Las pequeñas librerías y editoriales en peligro.

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            Pasear por la Feria del Libro de Madrid bajo el sol o la lluvia, en fin de semana entre cientos de visitantes, o a primera hora de la mañana entre semana casi en solitario, enriquece a poco que uno aproveche los ojos, los oídos y la reflexión frente a lo que se nos ofrece.

            No se trata de una doble hilera de casetas donde se intenta vender. Se trata de cultura, lucha editorial, trabajo duro, ilusión, pasión y costumbre milenaria (no la de la Feria, claro, sino la de la Literatura). La Historia empieza con la palabra escrita. Y el hombre se identifica por el uso del lenguaje articulado, obvio. Sin embargo el libro y su mundo están en retroceso… Hablaba con Mili Hernández (una leyenda viva sospechosa solo de autenticidad) de la librería Berkana y la editorial Egales y me pintaba un cielo negro, un futuro tenebroso para las pequeñas librerías. Las nuevas estrategias de las grandes empresas, los e-book, y la tendencia ascendente de dedicar tiempo a Internet en lugar de al libro físico, están ahogando a las pequeñas librerías y editoriales tanto o más que la crisis económica que afecta a todos los sectores, especialmente los del ocio.

            Me embargaba la tristeza escuchando a esta mujer que ha luchado durante años tanto por el movimiento LGTB como por la Literatura. Algo le pasa a las generaciones actuales que no son capaces de compatibilizar la innovación tecnológica con la tradición escrita y el disfrute de la palabra, del olor del papel, y el tesoro que constituye el objeto en sí, un objeto que, tal y como lo conocemos, tiene ya más de quinientos años. En mi corta experiencia periodística, al cabo de cinco años, he tenido la suerte de encontrar a apasionados que invierten su dinero y su estabilidad por sacar adelante libros y autores clásicos, contemporáneos, traducciones de otras culturas… Pensaba en obras tan magníficas como los cuentos de Unamuno, editados por Páginas de Espuma y su arriesgada y encomiable apuesta en general por los relatos y nanorrelatos; o las exquisitas Habitaciones separadas de Tondelli y el rescate de Remy de Gourmont con sus Colores, estupendas publicaciones de Barataria; o los magníficos Tocando tierra de Emma Donoghue o Sangre como la mía de Jorge Marchant Lazcano, dos escritores actuales de talento extraordinario que no conoceríamos en España si no fuera por Mili, Connie Dagas y su equipo; o en las ediciones de Gidé o Robert Hichens traducidas por Odisea (El clavel verde no pudo leerse hasta ahora en castellano, por ejemplo); me acordaba de los autores rumanos que he descubierto gracias a El Nadir; o los libros de comienzos del XX, ejemplos de formato encantador, de Minúscula Editorial (¡ah, reconozco que yo tengo algo de El mal del ímpetu!); o la bellísimas ediciones de Cabaret Voltaire como el Viaje a Egipto de Flaubert, acompañado de fotografías de la época…

            Pienso que si los españoles leyésemos más estas y otras obras (mi conocimiento es minúsculo) nos entenderíamos mejor, viviríamos mejor, seríamos mucho más felices que si seguimos dedicando cada vez más tiempo a las pantallas (de videoconsola, de ordenador, de televisión…) que tienen mucho que ofrecer -¿quién puede negar que Internet es una ventana al mundo con posibilidades casi ilimitadas?- pero que no son capaces de sustituir el placer inequívoco y profundo, la reflexión vital y única de la lectura.

            Salvemos a las editoriales y a las pequeñas librerías y estaremos salvando una gran parte de nosotros, de nuestra historia y nuestra esencia como seres humanos. Leamos, más y mejor; seamos, sencillamente felices a través de esas historias a las que, como señalaba Arturo Pérez Reverte en uno de sus artículos, volveremos irremediablemente porque nos dejaron marcados y a las que queremos siempre regresar. Ya lo dijo Pessoa, la felicidad es el deseo de repetir.

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