar la raya y que se uniría a los ingleses en la resistencia. Combatiría al Tercer Reich. Ella dijo que tiene contactos en la sede de la Cruz Roja Internacional en Berna. Es allá donde ha estado y tendrá que regresar. «Yo debo personarme ante los cuarteles de la AEF (Allied Expedicionary Force)», le dijo él y no se atrevía a preguntar por qué tenía que ser él quien le gustara. Ella es quien, a cierta distancia, lo anduvo siguiendo. Lo saluda si lo veia, con sus movimientos de manita, o el guiño de sus ojos espléndidos.

D. David «Ike» Eisenhower advino como Jefe de Operaciones Militares de los Estados Unidos en Europa, en 1942, y Comandante en el teatro de guerra europeo. Y la familia de Joachim de Riga quien tenía autoridad y rango en la resistencia para asignar a Leopoldín misiones de trabajo revolucionaria le dijo: «Ese estudiante Abram, pariente tuyo en la casa, ¿es confiable? ¿Es merecedor, camarada? porque ya me pesa la sospecha de que nos harán escombros y lo que sucedió en Rotterdam ocurrirá en cada gran ciudad europea… que se joda todo, Leopoldín, pero que no se pierda mi tesoro mayor». Hablaba sobre Sara, su hija.

«Lo escarbé ya, Joachim. Y me ha dicho que él no se consideraba partidario de ninguna idea política… En este asunto, es fiel al pacifismo de su padre. Toda guerra es la señal de un pueblo sin Dios, me dijo».

«Pero hay que tomar partido. Sara piensa igual que ese muchacho y, siendo mujer, es ahora camarada».

Efectivamente, con éstas y otras instrucciones que se le confiaron en la capital suiza, a las orillas del río Aar, Leopoldín hizo que Sara y Abram se conocieran. De 1942 a 1944, la Universidad de Berna, seguía abierta, con la meta de originar los médicos de emergencia que, predicha la blitz irremisible, la nación necesitaría al igual que naciones entre los Aliados. Los bombadeos nazis podrían extenderse a los rincone más remotos y sagrados de los Alpes y Países Bajos, se decía entre la cáfila de judíos. «Y tenemos que mover nuestras redes ahí, gente en las universidades, gente que organice y salve vidas, y ese es nuestro trabajo», decía Joachim.

«Si te place, no te digo camarada», dijo la mujer con voz dulce. El no sabía ni su nombre. «Llámame, Sara».

«Puede que a mi padre no le parezca aberrante que una mujer estudie medicina», piensa Abram, apretándole la mano que ella le extiende. Le parece una mujer para el Nuevo Mundo, viaja sola. Conversa sin miedo y al punto. Se muestra tan independiente y confiada que el pensamiento de Abram se remonta a La Habana, donde deben estar Benavito y La Sueca pensando en él. Este es su hallazgo. Si Otilio viviera utilizaría la misma metáfora con que hablara sobre la mujer que dio a su padre, Benavito, y que siendo hija suya fue como una señal de renovacion moral enviada en un cestillo.

Se reditaría, con el protagonista femenino, la historia de Moisés, que navegó en un cestillo por el río ante los ojos de la hija del faraón. Y, con ese sentimiento, le vino la imagen de su madre. Es Leopoldo, padre, quien le contaba cuán orgullosamente Otilio llevó a Cuba la cepa de La Sueca y cómo Benavito hizo de ella una parábola viva. A Cuba no llegaba, con ella, la Ley de Moisés, sino Ley de Misericordia, encarnada en la esposa de Benavito, Malka La Sueca, y «es para humillación de los collados antiguos, que serían enterrados en mortandad, en guerra por su desobediencia y ambición», quienes la menosprecien. En su reinterpretativo discurso, su madre sería la cepa nueva y la honra que Otilio había sacado a Temán y Parán para separarla del «viejo mundo», trasladándola a Cuba como semilla de renuevo. Cuba: insel der Hoffnung, Cuba: isla de la esperanza. Y ahora, por tener a Sarita ante así, dice que si se sobreviviera la guerra…
«a Cuba, llevaré esta mujer preciosa» y le parecía una decision sabia, porque la mujer hablaba un español correcto, además de francés y alemán.

El tiempo, muchas veces escaso, para tratarse románticamente solía ser intenso. Búsqueda de recuerdos nostálgicos. «Eres bastante faldero. Tu hogar te obsesiona. Aún se percibe la ansiedad de separación de madre / padre… de tu casa. Y eres inmediatista… sólo es bueno lo que te gusta de ese presente idealizado junto a tus padres, camarada». Ella lo sicoanalizada. «¿Eso crees de mí?» A él, nunca le habría gustado salir de Cuba. «Hablas sobre Cuba todo el tiempo y yo hablo de lo que tenemos que hacer, si queremos seguir juntos, irnos a Berna, terminar la carrera, combinarla con labor social… Por mi parte, yo no pienso no en el Paraíso Tropical, ni en el Eden, sino en tanta gente herida que veo en la Cruz Roja… de momento, me dices… hágamonos novios y pregunto: ¿Para qué? ¿Para estar aquí, oyéndote platicar de la Cuba idealizada que tienes en la cabeza?»

«¡Es que me fascinó que conozcas la cultura hispánica!»

«Y lo que conozco, si algo remoto me han contado mis ancestros, es que alguna vez fuimos una familia en la judería de Sevilla. Que en un día de primavera, Ferrant Martínez, quien fue Arcediano de Écija, se levantó y llevó arengas de odio por todo rincón de la Ciudad de Sevilla que recorría… Eso fue en 1391, pero me parece igual hoy… ¿Acaso no oyes arengas que exhortan en cualquier ciudad de Europa ir contra de la raza judía? En aquella época vivían en Sevilla, sin mayores dificultades en su convivencia, judíos, moriscos y cristianos, pero arcedianos como Martínez rompen esos equilibrios… un día se levantan por el lado equivocado de la cama. Originan motines populares en las juderías, insultan, saquean tiendas… ¡Oh, Amado Jah, no sabes lo que un predicador puede hacer en pueblitos de calles estrechas y con sólo dos puertas! ¿Sabes que Camarada para mí tiene un bello significado? Un camarada no es un compinche que sacas del
populacho enardecido, como esos que movudos por las arengas del Arcediano de Écija, sea que la fecha sea hoy o 1391, cien años antes de la expulsión de los judíos durante el reinado de Isabel la Católica… ah, no creas, Abram, que te diré ‘camarada’ si no te gusta… pero yo de un camarada espero lo mismo en la judería de Sevilla que en Berna, lo mismo en Cuba que Leyden, que no sea uno de los que atropelle a ser humano alguno cuando entren por la Puerta de la Carne a mi barrio y mi campo… La otra puerta, en el barrio en que nacieron mis ancestros, se llamaba Mateo Gago… Ah, me cuentas y recuerdas sobre la belleza de La Sueca… yo recuerdo, insistes… Todavía no me has dicho que yo esté bonita, pero, por tu mirada sé que lo piensas. Te digo que estoy triste hoy… En mis generaciones judías se repite que durante un día entero, en su pueblo natal, 4,000 hombres, mujeres y niños fueron degollados sin piedad, en las calles, en sus
propias casas, y en las sinagogas».

Dijeron que pasado algún tiempo, y no sin recelo volvieron algunas familias judías a Sevilla. Quisieron sus tiendas y sus casas. Mas jamás volvió a haber ya un barrio judío. Las arcaicas sinagogas fueron expropiadas. Sobre una se reforjó la la parroquia de Santa María de las Nieves, que bautizaron la iglesia de la gente blanca, y sobre otra, construyeron la parroquia de Santa Cruz, que ubica en la Plaza de Santa Cruz. «Un día Joachim de Riga, me llevó de niña a Sevilla y me dijo: «Mira, en esa iglesia y en ese patio, hará 500 años, no éramos los Riga. Eramos sefardíes. Ahora ya todos los que nos traten serán Camaradas, porque si no conocerán qué temibles podemos ser… ya no seremos sumisos nunca más. Ni pondremos la mejilla para las bofetas ni nuestros cuerpos para los cuchilleros… que hoy comience la historia de la rebelión, la historia de verdaderos comunistas y más que comunistas, anarcos»

Cuando el futuro Enrique III alcanzó la mayoría de edad para reinar, encarceló al Arcediano de Écija don Fernando Martínez. La mayor parte de los asesinos se quedaron riendo. «Eso es lo que no me gusta de la historia del mundo».

«Entonces, no hay más remedio que matar», dijo Abram.

«No dije eso: sólo reconstruir la historia, rehumanizar la historia y darnos el lugar que merecemos, aunque sea como volver a Sevilla y mirar los patios de la Plaza de Santa Cruz y, desde allí, recordar el lugar donde tuvimos sinagogas y se amontonaron nuestros muertos», dijo Sara.

«Eres valiente».

«¿Crees que podremos irnos juntos a Berna, camarada?»

Supongo que, antes de la intensificación de los conflictos y de que los EE.UU. entrara en la guerra, en presencia del propio Conde Folke, quien presidía la Cruz Roja Internacional, ambos dijeron como muchos de los judíos: «Vamos a servir a la Cruz Roja, aunque tengamos que morir».

Al investigar la vida de ellos en Berna, hallé referencias a la valentía de ambos. Una que saltaron en paracaídas desde alturas inmensas. Escribieron tan orgullosos de este hecho, que ejecutaron con éxito el «brolly-hop» que reprodujeron a mano la carta y la enviaron desde 3 puntos diferentes de Europa, olvidando la mención de su matrimonio. Su relato apareció en la prensa, por una de las cartas perdidas y recuperadas, que había sido escrita en sobre membretado por la Cruz Roja. Sin mi familia esperarla, un periódico en Amsterdam interceptó el mensaje y elaboró una historia con el contenido de aquella carta de mi padre al Dr. Simon ben Abram.

Con el tiempo, tal artículo apareció por la casa. Lo ataron al tefillim. Mis padres fueron mencionados como héroes de la Cruz Roja. En Berna, Suiza, la vida de la pareja no supe si sus vidas fueron más tranquilas que lo fue años antes en Basilea, Leyden u otros puntos, mas siempre se les recuerda al pie de los blood-wagon de las ambulancias en los teatros de guerra.

Cuando yo dije a mi padre que me sentía tan feliz de que nunca tuvieran que matar a nadie, ni en defensa propia, ví sus ojos llenos de lágrimas. Y me dijo que, por amor a su Camarada, sí tuvo que matar. «Era era, mi regreso, o aquella Sevilla de la que los Riga hablaron cuando hicieron juramento, una Sevilla que vieron desangrada en la invisible impunidad de la Plaza de Santa Cruz».

[De la novela «Las juderías», completa en internet] http://carloslopezdzur-carlos.blogspot.com/2010/10/las-juderias-novela-16-25.html