La justicia de la imagen

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Las migas del almuerzo

 

Ver a Antonio Meño accediendo al Tribunal Supremo pone los pelos de punta. Como no soy licenciado en Derecho ni experto en jurisprudencia desconozco si era necesario u obligatorio el espectáculo de llevar al afectado hasta la sala de audiencias, recostado sobre la camilla en la que dormita el coma desde hace 21 años.

En realidad, se supone que la Justicia es ciega y que para nada se deja impresionar por este tipo de golpes de efecto. Aún así, dejando a un lado otras consideraciones, entiendo que la Justicia será ciega pero los jueces tienen ojos en la cara y estoy seguro de que la imagen de Antonio Meño, tumbado en coma en su cama, aún rutilará en sus pupilas. Y seguramente, aunque leve, algo pesará en la balanza de la diosa Diké.

Es del todo imposible, para los comunes mortales, desligar el juicio de la razón de aquél que procede del corazón, o en el peor caso, de las tripas. Por eso siempre he defendido, con mucha capa y poca espada, que la justicia no puede administrarse mediante jurados populares. Tengo un claro ejemplo sobre el mantel: el de Miguel Carcaño, presunto violador y asesino de Marta del Castillo. La primera iniciativa de los abogados defensores fue intentar eludir, a toda costa, el jurado popular. Y aunque suene antidemocrático, he de decir que lo entiendo. Mi entorno me da la razón cuando dice aquello de que “claro, no quieren que le juzgue el pueblo porque saben que el pueblo le impondrá la máxima condena posible”. Y ahí radica el peligro.

El pueblo suele juzgar basándose en imágenes. No diré el nombre, pero alguien me dijo hace tiempo que ojalá lo eligiesen como jurado popular para el caso de Marta del Castillo, “ese asesino se iba a enterar de lo que vale un peine”. A mi pregunta de en qué fundamentos basaba su acusación la respuesta fue lacónica y contundente: “Porque es un asesino”. A la nueva formulación de por qué lo consideraba un asesino, si apenas conocía nada más de lo que la televisión había desmigado, la respuesta fue un cañonazo contra mi corvejón: “Porque sí, porque es culpable, ¿acaso tú defiendes a ese malnacido?”.

Por supuesto que no lo defiendo. Ni tampoco lo acuso. Desconozco el procedimiento penal, las pruebas reales por las que se le imputa el asesinato o la violación. Y por eso entiendo que yo jamás, en mi sano juicio, valga la redundancia, podría juzgar semejante caso. El hipotético jurado popular de Marta del Castillo se encontraría tan envenenado por las imágenes de la caja televisiva, que estaría predispuesto a imputarle hasta la muerte de Manolete si fuera menester. Yo no querría que un jurado así, sentado en los escaños con la carabina cargada y las anillas fuera de las granadas, me juzgara. ¿Y usted?

Volviendo al caso de Antonio Meño, sólo quería decir que desconozco el procedimiento legal que lo ha llevado hasta este momento presente. Y la mayoría de los españoles, preguntados por ello, seguramente tampoco. Sin embargo, el “jurado público” ya ha dictado sentencia contra los médicos, contra el anestesista, contra el hospital y contra las aseguradoras. Siempre se ha sospechado que el corporativismo médico es como un castillo medieval construido sobre un penacho de roca. Inexpugnable. Suficiente. El vulgo, sabio como siempre, lo explica a su manera: “los médicos se protegen entre sí”. Y basándose en esa certeza difusa, o en esa mentira de yunque, Antonio Meño y sus padres (esos sí que son padres coraje, señores) han entrado en el Tribunal Supremo entre vivas y aplausos. Claro está que el abogado defensor poco más que ha tenido que entrar escoltado.

Dicho queda, aunque duela. Y quiero añadir al meollo de esta miga una última anotación, para que no queden dudas. Que, efectivamente, yo creo en la versión de los padres de Antonio Meño, que seguramente se produjo una negligencia médica que ha postrado a su hijo en una cama durante los últimos 21 años. Son demasiados años viviendo en un campamento al estilo saharaui, luchando por una causa casi perdida, con encono, con perseverancia, como para pensar que no puedan tener razón.

Al fin y al cabo, como dije, juzgamos por imágenes. Yo el primero.

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