Creer o no creer

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Bien sabido es que el Ser humano, o el Hombre, tal como genéricamente se suele denominar a la especie humana, es un ser que parece estar “programado” para Creer.

Es indiferente que se canalice esta creencia hacia un Ente Superior, Causa primera de Todo lo creado, o bien se canalice hacia otros derroteros más “terrenales” ya sea el dinero, los placeres de la vida, una copa de vino y un amanecer…

Y es además, reincidente en tales creencias, que manifiestan de forma inequívoca su esencia. Basta sólo escuchar las noticias de alguna catástrofe que nos afecte (terremoto, erupción volcánica, etc.)
Y seguidamente como en el transcurso de pocos años, incluso sólo meses, retorna a su función de restablecer aquello que los Elementos le arrebataron. O nos casamos y luego nos divorciamos, dejamos de creer en el Amor Eterno, y las esquinas de la Vida nos brindan otra vez, un nuevo Amor, que en definitiva nos hace recuperar esa función “creyente”

Admito que no suelo fiarme mucho de lo que afirman no creer en nada; he de decir que no creo en ellos, y que interpreto su reduccionismo existencial a su total incapacidad para interpretar y expresar la Vida, con su torrente inmenso de información que nos otorga cada día, miles de motivos para creer.

No debiéramos por tanto avergonzarnos, aunque no se lleve muchos en nuestros días, por el mero hecho de “creer”. Más diría aún, si sabes utilizarla, esa creencia o Fe en las múltiples cosas que nos dona la Vida, nos blindará contra los obstáculos cotidianos y nos facilitará el tránsito, y ahora sí que plasmo mi creencia interna, hacia esa Otra Vida.

Pero empecemos por ésta por favor, queda tanto por hacer…

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