La flor del Norte. Espido Freire. Planeta. 2011

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             “Cada vez dudo más al pronunciar las palabras que antes me eran útiles. Cierto es que las lenguas se comportan como los metales, y se cubren de herrumbre si no se protegen”.

             Página 18.

             “Nunca me han interesado los hombres los suficiente como para dedicarles demasiado tiempo.

             Mis cuñadas los adoran; viven para ellos, se pintan para ellos, respiran por ellos. Tratan por igual a sus hijos y a sus maridos, con una mano de hierro barnizada de lisonjas”.

             Página 34.

             “Nacen así algunas personas: con la sangre envenenada y mirada de dragón; no importa que las hayan mimado o que hayan sugerido los rigores más extremos”.

             Página 67.

             “Los gatos, los vencidos y los dioses nuevos nunca tienen nombre, de la misma manera que las mujeres honestas sólo tienen eso, su nombre”.

             Página 114.

             “-Quien saca de sus errores a los reyes suele encontrar un mal fin”.

             Página 217.

            “Porque late en nosotros su sangre, somos sus hijos, y nada puede apartarnos de nuestro destino, ni las oraciones, ni los amuletos, ni las promesas a los santos, ni la más decidida de las voluntades humanas”.

             Página 330.

            La novela histórica que narra –con bastante libertad frente a las fuentes documentales para muchos casos- la vida y periplo de la princesa Cristina de Noruega (Kristina Haakonardóttir) es una perla que no debe perderse en el tesoro de la biblioteca de la autora. Podría pensarse, por el tipo de novela, que estamos ante un punto y aparte o ante una rareza en la producción “Espidiana” pero, sin dejar de ser verdad, lo es también que se trata de Freire en estado puro, y lo que es más, podría contener claves para la mejor comprensión del resto de su Literatura.

            La autora nos sorprende con la vida y obras de una princesa noruega. Pero, ¿alguien ha oído hablar de la Historia de Noruega en España? A decir verdad los países nórdicos son una deuda pendiente en todos los planes de estudios que he conocido, y han pasado desapercibidos –y siguen pasando- en el día a día si no es para hablar de fiordos o sistemas avanzados de Seguridad Social.

            Pero este frío, este lugar apartado y mítico de leyendas dignas de Wagner, es un caldo de cultivo, una atmósfera propicia para la autora cuya obra sigo de forma casi completa. Durante años, de hecho, me pregunté de dónde procedían los comportamientos de los personajes de Irlanda, Melocotones helados, Diabulus in Musica, o de los cuentos de El trabajo os hará libres o Cuentos malvados. Sus maneras crueles, su egoísmo frío, su ajenidad y su falta total de empatía tomaban formas que me parecían más allá de lo humano. Me planteaba siempre los porqués y las razones de estos comportamientos, y los comparaba con los de sagas misteriosas como la trilogía de Gormensghast, en busca de alguna fuente u obra de similares características. Quizá La flor del Norte da la clave de esos personajes y sus actitudes “extrañas”. Y lo entrecomillo porque “nada humano me es ajeno”. Probablemente son personajes basados en otras épocas, medievales, modelo de inspiración decimonónica, con criterios éticos marcadamente distintos a los que imperan hoy en día, con clases estratificadas de manera muy rígida, esclavitud, gran mortandad infantil, y concepciones de la vida y del mundo que hoy han dejado de comprenderse. De ahí la “extrañeza” de los personajes de todo su mundo literario, quizá.

            Si así fuera, la técnica resulta, no sólo original, sino muy efectiva, pues el choque presente/- pasado ha provocado una masa de lectores adictos que hemos quedado enganchados en su anzuelo antiguo, de sabores férricos y óxidos, con ciertos aromas a sangre y a religión antigua y sombría.

            Además de esto, que de por sí convierte la lectura en una reinterpretación de la práctica totalidad de sus obras, la novela tiene un buen número de ingredientes de calidad. Se puede empezar mencionando su estructura, que, como un espejo, tiene dos partes con el número y nombre de los capítulos casi iguales, y un intermedio que constituye el viaje de la princesa y que resulta tan clarificador. Esa genialidad de estructura que responde a un personaje que se desdobla en dos mitades: su vida en Noruega y su vida en España, divididas por el viaje que une ambas, es, por otro lado, ficticia, pues los flashbacks son continuos y la historia avanza desde el presente hacia el pasado y hacia el futuro.

            El vocabulario, sin ser complejo, se enriquece, y esa sencillez pronunciada que compartía, por ejemplo, con la vecina Nothomb, se atenúa ligeramente para dar paso a un campo semántico como el de la ropa antigua o similares, que nos transportan inteligente y suavemente a ese tiempo en el que transcurre la acción.

            El libro tiene, además, mucho de saga, pues a través del personaje protagonista se nos relata la consolidación de la monarquía noruega a través de personajes complejos y fascinantes que acabaron con las luchas de clanes –familias nobles- rivales y dieron lugar a un reino que empezó a prosperar y a figurar en el mapa europeo. En este sentido, y partiendo de la reducida documentación que llega a sus manos, Espido construye personajes muy reales, muy plausibles, a través de la subjetiva mirada de la protagonista, que juega a veces con el lector proporcionándole la información, pero la información incompleta. Este recurso, que se anticipa poco a poco, alcanza su canto del cisne en las últimas páginas, donde la autora se descubre maestra en el arte de dar segundas lecturas a los párrafos donde se habían eliminado frases trascendentales. Al quitarlas, nos dejaba un texto con sentido donde faltaba, sin embargo, el significado real y profundo de diálogos, pensamientos y reacciones. Sin mentirnos, la autora nos presenta algo que parece y que luego no es, en un juego de espejos venenosos que nos van dando la imagen paulatinamente, por pedazos. Y si el rostro que se nos mostraba, por ejemplo, sugería una cosa, cuando se lo ve en su contexto y con su cuerpo y vestido, por decirlo así, nos revela algo marcadamente diferente.

             (En la propia novela, y en relación a los poetas dice el rey:

            “-Esos infelices no hacen sino lo que siempre se hizo –reflexionaba mi padre-. Revolver la verdad con la mentira, y que no puedan distinguirse”.

            Página 145).

            Nada es gratuito en este libro cuyo arranque consigue despistar al lector, centrado en comprender la sucesión de reyes en la dinastía de la que procede Cristina, la princesa que viajó a la “España” de Alfonso X, el sabio rey que ambicionaba el Imperio. Las emociones de esa protagonista, su historia, sus pensamientos, nos revelan a una mujer que nos produce a un tiempo admiración y rechazo, empatía y extrañeza, misericordia y asombro también, por ejemplo cuando se “sexualiza” hacia el final del libro, de la manera más inesperada.

            La mención de los poetas que escribieron las sagas de alguno de los reyes que aparecen en la obra y el viaje de Cristina por mar, la Inglaterra la Francia y la España de la época me trae a la memoria esa obra de Espido Freire que no conseguí nunca encontrar: Aland la blanca, un poema -¿ficticio y épico?- que bien pudiera haberse inspirado en las historias que ahora nos trae noveladas.

            Acuarela en tonos fríos, si bien a veces muy fuertes, con grandes claroscuros, de un mundo de intrigas y luchas por el poder, con los estados modernos aún muy lejos de encontrar su forma tal y como la conocemos, pero ya en camino; y donde los personajes están dibujados con el detalle y la precisión de los flamencos. La pincelada es muy sabia, pues refleja en sus miradas, en sus odios y preferencias, en sus tiranías y crueldades, la psicología compleja del hombre en lo que pudo ser la vida hace ocho siglos, cuando las mujeres nobles eran peones en las políticas expansionistas de los monarcas y ellas se revolvían unas contra otras para ganar los favores de los machos dominantes, en lugar de luchar para acabar con su hegemonía injustificada… o lo hacían de forma sibilina, a la sombra, siempre a la sombra de un mundo que sabía muy poco de compasión y mucho de pragmatismo salvaje y de supervivencia. Un paso más, nuevo y antiguo, sorprendente pero fiel en el peculiar estilo de Espido Freire y su universo creativo.

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