La tela de Penélope

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Día del Libro. Hablé de él hace siete días. Vuelvo a hacerlo. Es la lectura deApenas sensitivo, la más reciente entrega del Salón de pasos perdidos, de Andrés Trapiello, lo que me mueve a ello. ¡Mecachis! ¡Un pareado! ¡Y a cuento de la mejor prosa que hoy se escribe en España! Confío en que su artífice me lo perdone abonándolo en la cuenta de la admiración que le profeso. ¡Diecisiete volúmenes ya! Esta vez, sin embargo, no me queda más remedio que dar a su autor un golpe de palmeta. El libro suma 378 páginas. Una miseria. El más corto de la serie. ¡Pero hombre, Trapiello, cómo me haces esto! ¡Tan sólo una noche en vela, devorando lo que escribes con los ojos como platos de los de la nueva cocina, en vez de las tres, calculando por lo bajo, que, regodeándome, esperaba! ¡Que no vuelva a suceder! ¡No escuches los consejos de esos malos amigos que dicen que te repites y que uses las tijeras! Alarga la faena y reitérate toreando a gusto, porque Cervantes, José Tomás, las ostras y la excelencia no cansan nunca, a diferencia de la Corrala, digo, la Rehala, digo, la Rajola, que cansa siempre. Si tuviese que comprar un solo libro del aluvión que ha inundado Barcelona, sería el tuyo, en el que te cachondeas, por cierto, de lo que allí, en el día de san Jorge, sucede con saña digna de Quevedo y tierno humor de Billy Wilder. Y así año tras año y década tras década, porque ya van dos, y pluga al cielo que ese epitalamio dure hasta sus bodas de oro. La literatura, Andrés, ¡a quién se lo digo!, es un telar de antigua data en el que tú tejes, con la lanzadera de la pluma, el tapiz de la vida que nos tienta con sus frescos racimos. ¿Frescos? Sí, sí, claro, y discúlpame el retruécano conceptista y pictórico, por forzado que sea, pues no hay sustantivo que mejor defina lo que haces. ¡Dios, qué buen escribano si oviesse buen lector! Yo lo soy. Otros habrá. Y válganme los últimos renglones, ya que de Penélope se habla, para añadir que también compraría en Barcelona o donde fuere el último libro de Mercedes Salisachs. Se llama El cuadro. ¡Qué gran señora! ¡Cuán alto ejemplo de firmeza, libertad y dignidad! Tiene 94 años, Andrés, y 94 son las páginas de esa novela. No sé si sabe que ha escrito un formidable alegato contra el aborto. Es mi segunda madre. Está sorda y su mano izquierda ya no se mueve, pero con la derecha escribe. Deberían nombrarla santa patrona consorte del Día del Libro. Ahí va mi voto.

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