En el albor de la madurez

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Si hago caso a los que de estos saben, o dicen saber, me encuentro en el límite de la juventud y en el albor de la madurez, a un paso, a un año y medio, 18 meses de permanencia, no en una compañía de teléfono móvil sino en la vida, en la compañía de la vida, esa con la que firmamos permanencia eterna, si eterna es lo que dura la vida, porque de la otra eternidad nadie sabe más que de oídas.

Por tanto, debo de empezar a comportarme como una persona madura, dejarme de zarandajas infantiloides y de locuras de juventud para empezar a pensar en el futuro, que se me viene encima, o ya llegó y yo no me he enterado, vaya usted a saber, oiga, el caso es que en breve dejaré de ser joven, sin saber yo lo que es eso.

Por lo que parece es el momento para sentar la cabeza, para dejar de tomar decisiones y limitarse a vivir con lo que ya se tiene o el lugar en el que ya se está, o al menos eso veo a mi alrededor, aunque me temo que ese conservadurismo no va conmigo, me temo que me voy a tener que revelar, perdóneme usted, y a seguir moviéndome, como la Sexta, porque si la Sexta se mueve, yo también me muevo, ¿hacia donde?, ni lo sé ni mi importa, el caso es moverse.

Cuando llegue te aviso, aunque date prisa en seguirme porque es probable que tarde poco en cambiar, en mutarme sobre mi propia piel para seguir creciendo o cayendo, según se mire, pero en perfecto movimiento, como si el rozamiento de la vida no fuera conmigo, me muevo por inercia, por la propia inercia que me va marcando la vida. Hoy aquí, haciendo ésto, ¿mañana?, ni siquiera yo lo sé. Cuando llegue mañana ya te aviso, de momento vivo hoy.

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