Cultura

La muerte del adversario. Hans Keilson. Editorial minúscula. 2010.

“Un sello es como un saludo que atraviesa todo el mundo. Lo pegas a un sobre y, en el extremo opuesto de la Tierra, un niño lo despega con impaciente cuidado”.

Página 43.

“Siempre he sabido que las palabras son un baúl con doble fondo y que uno no puede evitar, ni siquiera con la mejor de las intenciones, apartarse de la línea trazada por la verdad y la decencia universal”.

Página 96.

“El contorno de lo visible crece gracias al coraje de quien intenta desembarazarse de su propia ceguera”.

Página 121.

“Solo entregándose a los desniveles ascendientes y descendientes del paisaje, yendo de montaña en montaña y recorriendo a pie lo que la vista ha divisado desde la distancia, puede uno escapar de la piedra de molino de lo cotidiano, que muele y pulveriza despiadadamente el pensamiento y todos los sentidos”.

Página 136.

“Uno puede hacer muchas cosas que no son correctas, pensé. Puede matar, saquear, mentir y amargarle la vida al prójimo de mil maneras distintas, pero puede hacer aún más cosas si las hace por amor a alguien, si con ellas quiere demostrarle a ese alguien lo mucho que lo quiere. Pero un amor que te empuja a profanar cadáveres y arrasar cementerios por la noche tiene que ser un amor bien perverso”.

Página 237.

“No hay nada peor que el frío, el desamor es frío, la muerte es fría”.

Página 249.

La obra es un derroche de filosofía y psicología, de introspección en el terrible mundo de una víctima que sufre miedo, que llega a justificar a su verdugo por ese mismo miedo. Que busca excusas, explicaciones… que niega la realidad, que es incapaz de sincerarse consigo mismo, pero en esa diálogo interior descubre sus propias estructuras mentales y llega a profundizar en su relación íntima con un enemigo más colectivo que individual.

La novela, que se presenta con la famosa estratagema de los papeles escritos por otros y encontrados o guardados a su dueño y escondidos hasta que salen a la luz, describe la subida al poder desde los años treinta, de Hitler, sin mencionar una sola vez su nombre. Entre otros motivos porque se pretende hacer una abstracción de la relación con el enemigo que desea nuestra aniquilación, con independencia de las circunstancias que rodean esa relación de odio. Las peculiaridades del texto son muchas pues no se entra en detalles sobre las muertes, las torturas, los campos de concentración… ni en las conquistas territoriales o en los avances políticos del partido. Todo es mucho más personal e íntimo. No se llega al horror del lector por el medio “fácil” de describir las atrocidades del hombre sobre el hombre, salvo en la minuciosa narración que se hace de la vejación de un cementerio de judíos (aunque tampoco se diga expresamente que lo es) por parte de un “escuadrón” de adeptos a la ideología liderada por Adolf Hitler y su camarilla. La destrucción de los restos y las lápidas que sirven para recordarlos, la degradación de nuestro recuerdo amado y, sobre todo, el orgullo con el que se narra la acción, como si tuviese tintes heroicos, roza la perfección si consideramos que se trata de un estilo nórdico, mucho menos barroco y apasionado que el latino. La objetividad mantenida durante toda la narración puede llamar la atención de un público español que probablemente sería mucho más dado a la descripción con implicación emocional en caso de que fuera autor.

La víctima, como el hijo con respecto a la madre, necesita “matar” mentalmente a su verdugo para poder seguir adelante. Saber que es capaz de enfrentarse a aquel que desea su aniquilación si no es posible la negociación o el entendimiento. Hasta que el protagonista no puede imaginar ese asesinato no se libera de su condición de víctima condenada al miedo. Miedo que le impide enfrentarse a su enemigo y que le empuja a justificarlo, en una perfecta pescadilla que se muerde la cola.

La minuciosidad con que se describen los contenidos de la “mochila de emergencia” que ha preparado el padre de la víctima por si son “capturados” por un escuadrón de soldados de la Gestapo (una vez más no hay nombres) tiene una fuerza evocadora grandísima, es un agujero en el estómago, un puño apretado sobre el corazón. Las sensaciones descritas sobre cómo el calor genera hogar o la importancia del jabón… y la impresión de último viaje son tan grandes como la Literatura puede ser.

Un libro enorme por dentro, con una gran capacidad para hacer pensar y poner en tela de juicio las justificaciones de los verdugos (sin enemigos el hombre muere, porque así sucede entre los animales, llegan a argüir con una leyenda sobre ciervos y lobos), que por desgracia siguen siendo una constante en la vida del hombre. Una visión mucho más intimista pero igualmente devastadora que los libros que describen al detalle el horror de la Europa nazi y la locura del exterminio.

Sobre el autor

Jordi Sierra Marquez

Jordi Sierra Marquez

Comunicador y periodista 2.0 - Experto en #MarketingDigital y #MarcaPersonal / Licenciado en periodismo por la UCM y con un master en comunicación multimedia.