Memoria de Basilea y muerte de Malká

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«¡Oh! Cuba hermosa, primorosa, / ¿por qué sufres hoy / tanto quebranto? / ¡Oh! Patria mía, / ¡quién diría / que tu cielo azul / nublara el llanto!»: Lamento cubano (1932), canción de Eliseo Grenet Sánchez, popular durante la dictadura de Machado

Fuente imagen: pasajebarato.com

La gran frustración cultural, hecho al que siempre se refería con ironía, es que le dijeran La Sueca. Tuvo claro que nació en la Basilea-Ciudad (Basel-Stadt), que en nada compete a suecos. Esta ciudad es el más pequeño de los cantones suizos, en la frontera con Francia y Alemania, atravesado por el río Rin. Al sur está Basilea-Campiña.

Su padre, ya supimos, es Otilio Matías, demasiado sefardo en su apariencia. «¿Qué tengo yo de una sueca que así me llaman?» Al principio fue chocante porque Otilio y Leopoldo alguna vez comentaron lo que en Cuba significa hacerse el sueco. Insinuar a la persona zoqueta / con los agravantes que tiene ser soquete, o tarugo, o hacerse el que no se entera, jugar al loco, y Doña Malká, recién casada con Benavito, no lo olvidó. El asunto siempre la metía en cavilaciones. Creyó haberse ganado un respeto de criolla. «¿No fue Otilio, cubano?»

A veces, al juzgar a su esposo, es Sara quien cree que «sueco, sólo él», uno que como Abram desoye adrede alguna orden o evita involucrarse en algún asunto, estrictamente familiar. Pero la expresión es muy antigua. La vio y sonrió un día que leía un drama de Manuel Beltrón de los Herreros: Dios los cría y ellos se juntan. Drama del siglo XIX. «Y a Leopoldín, cuando hablaba con mi padre acerca de la 2ª Guerra Mundial, y los suecos que no dieron apoyo a sus vecinoa fineses durante la invasión rusa de Finlandia. «Se repite la historia. Los suecos miran hacia otro lado. Se hacen a la idea de que nada importa. Que la invasión no los afecta. Que el sueco es sueco y la solidaridad un bledo».

Mas cuando se ponían a hablar sobre vikingadas, piratas y guerreros de la Vieja Escandinavia, ah… por la magia de Karl presente, todo cambia y se hacía claro. De pronto, ya decía, no hay misterio. «La razón por la que a los Abram y a los rusos judíos de este pedazo de La Habana les llaman suecos es ésto. Los vikingos suecos, llamados Rus, son los padres fundadores de Rusia, y han llegado a Cuba con la Primera Guerra mundial».

De hecho, cuando en la escuelita laica, «a la mañé», que fundó Mamá, discutimos algo sobre la Historia de Suecia y la época de los Vikingos y los protorusos, escuché este punto. Al fin, imaginé yo, se explica por qué esta Calle es la cuadra de los rusos, siendo la calle de los judíos. Los guerreros y navegantes vikingos, desde los ríos de Rusia llegaron al Imperio bizantino, Constantinopla, sólo que el Estambul, o la turquía caribeña es La Bodega, La Habana. No. Este no es Gothan. «Aquí están los mulatos y el ruso blanco que viene es el vikingo remoto y el sueco reciente».

Con el Sueco Mayor, quien trajo a La Sueca, no había engaño. Benavito fue uno de los que jamás ‘se hizo el sueco’ porque odiaba tanto a los nazis. Sabía que la pretendida neutralidad de muchos países es humo. Europa fratricida. Se comen entre hermanos. Cuando no se está en posición de oponerse a la Alemania nazi, el falso neutral colabora, no puede más que obedecer y Suecia lo hizo. Vendió de su acero y proveyó rodamientos y a maquinaria a Alemania durante la guerra. Sus voluntarios en las unidades nazis SS estuvieron entre los primeros militares en invadir la Unión Soviética durante la Operación Barbarroja. «El resultado son los judíos en esta calle. Esta aljama de La Habana, hecha de judíos rusos y unos cuantos polacos. Gente más honesta que no lucró, escapó. Verderos inocentes… Yo hubiese hecho lo mismo». De la ‘Sueca de embuste’ que trajo de Basilea no se arrepiente, aunque digan que él se robó una ñiñita para sus «viejos
güevos calientes».

Doña Malká se crió como una chica capitalina. Cuando iba a su colegio, podía ver a hombres trajeados, meticulosamente vestidos, yendo hacia el Grosser Rat, el Parlamento, y las fiestas eleccionarias cada cuatro años. Le gustaban los Carnavales de Basilea, Basler Fasnacht. Los esperaba con ansias y, con Otilio y Leopoldo, en la casa, se le hizo aprender muy fácilmente el idioma español y con su español de aprendiz era capaz de comunicarse con las comunidades italianas, bastante numerosas en Suiza, más que la francesa entonces.

Y fue así que conoció a Benavito. Al principio fue un cariño, como de padre a hija, pero, en años de verla espigarse y engordar, él se convirtió en Caín queriendo esposa. En Moloch, o rey que pide Malká, su reina. En Baal que pide Posesión y la enamoró. El sabía cómo. Ella era una buscadora de paraísos tropicales y de una Nueva Arcadia. «Creo que yo sabía de Cuba más que él mismo», dijo la mujer. Benavito sólo se movía de La Habana a Cárdenas y la Provincia de Santiago, por razón de Moritz y los Lecsinka. Ella consultaba sobre la historia cubana y la geografía y hablaba obre Haití, Curazao, antillas y archipiélagos, en el Caribe, nido de piratas. «Yo te mostraré todos esos paraísos», le prometió Benavito y no se lo cumplió.

¡Qué linda! Recuerdo a la Abuela, las rememoranzas de su noviazgo y amores. Aquella mujer que no conoció a su madre, que se crió entre hombres, que esperaba con ansias el Carnaval y que Benavito, al explicar los Carnavales mulatos de Santiago, la hacía imaginar escenas muy coloridas, al ritmo de tambores, charangas, mamarrachadas. Ella lo recuerda, con algunos tarareos de canciones que él gustaba («La Bayamesa», «Perla marina», «Guarina», y «Tardes Grises»), de Sindo Garay, el Faraón de Cuba, como le llamara el poeta Federico García Lorca. Este cantante y compositor de Santiago de Cuba tocó el corazón del rabino.

Por igual, Benavito sacaba los recuerdos de los fines de semana del Carnaval de Verano y patrocinadores de industriales locales, como fueron la Polar, La Cristal y cervecerías y rones como Hatuey; Bacardí y los tabaqueros de Edén. Cárdenas fue su lugar de retiro favorito, a la muerte de Moritz. Pero Santiago de Cuba era la tierra para sus alegrías, por su diversidad musical y la belleza de las mujeres allí y no hablaba acerca de las rubias precisamente.

Según contó Benavito a Malká, para febrero y marzo, antes de Cuaresma, había un Carnaval para los Blancos Cubanos, «a quienes no les gustaba el alboroto, los bailes indecentes y el ruidajo o la mamarrachería». Se jactó, «yo iba a esos, Carnavales de Invierno, patrocinados por la Sociedad Filarmónica, o el Club Catalonia; pero me escapaba para la cumbiamba de los africanos».

* * *

Quiero recordarte, Malká, como si estuvieras viva todavía. He buscado estas canciones de Sindo Garay, esta vez en voces de Ela Calvo y Omara Portuondo para que te recuerden a Abuelito. ¿Oyes en el Seno de Abram, Nuestro Padre, su «Guarina», «El huracán y la palma», «Amargas verdades» o «La tarde»? Hallé un abandonado tocadiscos de Papá. Te pondré canciones de la mañana a la tarde.

Te diré cómo se ha portado la cocinera Puruca. Aprendió a hornear las galleticas de miel y almendras, galletas de Basilea. Tiene la receta escrita, ya las hace de memoria. Siempre las hará en tu honor para recordarte y deja que meta mis dedos en la masa de harina y me los chupe cuando sepan a miel… Te diré cómo se porta la maestra La Becerra y que, ya nos enseña música, aunque yo no sé cantar ni en iedish ni en hebreo. Lo que ella quiere que yo aprenda es a apreciar toda la música. Un día, después del luto, le dije que nos trajera discos de Sindo Garay y cumplió. Los trajo. Ya escuché otros de los suyos: Antonio y Evelio Machín y Benny Moré… De la música que oye Mamá, o que canta cuando está feliz, o romántica, que no falte Leo Marini, ni Daniel Santos ni Sylvia Rexach…

Confieso que mis años en la escuela doméstica laica, si no fueron los más felices de mi niñez, fueron los que más me hicieron conocer a mi familia. Eran días intensos y afectuosos entre los camaradas, tanto que olvidé que el último regalo de mi padre, o novedad que recibimos para la casa fue un televisor. El gran mueble era como un objeto que no existía, al que sólo podíamos mirarlo desde lejos. Papá lo encendía y lo apagaba. Poco habría faltado para que pusiera un letrero que dijera: Prohibido encenderlo si no estoy presente.

La transmisión televisa comercial en Cuba existía desde 1950, gracias a la señal de la Unión Radio Televisión, por el Canal 4, una de las primeras en el hemisferio entero. Gaspar Pumarejo, a quien recuerdo tan grande y gordito, con una voz pastosa, fue el dueño de la Unión Radio Televisión. Pumarejo tuvo sus primeros estudios de televisión, en su propia casa de Mazón 52, esquina a San Miguel.

Una de esas veces del año que fuimos de paseo a Ceiba Mocha, en años menos peligrosos que 1961 o 1962, previo a tomar el tren, tiempo a nuestro favor, en coche de alquiler adquirido por Andrés pasamos ante cierto edificio de la Calle 23 y M. «Desde ahí», señaló con su índice, «es que Pumarejo hace su show. Otro día les llevo para que vean Radiocentro», estudios televisivos de las Empresas de Goar Mestre. O Canal 6. La CMQ Televisión, Unión Radio Televisión y Telemundo y de cuatro transmisoras y repetidoras restantes, tres se instalaron en La Habana.

Recuerdo vagamente los anuncios y jingles de cigarros, a Gaditana, Ñico Saquito, la pasta dentrífica Krest y los jabones Camay y Palmolive. Recuerdo que alguna gente vino a casa a pedir ver programas de la CMQ TV, en especial, a «Pototo», personaje de Leopoldo Fernández. Que teníamos una televisor en la casa nos dio prestigio de ricos en medio de las miserias del bloqueo. Nos hablaron sobre las farandulerías y lo que dice Bohemia o no dice… Que Celia Cruz se huyó y Olga Guillot también. Fue la primera vez que escuché que Pototo fue considerado un ídolo en Cuba y que El show de Pototo & Filomeno, en radio y TV, tendía considerarse, desde 1955, lo más importante que ha ocurrido en la nación. «Más importante que la Caída de Fulgencio Batista», nos dijeron. El lamento público en la calle fue que, al programa, Castro lo prohibió ya en la radio y lo quiere censurar en la TV. En el show, Castro y su gente son objetos de los chistes y
acerbas parodias políticas. La Tremenda Corte, una que otra vez, escuchada por la radio, a mi familia y a mí no nos daba gracia alguna. Por el contrario, al tonto de Andrés lo hizo que una que otra se cagara de la risa.

Sin embargo, a él lo escuché decir sabiamente: «Actores son actores, charangueros de la banda. El hombre peligroso es el español Cástor Vispo, un amargado, que ya se siente más importante que Fidel y el Papá de los Pollitos… ¡Déjenlo! Que lo que quiere es la píada de la plata aunque tenga que burlarse de su madre… Usted verá a toda esa gente que lucra fuera de la Revolución, liar sus maletas e irse cuando no haya dinero. De patriotas y críticos responsables para el momento que se vive en Cuba nada tienen. Guaracheando en los cabarets Sierra y el Montmatre se la pasan en la noche, de modo que usted, Sarita, no acceda a prestar su televisión a charlatanes interesados en cebar sus comemierderías».

Y se fueron con su Tremenda Corte a otro lado… mas, entre las maldades del follón de Andrés, que sí se ensartaba los programas en la radio, estuvo comparar al Viejo Benavito, su padre en momentos de exaltación cascarrabia, con el Juez del programita (Aníbal de Mar). Y, según crecí, en el exilio y escuché los dichosos programas de Pototo, le dije: «¡Coño, tío, tu voz y manera de articular me recuerdan a Pototo y Filomeno!»

¡Cómo de feliz fue la escuelita que cuando comencé a ver la TV hasta la novela más lacrimosa que mi Mamá viera, una con un tal Albertico Limonta y Mamá Dolores, me parecía sobre un mundo sin sentido, tan ajeno, cursi y falso!

* * *

«Recuerdo que Otilio aprovechó su trilingüismo, alemán-español, alemán-francés, tan pronto pudo para convertirse en agente de Bienes Raíces y broker comercial para bancos. Puso la medicina a un lado. Era un gran conversador, con facilidad para hacer amigos y, a menudo me dijo: Hija, este Abram, hijo tuyo con Benavito, es tan callado. Se ve que es hijo de la vejez de Benavito… Nunca conocí a un hombre tan impenetrable. El no parece hijo de Simón ni tuyo. Espero que, con sus estancias con nosotros en Basilea, te lo regresemos a Cuba con un poco menos de timidez o miedo, y de lo mismo se quejaba Leopoldo más abrumadoramente».

Y, cierto es, que Malká se lo decía a Sarita: «Parece hijo avergonzado, como si fuera hijo de Agar, y no de mi vientre, parece Esaú, no Jacob… ¡Ay, Sarita! Cámbialo, edúcalo. Yo no pude porque él no quiso y él menosprecia a Andrés, más que su padre, lo he visto llamarlo hijo de puta y no me gusta entre hermanos, aunque las madres no sean las mismas».

«Sí. Lo haré. Conmigo será un verdadero sueco. Le pondré pantunflas de alegría, soccus como las empleadas por los comediantes de Roma.porque en vez del calzado que en el teatro romano antiguo llevaban los cómicos, él calza sus coturnos de teatro trágico y eleva su estatura de amargado». Y él, aunque no es hombre torpe y obtuso, se asemeja al verdadero tonto.

También yo recuerdo a Abuelita Malká haciendo alardes de sus artes de cocina. Más bien, lo único que sabía era hornear unas galleticas, de miel y harina, que llamaba «Basler Läckerli» y para Navidad, la cocina volvía a ser suya. Horneaba entonces galleticas con almendras, que llamaba las «Basler Brunsli».

¡Ay, meine Großmutter, abuelita! También yo me quise morir cuando ví tu ataúd y lo bajaban por las escaleras hasta la Calle. Yo no dormí esa noche, por días no quise dormir, hasta que no vea tu ataúd cubierto con la tierra de Ceiba Mocha. Te hicimos esa promesa. Y la cumplimos. Después, en el regreso, lloré a boca partida. Grité, sin vergüenza de llorar, para que lo supieran los montes que se fue la reina. Lloré para que Dios me callara, molesto conmigo, abriera la tierra, me tragara y me hallara contigo en un espacio del abismo… pero, Mamá me dijo: «¿Y a mí quién me cuidará, Copiloto? ¡Si te mueres! ¿Quién a mí?»

Al fin, Malká está en su Cueva de Macpelá.

«Willst du mit zu mir kommen, meine Liebe?», me dijo Papá. Por lo menos, él vino a enterrarla. Erst die Arbeit, dann das Vergnügen. Supo que no quise ver su rostro por última vez cuando el ataúd fue examinado para el último respeto de quienes la conocieron.

«Si Andrés me llevará con mamá a casa estará bien», dije.

Y fue la primera vez que me limpió, con su pañuelo, los mocos y las lagrimas vivas por tanto llorar. Una veintena de personas, todas desconocidas para mí, estuvo mirándonos. De ellas, recuerdo al nuevo Cohen de nuestra calle en La Habana y a nadie más.

[Frag. de novela LAS JUDERIAS, completa en la internet]

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