El regalo

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Gertrudis llevaba todo el día con la mosca detrás de la oreja, algo pasaba que ella desconocía porque no era normal el vaivén que se traía Rigoberto, su marido. Desde que se había levantado había estado tremendamente activo, de aquí para allá, sin parar ni un solo instante y con la callada por respuesta a cada pregunta que Gertrudis le hacía.

– Nada, nada, cosas mías.

Como cada día de Reyes, toda la familia se reuniría a comer, Gertrudis y Rigoberto, como anfitriones, Antonio, el hijo mayor, con Belén, su mujer, y sus dos niños, Evaristo, de 8 años, y Gabriel, de 3, Silvia, la hermana menor, y su nuevo novio, un tal John, un americano rechoncho que había conocido en su año Erasmus en Austria.

Solían preparar banquetes de alto calado, de esos que se tarda varios días en digerir, y a los postres se entregaban los regalos, uno para cada uno, regla escrupulosa de la casa, de forma que tenían que organizar un complejo método estadístico de probabilidades inversas para conseguir cuadrar los regalos, sus oferentes y sus receptores.

Gertrudis estaba en la cocina, ya casi había terminado de prepararlo todo y aguardaba a que llegaran sus hijos. Rigoberto, por su parte, permanecía sentado en su sillón orejero degustando una copa de Ribera de Duero, tinto, siempre, y escuchando la música de Raphael.

Belén y los niños llegaron a la una y treinta y cinco, mientras Antonio intentaba aparcar el coche, algo que se había convertido en misión imposible a partir de que abrieran el centro comercial al final de la calle.

Evaristo y Gabriel corrieron a besar al abuelo que les sonrió sardónicamente, matiz que los niños no entendieron y se fueron a la antigua habitación de su padre, donde siempre guardaban algún juguete para hacer más llevaderas las reuniones familiares.

Belén besó a Gertrudis y luego a Evaristo, y mientras se quitaba el abrigo, un visón que acababa de recibir como regalo de Navidad, comenzó a quejarse de lo caro que estaba todo y de lo difícil que iba a ser hacer frente a la cuesta de enero, “¡y encima sin poder fumar!”, dicho lo cuál salió al balcón a encenderse un cigarrillo.

En esas llegó Silvia con John, que había perdido un par de gramos tras una de las últimas dietas milagro, de esas que hacía a cada poco tiempo. Entre ellos hablaban en inglés y Silvia servía de traductora entre John y el resto de la familia, con lo cuál evitaba cualquier malentendido al tergiversar cualquier ofensa que ella pudiera entender como tal.

Un par de minutos después llegó Antonio, maldiciendo el centro comercial, y se sentó junto a su padre a beber la copa que le estaba esperando, pero la tuvo que dejar a medias para mediar en la discusión entre Evaristo y Gabriel sobre quien haría las veces de Spiderman en una pelea entre superhéroes.

Gertrudis llamó a comer y todos dejaron lo que estuvieran haciendo, fuera importante o no, para sentarse a la mesa. Rigoberto presidiendo, a su lado Gertrudis, y luego colocados de manera ritual el resto de comensales, todos muy sonrientes, convencidos de que conformaban una familia muy unida a pesar de los pesares.

Durante la comida no hubo gran conversación más allá de los tópicos familiares y de los proyectos de futuro de Silvia y John, que pretendían abrir una empresa de importación de perritos calientes a través de Internet.

– Yo de Internet no sé— se limitó a decir Rigoberto.

A los postres llegó el momento de los regalos. Los niños miraban nerviosos los paquetes que los mayores iban trayendo poco a poco, aguardando a que llegara su momento, porque el turno siempre se respetaba de manera muy escrupulosa, comenzando por el cabeza de familia, en este caso, y hasta que no se demostrara lo contrario, Rigoberto.

– He pensado mucho sobre el regalo de este año. En otras ocasiones me limito a pedirle a vuestra madre que compre algo que os guste y luego os lo doy yo como si fuera de mi parte, pero este año no, este año quería algo propio, algo que hiciera que me recordarais de verdad, algo que os fuera de utilidad, y tras mucho pensarlo creo que lo he conseguido.
Y voy a romper la tradición familiar, en lugar de hacer un regalo a uno de vosotros, os voy a hacer un regalo a todos, porque una ocasión como ésta así lo merece. Es un regalo que compartiremos, sí, sí, yo también me incluyo, como una familia, un regalo que nos unirá aún más y que nos permitirá olvidarnos de todos nuestros problemas.

A vosotros, Antonio, os hará olvidaros del embargo y del juicio, ya no temeréis por la custodia de los niños, todo se resolverá, vosotros Silvia podréis olvidaros de buscaros la vida en un mundo sin futuro, ahora por fin, el futuro será vuestro. Y a ti mamá, mi compañera durante tantos años, te hará dejar atrás ese maldito cáncer que te come por dentro y que te ha robado la alegría de vivir. Así, todos, todos nosotros, seremos felices por toda la eternidad.

Ya sé, ya sé que me estoy enrollando más que otros años, pero es que quiero que sea un momento especial, un instante que no olvidemos jamás. Ahora, no os haré esperar más, voy a por el regalo.

Todos se miraron extrañados, sin saber muy bien que le había pasado a su marido, padre, suegro y abuelo, respectivamente. Habitualmente parco en palabras, aquel discurso desatado les llenaba de incógnitas y no sabían a que atenerse.

Rigoberto apareció de inmediato con una caja rojiza bajo el brazo. Se colocó junto a su silla y sacó de la caja una pistola automática con la que fue disparando uno a uno a todos los miembros de su familia. Una vez que se aseguró de que todos estaban muertos, se sentó en la silla, se colocó la pistola sobre la sien, dijo “el mejor regalo de nuestras vidas” y se quitó la vida.

Publicado en la Revista Letras (tu revista literaria)/nº 30/ enero de 2011

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