Cunas rotas del saber

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Uno entra en la Biblioteca de la Facultad de Ciencias sublimado, en gran parte, por todo lo que ello significa. Uno de los centros neurálgicos asociados al saber y al progreso, espacio en el que jóvenes y menos jóvenes trabajan duro en virtud de labrar un futuro más fructuoso que nuestro presente actual y, con su esfuerzo, contribuir a un área tan sumamente importante en lo que podríamos resumir como ‘Humanidad’ como son, también, la Cultura o la gestión de una nación (por usar una palabra ‘políticamente correcta’, aunque parte esté inscrita ya en la proposición). Entre esas ‘X’ paredes hay pilas de libros, personas que se pasan horas, días, años y más años sacrificando trabajo, dinero y salir con sus amigos por hincar los codos, como diría cualquier padre o abuelo, estrujando sus sesos para conseguir aprobar esa asignatura que desde hace años le viene amargando la existencia.

Ni tan siquiera deseo mencionar qué pasará con esos grandes trabajadores, estudiantes, aquéllos que mañana serán la clave en la Educación, el Progreso y la Cultura de nuestro país cuando veo las cifras del INEM, la oferta de trabajo, los sueldos y el exceso de ‘titulitis’ que se da en nuestro país (qué curioso, la mayoría de las Universidades tienen convenios con bancos o cajas). Como dijo una vez mi amado barbero: ‘las universidades se están convirtiendo en fábricas de trabajadores’. Punto y aparte.

Decía, que uno, servidor, entra en ese edificio, moderno, plagado de libros que recogen el saber científico desde el Renacimiento hasta hoy; libros de Biología, Física, Matemáticas o Química en un ambiente propenso para abstraerse y dejarse llevar por el perfume del progreso humano. Espera ver estudiantes nerviosos. Chicos y chicas semiocultos entre montones de papeles y libros, actividad cerebral exacerbada ultimando -incluso combatiendo- esas decenas de páginas que, a contrarreloj, deben entrar en el conocimiento propio ‘sí o sí’. Personas que se han gastado un dinero en ello, que están sacrificando su tiempo en una tarea que, lejos de ser ‘menos dura que trabajar’, exige un esfuerzo monumental y una disciplina recta, continua.

¿Y qué se encuentra servidor cuando su pecho se llena de aire al cruzar la puerta de la Biblioteca? No engañaré al lector: una parte importante de los presentes estaban cumpliendo con la descripción dada anteriormente: pero aseguro que eran minoría. Lo que predominaba eran portátiles; y, oigan, vivan las tecnologías, pero para buscar información adicional al estudio, no para poner vídeos de Youtube; chicos y chicas, que en un estudio estadístico confirmarían que el 80% del tiempo lo pasan fuera fumando porros; grupos de chicos y chicas que, a un metro de un gigantesco cartel que reza ‘Por favor, guarden silencio’ no cesan en su divertimento que les aporta hablar de sus historietas personales de mierda (habiendo bares a doscientos metros) y toda una sarta de modelitos y modelitas que se pasean cien veces de un extremo a otro y no pasan página en sus apuntes ni aunque uno haga el esfuerzo por ellos.

¿Ciencias? ¿Cultura? ¿Progreso? Si esto es el futuro científico que nos espera, la única buena noticia que se me ocurre es que el fenómeno ‘fuga de cerebros’ dejará de existir, porque nos quedarán bien pocos. Llámenme arcaico o cascarrabias, pero para mí este tipo de comportamiento en una de las cunas del saber (una de tantas) es semejante a ir al Erecteion, en Grecia, y sacarse fotos enculando a una de las Cariátides.

Podrán sobreentender que absorber conceptos de Álgebra Abstracta sumido en la conversación pre-adolescente de dos mocosos que discuten durante una hora sobre las gominolas que han comprado y sus affaires personales, no es sencillo. Uno, que es educado, se resigna ante tal falta de respeto, se levanta, y se va. Porque encima corre el riesgo de sugerir un respetuoso silencio y salir calumniado en el acto.

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