La cicuta

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Las migas del almuerzo

El Real Madrid desembarcó en Barcelona como los Beattles en aquellos lejanos tiempos en los que el Régimen, obviando la realidad, los denostó llamándolos “melenudos”, que mejor propaganda no la hubieran deseado para sí los chicos de Liverpool. Traían la medicina perfecta, decían los blancos medios, para contrarrestar esa perniciosa infección de tiqui-taca. Lección impagable de periodismo para los nobeles facultativos, que han podido comprobar de primera mano (a priori y a posteriori) cómo cambiar el ojo giroscópico de la realidad, denostando un modelo de fútbol “universal” (y dicen que histórico) que, Selección Española mediante, nos ha llevado a alcanzar el summum deportivo en este país.

 Porque repentinamente, el fútbol de los chicos de Guardiola, “había pasado de moda”. Eso era el pasado; el futuro es el método Mourinho, se jactaban, infalible (hasta ayer), atronador, pelín obsceno, directo y sin banalidades. Las cámaras de televisión no lo captaron y creo haber sido el único en percatarse del detalle: durante el frío saludo inicial entre ambos entrenadores, Pep entregó una botellita de vidrio a don José. Podría haber sido el cava de la amistad, para brindar por los malos rollos, pero me cuentan que lo que le entregó fue un frasquito de cicuta.

 Un veneno potente que los alquimistas de la Masía habían estado preparando durante largos años en su oscuro laboratorio, mezclando azufre, antimonio y la “quintaesencia” (que no desvelaré aquí por ser secreto profesional). Mourinho tomó un sorbo y rápidamente se dio cuenta de la encerrona. Comenzó a sentirse mareado, a ver doble a los jugadores rivales, que se multiplicaban por doquier; luego, con la flojera en las piernas (dicen que el veneno produce tembleques) decidió guardar reposo, arrebujado en su banquillo. Karanka, su segundo, miraba a un lado y a otro y no dejaba de preguntar (con la mano en la boca, claro): “¿Le ocurre algo, don José?”. Y en realidad, su silencio fue la más obvia de las respuestas. “No tengo palabras”, se le escuchó farfullar a media voz.

 Siempre quedará el consuelo de que esto es fútbol y no Wikileads. Un gol de Villa no hace tambalear imperios pero sí deja reflexiones para interiorizar. La soberbia no es buena compañera de viaje; puede maquillarse asegurando que sólo es seguridad en uno mismo, pero mejor hubiera sido para el Madrid que alguien hubiera avisado a CR7 (que a poco pasa a ser CR8) de que dejase las fanfarronadas de puerta gayola para los toreros (para los buenos, que no todos tienen valor para hacerlo).

 Dicen que mientras Sócrates sorbía lentamente la cicuta, condenado por corromper a la juventud y negar a los dioses atenienses, se dirigió a sus discípulos, que lloraban la pena junto a su calabozo, diciendo: “Tranquilos, hijos míos, mi obra perdurará”.

 Y perduró, queda claro, como uno de los mayores filósofos de la historia, pero nunca pudo quitarse de la boca el sabor amargo de aquella cicuta.

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