De haberlo sabido

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De haberlo sabido, Evaristo no hubiera dicho que sí, hubiera dicho que no, o que tal vez, pero nunca que sí, ahora lo sabía, en aquel momento no, se dejó llevar por las circunstancias y ahora tenía que pagar las consecuencias. Tomó el último trago que quedaba en la botella, se caló el sombrero de me-dio ala, abotonó su gabardina y salió de casa dispuesto a cumplir su palabra.

Abajo le esperaban Paco, el cojo, junto a Felipe, el chino, y Juan, el malaspulgas. Sin mediar palabra comenzaron a andar. Dos delante, dos detrás, sin importar la posición de cada uno, sin que el silencio traicionado de la noche se rompiera en ningún instante.

Al final de la calle se detuvieron. Felipe, el chino, se asomó a la esquina. En la calle Carretas no había nadie, sólo Puri, la puta, y un borracho que pretendía conseguir sus servicios gratis. Un leve gesto de cabeza sirvió para que todos prosiguieran su camino.

Ahora, Juan, el malaspulgas, quedó junto a la esquina, Felipe, el chino, cruzó hacia el otro lado de la calle y quedó apoyado en un Fiat Panda de color marengo. Aprovechó para encenderse un cigarrillo. Paco, el cojo, pasó al lado de Puri, la puta, que seguía discutiendo con el borracho y se apostó al final de la calle Carretas.

Evaristo aguardó a que Paco, el cojo, llegara al final de la calle. Maldijo su suerte de jugador de poca monta y juró no volver a apostar, al menos no sin dinero. Un silbido era la señal convenida. Cuando lo escuchó Evaristo comenzó a andar.

Al llegar junto a Puri, la puta, echó al borracho con dos palabras ininteligibles y miró fijamente a los ojos azules de la meretriz. Recordó que en otro tiempo fueron alegres y añoró un futuro que nunca llegaría.

– ¡Evaristo! ¡Cuánto tiempo! No te hacía de vuelta en la ciudad.
– Ya ves, los sueños se me rompieron y me tocó regresar. ¿Qué le has hecho al gringo?
– Nada que yo supiera – dijo comprendiendo – Me alegra que seas tú.
– A mí no.

El sonido del disparo quedó amortiguado por el trapo de cocina que rodeaba el cañón del revólver que Evaristo guardaba en el bolsillo derecho de su gabardina. La bala hizo un primer agujero en la tela aja-da de la prenda de él y un segundo en la piel ultrajada de ella. Nadie pareció escuchar nada y los cuatro hombres abandonaron la calle Carretas cada un por su lado.

Evaristo se detuvo en la taberna del Charly. Tomó un par de tragos, los pagó y se encerró en el cuarto de baño. Sacó el revólver de su gabardina mientras contemplaba su imagen en el espejo.

– Te veo en el infierno, Puri. – Ahora el disparo resonó en todo el local, y cuando Charly consiguió abrir la puerta se encontró con el cuerpo de Evaristo en el suelo, sin vida.

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