Economía Liberal vs. Economía Social

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Resulta que tengo un amigo sindicalista, sí, ¿qué le vamos a hacer?, nadie es perfecto. Más allá de la broma, mi amigo sindicalista se ofende mucho cuando lee mis artículos porque dice que me estoy vendiendo a la economía liberal y que ya no ve nada de aquél joven idealista que leía al principio, que poco a poco he ido abandonando los postulados de la lucha de clases y que me he vendido al capital.

Como no podía ser de otra manera, no estoy en absoluto de acuerdo con él, y así se lo hago saber en cada discusión que mantenemos. Mis postulados siguen siendo de raíz social, pero adaptados a los tiempos que corren, porque de nada sirve utilizar recetas obsoletas para tiempos modernos, recetas que revertirían en un empeoramiento de la situación de los trabajadores a todos los niveles.

Su mayor preocupación es mi afán por defender el despido libre, acompañado de una política de formación eficiente, no como la actual. Él todavía cree en las empresas perennes y en los puestos de trabajo para toda la vida. Eso era antes, amigo, hoy en día las cosas son diferentes. Las empresas van y vienen, aparecen y desaparecen, porque el entorno económico de comienzos del siglo XXI es volátil y flexible, y la regulación laboral, si quiere ser eficiente, también lo tiene que ser.

El mayor drama de un trabajador no es quedarse sin empleo, es quedarse sin empleo sin una opción alternativa. Hay que trabajar en la construcción de esas opciones alternativas que se generan a través de la formación continua, para que nadie quede un brazo sobre otro cuando su empresa cierre.

Mi amigo también se escandaliza cuando hablo de reducir las cotizaciones sociales de los autónomos, tanto para ellos como para sus trabajadores. Todavía cree que bajar impuestos es de derechas, pues no, amigo, bajar impuestos también puede ser de izquierdas. La economía tributaria debe de adaptarse a la idiosincrasia de nuestro país y comprender que nuestra fuerza radica en los autónomos, por lo que hay que fomentar su aparición lo cuál, a su vez, redundaría en un impulso a la reducción del desempleo.

Me temo que a mi amigo, como a tantos otros idealistas de la retórica, el árbol no les deja ver el bosque, o como se diga. Se quedan en la teoría de los libros, sin comprender que la realidad es más compleja, y que la teoría debe de ser adaptada nunca extrapolada directamente.

Pero es una batalla perdida, porque mi amigo sindicalista es de los que cree en lo que dice y actúa como tal, algo que le honra, aunque esté equivocado.

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