Ferviente crítica a la industria de la moda

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Flashes. Expectación. Todo un despliegue mediático entorno a una pasarela: música, efectos luminosos, todo un equipo que trabaja tras el telón, sin descanso, maquillando y cambiando el look de las chicas, modelos, que van a saltar a la pasarela a mostrar al mundo de la cultura las tendencias de la moda que sus excéntricos modistos han estado diseñando en sus talleres.

Moda y tendencias. Yo me siento obligado a mentar a Don Arturo Pérez-Reverte, aquel día que dijo que ‘cómo es concebible que la moda sea portada de la sección Cultura en la misma revista que yo escribo’.

Y, tras mencionar al ilustre Don Arturo, expondré la que es mi visión de la moda y las tendencias, mas toda la industria que se mueve detrás: una industria que mueve una cantidad ingente de millones a base de (dos puntos):

– Denigrar la figura de la mujer. Cuando hace años estalló la polémica sobre la extrema delgadez que exhibían muchas de las modelos en las pasarelas y el efecto que esto infundía sobre chicas -y chicos- jóvenes, muchos modistos prometieron, en virtud de no instigar la anorexia a miles de chicas -y chicos- con el cerebro lleno de pájaros a que dejasen de comer para entrar en una maldita talla treinta-y-tantos. Pero de eso sólo ha quedado pura palabrería: las pasarelas actuales siguen exhibiendo a chicas raquíticas, de rostros pálidos y apagados, que luchan por mantenerse en pie sobre tacones imposibles, sujetando sobre su cuerpo trajes hechos a base de plásticos o pieles obtenidas a base de apalear visones o focas, alimentándose de forma preocupante, recurriendo a estupefacientes para mantener el ritmo en las pasarelas; etcétera.

– De nuevo, denigrar la figura de la mujer y feminizar la del hombre, pues la mayoría de modistos son homosexuales. ¿Tengo yo algo en contra de los homosexuales? Jamás. Considero la condición homosexual tan respetable como la heterosexual, todos tenemos cabida en este mundo y, resalto el ‘y’, jamás consideraré la homosexualidad como una enfermedad o un trastorno psicológico (en general); sin embargo, este tipo de homosexuales, los que ven en la mujer un fetiche al cuál pueden convertir en un esqueleto agonizante, y en el hombre un ser a quien pueden reducir a la mínima expresión varonil, no sólo atentan contra la salud, sino que atentan contra todo canon de belleza que nos viene heredado desde los inicios de la Cultura Occidental.

– Invertir en prendas que prácticamente nadie se va a poner, que, al final del día, no marcan tendencia alguna más allá de algún corte o algún pliegue que el chico o la chica de turno pueda apreciar en su pantalón/vestido del Zara o el Bershka; por mover millones y millones en hacernos cada vez más superficiales, por haber creado profesiones como cazatendencias y demás bazofia que se gana su jornal investigando qué se lleva y qué no, inculcándonos la cultura de que ‘la ropa y los complementos definen tu personalidad’, ‘este año se llevan los grises y los pliegues’, etcétera.

Y una mierda bien gorda para todos ellos y toda la industria de la moda. Somos algo más que imagen, nuestra personalidad está entre nuestras orejas, no en escaparates donde perdemos horas babeando como perros con el sueño de lucir tal o cual traje o vestido; porque somos humanos, porque lo que realmente importa es que nos enriquezcamos por dentro, no por fuera, y mucho menos a costa de pulverizar la imagen de la mujer, la vida de la modelo y las ilusiones de las chicas -y chicos-, moviendo una barbaridad de dinero inimaginable que sólo nos transforma en borregos, borregos que pierden criterio -entre otras muchas cosas- por una industria de moda/cosmética que usa pieles atentando contra los animales, ya sea a golpes o testando productos químicos, que nos convierte, inconscientemente, en réplicas entorno a las que creamos subgrupos, y entorno a esos subgrupos unas personalidades calcadas.

A la mierda la industria de la moda, lo digo con todo mi ímpetu y la voz de Fernando Fernán-Gómez (que en paz descanse). Vamos a ser personas con criterio y no una panda de borregos que alimentan una industria que cada vez nos denigra más como personas.

** No olvidaré lo que vi hace unos meses en un noticiario televisivo. Comentaban, en la portada de cultura, que el desfile de Victoria’s Secret cerró el evento con el clímax: una modelo (de la que agradezco no recordar el nombre) portando un sujetador valorado en dos millones de dólares. La siguiente noticia, que la sucedía, hablaba sobre el el incremento de familias que recurren a los comedores sociales en España porque no les llega el dinero ni para comer, despedidos y vapuleados de sus trabajos.

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