Muerte del ideal

2
41

Vi hoy un fragmento extraído de un vídeo en el que salía una parte de un discurso de Jiddu Krishnamurti. De su discurso, bastante emotivo, me llamaron la atención unas proposiciones que, no en vano, coinciden en cierto modo con una de esas visiones de la vida, la vida del Individuo y la Sociedad, que quien escribe ahora mismo comparte; el conjunto de proposiciones, resumidas, vino a decir que el ser humano es el mismo que hace cientos de miles de años. Seguimos compartiendo los instintos más básicos que confirman nuestra naturaleza animal, biológica y totalmente explicable sin la intervención de entes divinos: el ser humano del 2011 sigue siendo, en gran parte, el mismo homínido que surcaba la sabana africana hace cientos de miles de años.

Seguimos siendo agresivos; seguimos teniendo instinto de poder; seguimos sintiendo celos, extrañas relaciones psicológicas con nuestras familias y allegados; seguimos siendo violentos, envidiosos y codiciosos; seguimos teniendo instintos sexuales medidos y censurados por una moral; seguimos viviendo según jerarquías, donde el ansia de poder y poseer se traduce en dinero y guerras. Y un largo etcétera.

No hemos dejado de ser los animales a partir de los cuales, supuestamente, hemos evolucionado. A lo largo de la Historia han surgido religiones, filosofías, éticas, morales y tendencias que han tratado de imponer, de forma dogmática, medidas indiscutibles para que, supuestamente, el ser humano aprenda a establecerse a sí mismo un límite y que, con el uso de la razón, consiga inhibir o controlar toda esa serie de instintos primitivos que nos dominan desde la primera a la última célula. Sin embargo, todos estos sistemas han fallado en el mismo punto donde ellos quisieron ser la antítesis: más que ayudar al ser humano a crear una conciencia de sí mismo y de superponer la razón sobre los instintos más cabales, han terminado convirtiéndose en una herramienta de control, de poder, de inhibición irracional y, lo que es aún peor, que su máxima no ha residido en dogmas racionales, sino meramente supersticiosos o metafísicos.

Por ello, dudo que el ser humano alcance ese estado equitativo y utópico que tantos librepensadores, ciudadanos y demás transeúntes desean, en sus más enraizados ideales, y que han formulado e intentado poner en práctica. La corrupción en nuestro Mundo no es más que una forma muy evolucionada de nuestros instintos más básicos y gregarios; para que los habitantes de nuestro planeta viviésemos en armonía, paz, conforme a leyes razonables y en un estado equitativo dentro de los márgenes no utópicos ni quiméricos, el humano, el demasiado humano, tendría que dejar de serlo.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here