Cultura

El tirano místico y Federico

«La buena obra de arte es ésa que sale del drama y dice la verdad, el juego creador, sin esperar recompensa… La verdad es lo más doloroso que hay. Al hombre que asume la verdad a costa de todo, a costa de todas las desventajas que tiene la verdad, es al que admiro, al valiente, al que como el sol es sobreabundante, riquísimo, contento de sí mismo, sin envidia. Generoso, da lo que él quiere. El que mira con envidia es porque no está libre»: Federico Nietzsche

Federico Nietzsche. Fuente: http://symploke.trujaman.org

El Tirano místico vive observándose en el inaccesible dormitorio de su propia gloria. Ninguno lo asesina, siendo tan jactancioso como vil perdonavidas (y hay quien ha buscado un ángulo perfecto para echarle un disparo…) Se recuerda a Federico, por ejemplo, cuando dijo contra él: Si no te has muerto, te cagaste. Ya apestas. Vas a morir. Es tu corillo el que intensifica que hiedas, que ofendas hasta el niño y al santo.

Pero, contrario al jactancioso de Federico, el que instiga a su alrededor un hampa que se enaltece de su finalidad y autojustifica, a moral limpia, la necesidad de que su jefe exista, que exista ese tirano, él sigue instruyéndolos con la revelación sobre el fenómeno único que es el Universo, creado por El y la moral que más adecuadamente salvaguarda su misterio e incomensurablidad.

El es la vida, no junk-DNA. El único perfecto es El Tirano admitido, la abundancia fundamentalista y organizada que lo adorna e idoliza. El que siempre tiene la razón, el que es sagrado como Ananda / Sat, lo Real. Le prenden velas y sahumerios. Su mito estallaría, si acaso, pues no lleva a la perdurable esencia fundamental. El como Ser puro, pensamiento puro, sirve únicamente para que Federico reaccione a lo que le reprochan: Que el sueño de la razón es impuro. Creará los monstruos, la bestialidad pesadillesca de seres que son como piedras y almejas, física y biológicamente dormidas. Desconocedoras de Reinos, con funciones cíclicas, circulares, puramente matemáticas, donde la modulación temporal y realidad ontológica excluye lo sensorial y la curvatura del espacio.

Ese habitante de la Ficción tribalizada es dios, avatara, el Predicador del Tú Debes y, si bien echa algunos sustos enormes con dos temas paranoides, la soledad y la muerte, El es bueno. El no es malo. No puede serlo, porque nació perfecto. A él se asocia la Rigidez, la Inclemenca, el fin de la alegría, las fronteras de lo inseguro. Lo expulso desde cualquier vulva caótica es un germen tiránico.

Y no lo pueden matar ni con la daga más filosa del Yo ético kierkegaardiano. Ni empujándolo hacia el abismo cuando él no tiene quien lo aguante ni lo espere abajo, con un colchón de loas y bendiciones, que sean su Ananda-sachidananda.

‘Ten cuidado donde pisas y andas’. Amén.

Tiene enemigos porque él es Sat, realidad de la existencia manifestada, cuando le da la gana, claro. Llama, con gusto, mis hijos a los que le protegen el cuero y a él van como corderitos. Es el Pastor, el mayor de los pastores, donde aún el Cristo / buda / sería su pobre hijito. A veces lo llaman el Innominable y él con mayúsculas. Con su pretexto se justifica todo Orden del Desorden. «Ese dios-Ser-no-puede-ser»

Federico es el peor de los pilatos. Dice Yo Quiero. Un iscariote que lo besa en sus mejillas y lo entrega a las autoridades del Junk-DNA, o esos tribunales impuros de materia sin evolución, parabrahmánicos. Mataría el sofisma dualístico del Ser-supremo-idolizado.

¿Cómo el excremento va a juzgar a quien lo caga? Sepa el mundo, parabrahmánico, que el Ananda / Sat no puede ser valorado ni conocido por la excresencia del Asat, o por esos huevos pudridos del cascarón judío.

¿Quién se atreve a prender al que inspira la mitología más arcaica y la tiranía del espíritu? Ha de ser sacerdote, primate con pistola, hampón desesperado con kioskos eleclesiales confiscados ante un León Imperial que impone satrapías.

Uno hay interesado: Federico lo haría. No Schopenhauer, quien dio aviso a las autoridades del Sat-tabernáculo-manifestado de que un francotirador viene, con voluntad de poderío, para interrumpir el acto más sagrado: su presentación en gloria.

Federico lo odia. Dice que es un impostor, cuyo proyecto ha sido dar un principio de explicación única, organizarlo todo desde un punto de vista unificado. Su respuesta única, principio único explicativo, o visión unitaria metafísica, no armoniza razón ni ser, sino que tiraniza y escinde. La multiplicidad de perspectivas es hollada y escupida por él, el que dice Tú Debes y asigna mandamientos. Argumenta que sólo él camella y hace camellar hasta que se conozca la alborada y el destino; pero la noche se repite y no sirve para nada. Sólo él sigue su camino, en su porfía, y penetra por el vestíbulo elemental del nucleon. Lo rasguña con un invisible zarpaso con manos de hadrones.

El tirano místico es celoso, fuerte, temible. Quien quiera contradecirlo entrará en deudas con el Prejuicio de Su Razón y él se cobrará, siendo que es quien asigna la unidad, la identidad, la duración, la sustancia, la causa, la coseidad y el ser. No le gustan los leones como. La rebelión del león está cargada de resentimientos. El león vive en soledades sin camino, en el desierto de las almas sin creatividad. A los leones le pertenece su espacio de ostracismo. Es rey de bestia, no de creadores.

Federico es antojadizo como un niño. Piensa que hay que actuar y desenmascarar a su vecino. Uno que vivió en su calle y dijo: «Soy el Niño-Dios, aunque haya crecido contigo». No, no. El tirano místico no es un desconocido para Federico. Dios no existe ni ha existido nunca. Ese niño preacondicionado [¿niño?… ¡mangos!] a la rebelión esclaviza a todo el mundo con el deber. Es un maníaco que no juega noblemente como el niño, sino que es antilúdico por excelencia. No crea ni olvida, coacciona, demora las recompensas que promete. No. No. Ya no es niño.

Si lo fuera un poco, Federico lo amaría. Y los niños, sin pedirlo, acudarían a él. Mas no del modo como van los chicuelos, jotizados, a la cama de Michael Jackson.

El Anciano de los Días te dirá los años que vivas, te dará el espacio-tiempo. Nadie decide éso, sino él. El Gran Fijador se ríe de los que niegan, como Federico, que sea admisible y lógica la división que propuso entre el mundo real y el de las ideas, de lo manifestado (Sat) y el Ananda de bendición, que es realidad pura, Chit. Federico no cree que haya conceptos fijos inmutables. Para él, el mundo deviene. Carece de certeza. Federico es práctico. Incredulón. En el mundo interno de los metafísicos, sólo hay fantasmas y fuegos fatuos. Transmundanería. La voluntad no mueve montañas. El yo se ha convertido en una fábula.

«Cualquier pendejo hace milagros que, a la postre, son trucos en complicidad con sacerdotes y legisladores de engatusamiento. Creadores de las mentiras».

Ya sólo los solitarios, como Federico, traspasan a sus hijos la responsabilidad de ser vengadores, guerreros y aristocracia desenmascaradora. La formulación de la palabra se ha convertido en el sustrato de la mentira. Razón por la cual Federico ha renunciado al concepto discursivo.

El pensar suyo es la intuición, la mirada profunda y adivinadora, que no se detiene en la finitud tosca e intranquila que termina siendo vencida por sacerdocios y legisladores con tablas de viejos y estúpido valores. El quiere ver a Dios y darle de patadas; ya ni habla acerca de él, sino de diosecillos que conoció en las universidades.

Mientra tanto, el avatara de la metafísica de la subjetividad, vive discreto y escondido entre simetrías de oculta dinamicidad. Las transformaciones infinitesimales existen arbitriamente vecinas a su identidad y refugio. Sus seguidores lo aman, invocándolo desde la metafísica de la sustancia.

A Federico le replican que el verdadero Eterno Retorno es el regreso del mal. De ideas atroces que regresarán sin cambio. El enviado de los demonios viejos que ya no creen en el amor ni la verdad ni lo bello ni lo bueno. Necesitamos un Quien que, poco a poco, corrija nuestros errores. Uno que podamos obedecer con amor. El es el perdonador de la pequeñez y estupidez humana. El es quien pasa por alto la accidentalidad del mundo y da humildad en los torrentes del auge, la riqueza o su carencia que desvía, al desmoralizarnos. Decaemos y él nos levanta. Es ancla, pronto alivio en las tribulaciones.

A más se lo persigue, él se representa irreductible. Subespacios vectoriales lo cortan en pedazos y él se configura como una variable, ortogonal y unitario porque él es él. Habitante del sarcófago de cedro, recubierto de oro, para quien diez candeleros a lo largo del vestíbulo no son oro suficiente. Los altares de incienso son apenas simulacros, pausas de agotados carbonos.

¿Y la mesa para panes? ¿Y los términos divergentes de su campo? ¿Acaso las lástimas locales, movimientos fortuitos, a la azar de moléculas sin predicción ni regularidad?

A Federico tiene sin cuidado ya si la preocupación por hallar identidad al ente sea necesariamente filosófica. Le interesa más dar un SI INOCENTE a la vida y a lo que tenga el viso del eterno retorno. Ya no le importan los cuatro horizontes del ser: Ens, Unum, Bonum, Verum, pues se quedará con la dualidad (apolíneo-dionisíaca) y con una alianza originaria del movimiento, donde ser y apariencia se independizan de la sujección del dios que victimiza. Es amoral porque, a su juicio, toda vieja moral ha sido dañosa para la supervivencia. Y el más apto, según la selección natural, se afirma como otro charlatán.

El Tirano cósmico-moral dice:

Estoy más allá. Estoy en lo profundo del caos molecular. Soy lo incognoscible, trascendente, absoluto, ilimitado, la inmutable entropía. Estoy en la luz caótica por encima de toda asimetría fundamental (de conversión en energía calculable, cuantificable), sin mecánica ordenada que sobre mí se construya. Ninguno ha puesto coersiones externas a mi ser.

La bestia rubia de Federico es bicha putativa. El padre místico se le esconde. No la procura. La distancia. Ella que creyó estar en la luz de la verdad, en un conocimiento adecuado, ya debe llamarse desamparada. Su engendrador puede volverse su doliente falacia cuando sea descubierto en sus andurriales.

Pero ese camino único hacia la casa de su padre es también el camino en que la bestia rubia verá que no había tal calidez incondicional en su cariño. Mandó un sacerdote a entrenarla en obediencia. Le echó miedo con el nihilismo práctico y teórico. Llenó su cabeza con valores absolutos. Ahora ella es la que se debate ante el saber. Quiere armas para luchar contra los opresores y negadores de la vida y no las tiene. Le piden: ¡Espera, no desesperes, él volverá; él peleará por tí!

Con alguna perra, sata y cochina, él se estará refocilando el día que baje al templo y se esconda tras su velo a darse palos de altas bamas, porque si él conoce la razón del movimiento y el cambio, tendrá de seguro algunas perras de culo rosado y, otras, de culo prieto, y su pasión será como derrames de vía lácteas.

Alma, yo, espíritu, libre albedrío, determinismo, ¿por qué no lo comprendes, Bestia Rubia, perra prusiana? son causas imaginarias y el abandono en el pecado, la necesidad de rendención y perdón, por los que tanto te apuras, son efectos imaginarios. ¡Vuelve a tu casa, vedette, bailarina de pies largos y descalzos, y consuela a los solitarios con mentiras y caricias! ¡Emputécete para que seas útil y no como una vaca dócil!

Los que se atreverán a cazarlo como si él fuera una liebre irán a Jerusalén. Allí hay perros babilonios que nunca lo han querido y que sospechan la falsedad de sus confines. Dicen que el que mucho defiende los credos morales como tales han de ser los individuos más débiles, inconsistentes y sus propios conceptos fijos inmutables, ni ellos mismos los creen. Sólo los más gañines, buitres con disfraces de palomas, quieren la conservación de su poder, como clase sacerdotal. Es todo.

Seguramente, son los más aburridos, antidionisíacos, crueles, aspérmicos. El mundo de nuestro accionar ha dependido de estos sacerdotes o legisladores morales, que en su clase son los más evolucionados mentirosos.

Y éste, el mentiroso mayor, es una bestia rubia y prusiana que se revuelca en la ciencia. Fundó un club social, su kiosko de fe sin cimientos o una especie de casino beato y gazmoñón, donde sus discípulos viven en la languidez del nihilismo, urgiendo que venga el padre, él como Super-Entidad místico-moral. Ahora que él propone la necesidad de vivir una vida fuerte (es más creíble) y, por volver a valores supremos que hoy ya han perdido su crédito, los propietarios más poderosos, no sólo el gentío miserable e ignaro, se unen al friquitín espiritual por deseo de probar el mofongo del progreso…

Federico se pregunta: ¿Quién será este tahur que mueve el nuevo credo?

Alguno más listo que el binomio Hegel-Kant ha de ser.

Este debe ser uno listo entre los más listos, porque maneja la Física Molecular, la teoría de los cuantos, metafísicas avant-garde y, como solitario, metaforiza su ubicación de vampiro que se esconde de la luz (del ojo público) para poseer, o reubicarse, en secreto en sus propios horizontes de linearidad y curvaturas.

Le han construído tabernáculo, a la más antigua usanza. Se sabe que el Lugar Santísimo tiene 20 metros de largo, diez de ancho y una altura modesta de metros y poco menos carajos. Y este cuerpo místico, atrio interior, ¿quién lo ha medido? ¿los que rugen en gozo de catharsis cuando él dice que, por regresar del caos molecular, antes pidió la mortandad de las doncellas? Así quiere que sea.

El Tirano ni siquiera explica sus caprichos cósmicos ni dice a los carpinteros por qué les pide que construyan un camastro. Bajará a la tierra, al templo, a su escondite simbólico. A la Gran Vagina. Su demografía mística exige de una virgen y de siervos con fe que no permitan que vengan los intrusos a ver cómo se preparan los aspectos reproducibles de su naturaleza (el universo material donde hipotéticamente interactúa)… No dice nada. Callar tiene su fuerza y ahorra explicaciones. Los listos viven del silencio. Como monjes y moscas muertas, como entes matreros y mostrencos. Las sumisiones que el tirano logra las pone dentro de eso vago que se llama el alma. Siempre acusa a otros que persiguen al que está en andrajos. El pobre piensa en otro que no es él. Grande como tal es la confianza.

Estrella que no pudo reventar es el pobre. ¿A quién importa la sociología? Un ser místico fue hundiéndose, pulverizándose, atrizándose y son los que dicen que él se levanta en polvo de prueba para cegar los ojos que lo ven y abrir los de los que no lo comprenden. No verá al Padre ignoto, sino el que el Padre haya elegido. Antes te tiran polvo en la cara, te llenan los ojos y los huesos de sal, para que quedes como la mujer de Lot. Sara cegata. Tiesa y patidifusa. Apendejada en la oscuridad de un holocausto.

Pobres y ricos van camino al templo, con camisón de quanta, cuanta mierda hay, y Federico sospechó por los textos de la propaganda que en este nuevo movimiento de creyentes estaría metido Evaristo, cuyo ojos pelones, climáticos, orgasmales, le valieron un Ph.D en física cuántica. El se hizo especialista en la dinámica de gases, ondas de densidad espiral y colapsos gravitacionales.

Ese tipo sí que supo tomar el pelo a sus colegas. Se burló de los crédulos y propuso que el tiempo no se mueve irreversiblemente hacia el futuro. Dijo: El tiempo se mueve hacia donde a mí me da la gana. Punto.

Los tontos que estudiaron con él nunca comprendieron sus avanzadas fórmulas sobre la impredictibilidad de los sistemas caóticos hasta que se metió en el paladar del infinito, casi volviéndose loco de remate, porque se lo tragó la metafísica. Nunca se le vio más.

Se entregó a un espacio minkowskiano.

A diez metros de uñas por aristas ya se sabe que ha tenido muchas mujeres e hijos, a los que él ciega para que tengan fe en todo lo que dice. A todos los sume en el pozo de una neurosis tan profunda de la que no salen jamas. Dejan las uñas clavadas en la fe de sus paredes. Se pudren en fidelidad a tal grado que ya no reconocen al vecino que les sacó del hoyo. Fundan comunas y congregaciones de las que son los jefezuelos.

Los que van a estar con él, en su morada cósmica, creen que juzgarán a las naciones, transmutarán el olor de los olivos en varas de testimonio eterno. Ninguno, hembra o varón, quiere que su carne se vueva corruptible. Desconocen al vecino que les quiso. Federico se dio cuenta y preguntó por el genoma humano, porque entró y vio como pilares a los hijos. El vio nacer a los primeros. Ahora están convertidos en quintacolumnas, choteadores, seres teratológicos que niegan que hayan tenido sus más incólumes destinos con la biología. No viven para darse en casamiento, sino para que vayan las mujeres a su padre. Serán sus novias cósmico-carnales.

Dos querubines policíacos fueron la prueba: Joaquín y Boaz, que se dijeron en la luz, con invariable escala y dilatación isotrópica. Ellos echaron demasiada crema a sus pasteles, pero el desencubridor, es decir, Federico, les dijo, criados, lame-traseros, no me desconozcan. Fuimos vecinos del mismo arrabal que el tirano preservó en el caos.

Se agrandaron porque su padre es El Sublime.

Cuando éste entra al Lugar Santo o se pasea alrededor del templo, se le unen bosones y fermiones. Joaquín y Boaz, de lazarillos. Los de la congregación se dan las manos y cantan reunidos por la gracia, pero sin atreverse a mirarlo. Treintidós tribus de cristales se conmueven. El es un pandillero de algoritmos. Suda antipartículas forjadas en álgebra de cargas. Con un grito que él eche, parte muchos ejes en los cráneos. Se las da de celoso, reflexo o inverso, a través de todos los planos.

Cuidado que alguno / a se ría de su antropomórfico modelo de espacio tiempo. El provoca los accidentes de isospín. El tiene derecho a tropezarse e irse de bruces sobre la mesa de panes. Por algo es autor de la causalidad local. El dispuso, postuló y determinó, como factor actuante, la conservación del momentum de la energía.

Y antes de comenzarse la ceremonia de su templo, con altivez e irreverencia, pocas veces temida, anuncia que se acostará. El calenturiento alude a que la excesiva presión baja el volumen y el exceso de temperatura aumenta el desorden molecular… y pide que una doncella, de piel canela o negra, si la hay, con culito bien delineado, sea provista, por algo tiene seguidores, y sea puesta encima de su camastro para que la culimpine en nombre de los valores absolutos y su Soberana Responsabilidad.

¿Quién discutirá que él tenga sus propias preferencias? Las conquistas de su moral permanecen inmutables. Son difíciles de creer; pero conocer su voluntad es desafiar los absurdos.

Y como la fe sirve a lo imposible, los seguidores se pulen con la mucha exterioridad de sus entes y surten la subjetividad absoluta con lo mejor del gremio. Y así lo externo de una putarraca virginal se vuelve el éxtasis para el que es subjetivo e interno hasta los codos.

Se lo temía. Hay un corre y corre. La negrita salió sin pantaletas del Lugar Santísimo y dijo que él no aguantó sus meneares. Después de ejercitarse en un julepe, con una niña más tentadora que miles de demonios, él casi chupa faros. Se muere.

«¡Un médico, un médico!», gritaba la muchacha para salvarlo.

Federico se dirigía a la puerta del atrio. Enfrentó un gendarmerío que lo creía el enemigo. Espía de Satanás.

«¿Van a juzgarme?», les decía. Entró al escuchar que un médico era indispensable.

Dijo: «Soy médico. Aquí, presto».

Estos enfermeros auxiliares de ese náufrago, ente sin aire, no sirven para nada. Ese piloto mareado por la altura es un enfermo y ustedes lo levantan y lo meten en ese lecho en que reposa, como si fuese un exhausto paciente de SIDA.

Federico caminó el tabernáculo y se detuvo ante el altar.

Lo reconocieron.

«¡Es Federico!»

«Anatema».

Cruzaba del salón rumbo al Lugar Santísimo.

«¡Te pasaste el lavacro! Es suficiente. ¡Deténte!»

«No pasó por la cortina blanca».

«¡Pero deténlo!»

«Soy yo», dijo Federico, «¿me recuerdas? Te conozco!»

«¡No has jurado en Su nombre!».

«¡Qué importa, vecino! Te he respetado siempre. Te he servido… No seas truhán. ¡Déjame verlo!»

«En mi dolor, sí me has servido. Mas tú no salvarás mi alma del pecado. No me quitarás las pobrezas. No me puedes defender de la violencia para siempre. Tú no conoces lo que sufro. Tú no me das sentido que perdure. No me salvarás del nihilismo… Véte, véte…»

«No. ¡Mierda! Sólo quiero mirarlo. Quiero ver por que lo tienen escondido. ¿Llamaron un médico, no?».

«No lo veas. El es sagrado. Que no seas tú que lo llamas mentiroso quien lo veas».

«No estorbes, viejo amigo, vecino mío. No quiero hacerle daño».

Estaba sobre un camastro. Demás esta decir, con ampolletas, con hipercargas, con bosones y fermiones de variables anticonmutativas.

«¡Mira que puedes morir si te mirara a los ojos!»

«Muerto está más él que yo, según parece».

Federico lo vio, pese a todo. Era Evaristo, Ph D. Un científico divinizado que conocio en UC, La Jolla.

17 se junio de 1992

Sobre el autor

Jordi Sierra Marquez

Jordi Sierra Marquez

Comunicador y periodista 2.0 - Experto en #MarketingDigital y #MarcaPersonal / Licenciado en periodismo por la UCM y con un master en comunicación multimedia.

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