Barsexlona. José Guerra. Odisea Editorial. 2010. Ganador XII Premio Odisea.

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“-Tiene dinero, un buen trabajo, vive según sus propios principios, se independizó con dieciocho años… En resumen, no tiene a nadie a quien rendirle cuentas o esconderle sus inclinaciones sexuales. Entonces, ¿a qué le teme Mireia Balaguer? ¿Es a la soledad, a la sexualidad, al paso del tiempo, a la sociedad o a ella misma?”. Página 42

“La detestable rata refugiada se convirtió después de muerta en la pobre perrita. Señal inequívoca de que la muerte redime no sólo a los humanos”. Página 146.

“-De niño escribía mensajes a mi padre, los metía en botellas y las lanzaba al mar. Creía que como el mar y el cielo se juntaban en el horizonte mi padre podría alcanzar las botellas”. Página 203.

Barsexlona, XII Premio Odisea, no es un del todo una novedad en la editorial. Me explico. los lectores de El último mono de la baraja podrán encontrar fácilmente las siete similitudes, en vez de las siete diferencias de los pasatiempos de los periódicos: escritas por autor sudamericano; protagonista joven sudamericano sin papeles que se encuentra en España; situación económica precaria del protagonista; escenas de sexo frecuentes; personajes que intentan ayudar y ayudan desinteresadamente a los protagonistas; final podría decirse “abierto” de la historia, donde al protagonista le queda mucho por vivir; situaciones algo extremas o difíciles de asumir tal y como se describen (incluso aunque respondieran a historias reales) al final de la obra.

Dicho esto, obviamente también hay numerosas diferencias, empezando por las ciudades de fondo: Madrid en un caso, Barcelona (Barsexlona) en el otro; la relación del protagonista con la Literatura en el libro de José Guerra; el flirteo o la indefinición bisexual también en este último caso, y un largo etcétera. Las historias son diferentes y tienen desarrollos dispares, aunque compartan ciertas semejanzas como las comentadas.

Hay que alabar en esta novela que nos ocupa la caracterización de un personaje que se hace creíble a través de su preocupación por los precios de las cosas (desde los alimentos básicos hasta la ropa); las marcas de las prendas… Temas muy presentes en el día a día de los inmigrantes, incluido el de la obsesión por las marcas aunque en principio pueda parecer extraño o contradictorio con sus circunstancias económicas. Esta caracterización de Daniel, como sus principios, su cierta dosis de orgullo, su propia “indefinición” se mantienen a lo largo de las doscientas diez páginas y resultan convincentes, creíbles. Estamos ante un personaje sólido, una creación bien pensada y bien asumida por el autor. Si responde a rasgos del escritor o de alguien conocido no importa, finalmente el personaje literario adquiere su propia esencia.

Por otra parte la primera mitad de la novela, o quizá algo más, responde a una estructura bien planteada, con un ritmo adecuado, que engancha al lector en su ir pasando de escena en escena donde Daniel va investigando su lado homosexual con incursiones por la Barcelona del cruising. Que sea esta ciudad la que explora en lugar de la más segura de los garitos/bares homosexuales podría explicarse tanto porque resulta gratuita, frente al elevado coste de la otra; como por la urgencia con la que se plantea, no el sexo en sí, sino la curiosidad de alguien que tiene treinta años pero resulta muy adolescente en según qué comportamientos y ausencia de experiencias.

Esos comportamientos o esa falta de experiencias, son perfectamente achacables a su origen, pues procede de un país sudamericano donde la homosexualidad es más una cuestión de falta de hombría y de honor, una cuestión social. Por ello los principios y la inmersión en la cultura no sólo patriarcal sino heterosexista es mucho más marcada que la de la España de hoy. La importancia de la heterosexualidad tiene pues otra relevancia más profunda y de otros significados en estas sociedades. El hombre que tiene una relación con otro hombre no sólo debe esconderla sino que, además, debe seguir manteniendo una vida y una apariencia de “ruda” heterosexualidad. Por eso Daniel despierta en todos sus conocidos cierto estupor en nuestro país: es dulce, cocina, tiene la casa limpia… rasgos de cierta mezcla de prototipos de homosexual muy extendidos. En todo ello José Guerra realiza un trabajo realista y bien documentado. De hecho uno de los puntos más interesantes del libro es su forma de planear sobre la posible bisexualidad de un personaje que no parece definirse a pesar de la insistencia de gran parte de los que le rodean. ¿Es un homosexual que no quiere o puede aceptar su condición por la férrea educación recibida como le quieren hacer ver algunos? ¿Es un heterosexual curioso? ¿O es un bisexual con preferencia por los hombres pero con gusto por las mujeres? Aunque como lector creo que la postura que se desarrolla es más bien la tercera, el autor es lo suficientemente audaz como para dejar abiertas una serie de preguntas al respecto. El acierto es que puede entenderse un mensaje de tolerancia y respeto: mientras Daniel no perjudique o dañe a nadie, a nadie debe importarle su orientación, si es que realmente la tiene clara. Las etiquetas son útiles, pero claramente reduccionistas. Y los seres humanos son tan complejos como numerosos. Por lo tanto cada uno necesitaría una etiqueta única e intransferible llena de matizaciones y comentarios que se irían modificando y aumentando a lo largo del tiempo.

En un reciente artículo del premiado Luis Antonio de Villena, podía leer una interpretación de bisexualidad con respecto a la película Contracorriente, y aunque yo no la compartía tenía que admitir que era posible hacer esa lectura. De hecho el tema de la bisexualidad y la transexualidad son los siguientes en el itinerario de normalización sexual en el que a la sociedad le faltan aún muchos años de avance… y retroceso también, supongo y por desgracia, ya que este tipo de evoluciones nunca son lineales ni siempre ascendentes. Y son pasos necesarios o quizá sencillamente inevitables hasta que las sociedades puedan aceptar sin miedo que la sexualidad no responde a un único modelo sino a un abanico terrible y afortunadamente muy amplio. El negro y el blanco existen, pero también una serie de grises y de colores cuya mezcla y negación dan lugar a los dos estados “puros” que siempre tienden a plantearse -por confrontación, imagino- en la mayoría de las categorías de la vida y no sólo la sexual.

Dicho todo esto la novela se lee con facilidad, incluso con el interés de comprobar el español que se utiliza en otros países del mundo, con sus particularidades -que no impiden la comprensión- que lo enriquecen. El lenguaje es sencillo, coloquial, directo, pero nunca descuidado. De hecho hay una cierta suavidad en las escenas de sexo, como una atenuación o una evitación de léxicos sórdidos, muy propios de los primeros autores de la realidad homosexual. Los personajes secundarios, jóvenes en su mayoría, responden a una serie de nacionalidades y niveles sociales diferentes lo cual da muchas pinceladas a un cuadro amplio para el que quizá habrían venido bien un mayor número de páginas, pues en esta pequeña “colmena” internacional podrían haberse encontrado ricas historias.

Entre los puntos menos fuertes de la obra habría que mencionar que, frente a la caracterización del protagonista, la de algunos secundarios ha quedado algo floja, y sus motivaciones no quedan suficientemente fundamentadas; o bien un par de descuidos en los términos, que no tienen que ver con el uso del español venezolano, que mencionábamos antes, pues en la página 108, por ejemplo, se utiliza el adjetivo “objetivo” cuando, por el contexto, lo correcto habría sido “claro”. Así también en la página 156 se dice: “En el baño la droga y el sexo protagonizaban una escena de las que el Vaticano catalogaría de herejía”. Aunque el sustantivo “herejía” puede significar disparate o acción desacertada, por la mención de la Iglesia Católica parece estarse refiriendo más a “error en materia de fe, sostenido con pertinacia”, que poco tiene que ver con el pecado capital de la lujuria a la que probablemente José Guerra querría referirse. Y, en todo caso, quizá lo menos consistente sea que, a partir de cierto momento la historia quiere “corintelladizarse” y volverse lírica y dulce historia de amor, lo cual, en el breve espacio en el que se procura, y a la luz del carácter muy prosaico y contemporáneo del resto de la novela, se hace poco creíble. El final, que explicado demasiado rápidamente, resulta algo rocambolesco, quizá podría haberse entendido bien e incluso haber sido muy interesante como estudio de “familia alternativa”.

Una novela interesante, con una Barcelona algo sórdida de fondo; un protagonista bien dibujado; una historia con planteamientos para pensar en las diversidades culturales y nacionales y un autor cuyo futuro creativo despierta ya curiosidad.

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