El mal del ímpetu. Iván Goncharov. minúscula.

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“Mi tío, al ver que el mundo poco a poco perdía su atractivo y que sus actividades favoritas se extinguían, también se extinguió, de tristeza, al mismo tiempo que la última de sus amadas vacas, dejándome como único heredero de la hacienda”.

Página 15.

“Y, por último, ¡huir del placer que es lo único que no huye de nosotros y, siempre joven, eternamente fresco, nos cubre día a día con flores nuevas e imperecederas! Todo lo demás es espectro; todo es precario, inconstante […]”.

Página 36.

“Imagínese – comenzó Zinaída- la arenosa pendiente de una montaña más que pintoresca sobre un canal; en la pendiente crecen tres pinos y un abedul, exactamente como en la tumba de Napoleón, como con toda justicia nos hizo notar Iván Stepánovich; más allá se ve un lago que unas veces se agita con el viento como un velo de organdí, y otras se sosiega y permanece inmóvil, liso y resplandeciente como un espejo; en sus orillas se apretujan pequeñas cabañas que parecen dispuestas a saltar al agua: ¡aquello es un refugio para la felicidad sencilla, para las labores, el gozo, el amor y las virtudes familiares!”.

Página 65.
La gran habilidad para diseccionar el alma humana utilizando como bisturí una cierta exageración de sus comportamientos es algo que enamora (o al menos engancha) en Dostoievski pero que comparte con otros grandes autores rusos como prueba, por ejemplo, este relato perfecto de Iván Goncharov.

El mal del ímpetu es una obra de corta extensión, lo cual prueba una vez más que la grandeza nada tiene que ver con el tamaño, ni la calidad con el peso del papel que contiene las palabras del autor. Precisamente por este motivo cada una de sus frases está sopesada, elegida para provocar en el lector aquellas sensaciones que acompañan, necesariamente, a la historia.

¿De qué versa el relato? De una familia acomodada, amante de las buenas comidas, las conversaciones culturales y las visitas de los amigos. Sin embargo esta misma familia tiene un rasgo peculiar, incluso un problema, una obsesión enfermiza: se transforma tan pronto hace su presencia en escena la palabra primavera aun cuando esta no venga acompañada del buen tiempo. Una especie de fiebre se apodera de ellos y necesitan buscar el campo, caminar kilómetros y kilómetros (o verstas y verstas), hasta el agotamiento. ¿Qué buscan con estas escapadas? Supuestamente disfrutar de la naturaleza y, al mismo tiempo (cosa que repiten en varias ocasiones) huir de otras presencias humanas. Pero, ¿es cierto que hay una motivación racional? Más bien parece que cualquier excusa es buena para recorrer distancias absurdas y mantenerse siempre en movimiento. No importan las inclemencias, las lluvias, la falta de alimentos, el paisaje estropeado por las fábricas: siempre se valora como una gran maravilla el viaje, y no se termina de llegar a la casa cuando se está pensando en un nuevo trayecto, más largo, más dificultoso, más cansado.

Como consecuencia de esta impulsividad la abuela pierde la vista, caen presas de resfriados terribles, pasan hambre y estropean sus ropas. Pero nada puede cambiar sus intenciones: están enfermos, de una enfermedad terrible que no son capaces de identificar y de reconocer los propios afectados. Aunque no tenga nombre otros la identifican desde fuera, sin que por ello puedan ayudar a los miembros de la familia, supuestamente “infectados” por un extraño amigo, de quien se cuentan leyendas…

La razón, los discursos argumentados en nada sirven. Son totalmente “sordos” a ellos.

Dejando de lado el hecho tomado en sí, la alegoría podría ser el motivo de la obra. La obsesión por salir acaba por agotar y destruir el físico y la salud mental también. Cualquier obsesión acaba por tener consecuencias funestas. En este caso hay cierta presencia esotérica, mágica, de leyenda rusa, por el personaje que los ha “inoculado” la enfermedad:

“¡No es difícil entender que haya adquirido la afición por el campo después de haber vivido en la estepa! Y que eso lo seduzca de una manera tan singular tampoco es sorprendente: los hechiceros asiáticos siempre fueron más sabios que los europeos. ¿Has leído lo que se escribe a propósito de los magos árabes? ¡Prodigio! Quizá la joven calmuca lo hechizó movida por los celos. Pasa a verlo alguna noche: ¡los malditos lo miran siempre a los ojos!”. (Página 42).

 Tanto si la historia se toma por la parte mágica como por la parte metafórica de la inquietud permanente por salir huyendo de la quietud casera y la humanidad el texto resulta perfecto, seleccionado palabra por palabra para representar cada personaje, cada actitud, cada momento… Refleja a la perfección esa ansiedad interior que hierve dentro y que impulsa a alejarse cada vez más en busca de no se sabe bien qué paisajes, qué sensaciones nuevas, por penosas que puedan parecer. Algo que da que pensar en esta sociedad occidental contemporánea, en exceso amiga de los viajes relámpagos y agotadores que le permiten escapar de la realidad cotidiana que rechazan, víctimas de esa ansiedad tan debatida de los excesivamente acomodados. ¿Contemporaneidad perenne del clásico?

 Una redacción rusa en un cien por cien, con todas las virtudes que ello implica.

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