Crítica de “También la lluvia”

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Empiezo pidiéndote disculpas porque no puedo ser imparcial en esta crítica debido a la debilidad que siento por Icíar Bollaín desde que descubrí, hace ya 15 años, “Hola, ¿estás sola?”. Desde entonces, me enamoré de la frescura y del compromiso en la dirección de la madrileña y cada nueva película suya es un soplo de aire fresco en mi anquilosada conciencia cinéfila.

Dicho lo cuál, “También la lluvia” no es su mejor película. Es una cinta eficiente, notable, con grandes valores cinematográficos y de extrema calidad visual, pero da la impresión de que en ciertos momentos resuelve situaciones con precipitación, sin tomarse el tiempo que estas requieren.

La película cuenta tres historias en una. Los abusos de los conquistadores españoles al llegar a América hace quinientos años, los abusos del capital extranjero sobre los países pobres encarnados en una productora cinematográfica que se aprovecha de los bajos salarios de los extras y los abusos del capital nacional sobre los proletarios campesinos a los que deja sin agua en nombre del progreso.

Tres historias que cuadran como un puzle perfectamente engarzado, gracias al excelente y complejo guión de Paul Laverty, y que sirven de excusa propiciatoria para adentrarnos en la esencia de los personajes que sostienen la película, un director egocéntrico, un productor obsesionado por el ahorro de costes y unos actores abstraídos por la historia que van a filmar, personajes todos que sufren una clara evolución ante las revueltas sociales de las que son testigos.

Luis Tosar y Gael García Bernal están a buen nivel, como siempre, Karra Elejalde se sale y destaca la presencia de Juan Carlos Aduviri, un indígena que lidera la revuelta indígena contra Cristobal Colón, y la de los campesinos contra la multinacional del agua.

Y es que esa película dentro de la película, ese metalingüismo explícito, ese juego de metáforas ausentes, ese paralelismo entre el ayer y el hoy, esas semejanzas que nos muestran que el progreso no es tan bonito como nos lo habían contado, es lo que mejor funciona, permitiendo la evolución de los personajes y desenmascarando los verdaderos sentimientos de cada uno.

Destaca la contención en los momentos dramáticos, muy típica de Bollaín, así como el juego de la ignorancia de lo políticamente correcto. La película es honesta con todos, y en especial con el espectador, al que no se le moraliza, simplemente se le cuenta una historia con gran calado social.

Una historia que cojea al esquematizar en exceso ciertas sensaciones y emociones que requerían mayor profundidad, aunque, al final, el resultado global es más que notable.

Publicado en el blog de Letras (tu revista literaria)

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