Los niños de Morelia han vuelto

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Las neblinas matutinas se resistían a evaporarse lamiendo los dormidos bosques de la sierra con lenguas de jirones grises. El pueblo recuperaba la silueta perdida por la noche y la mañana afloró por las primeras chimeneas humeantes.

La calma se volcó, de repente, en un estruendo que vino acompañando a un flamante autobús, que cual elefante en una cacharrería, invadió sin contemplaciones aquella burbuja atemporal, deteniéndose a la orilla de la carretera, justo enfrente de una casona donde un cartel anunciaba que allí se vendía pan.

Como de una carroza de hierro, fueron bajando en impaciente desembarco, unos ancianos venerables portadores de una curiosidad que les rebosaba por los ojos y enfilaron en tropel hacia el caminillo que llevaba al horno con una excitada algarabía. Hombres y mujeres que tendrían siete décadas de difícil transcurrir por veredas intrincadas, con la vida pesándoles más a cada instante.

Yo me encontraba en el minúsculo despacho, simple y austero, que tenía impregnado el olor amable y ancestral de la masa de harina cocida. Como cada mañana, madrugador, me gustaba comprar el pan recién hecho y caliente; la charla con Jesus, el panadero, también formaba parte de la liturgia ordinaria pero en esa mañana, casualmente, quien servía era Carmen, su mujer. Me estaba despidiendo de ella, cobijando el cálido bulto bajo el brazo, cuando el sonido de voces viniendo hacia nosotros me obligó a mirar por la ventana, sorprendido por la presencia humana a aquella hora y sobre todo por la aparente cantidad de recién llegados.

No me dio tiempo a escapar. Se abrió la puerta y la avalancha me sepultó contra el mostrador, cerrándome la salida. Como no cabíamos todos en el estrecho habitáculo, los de fuera empujaban a los de dentro y no sé por qué, la escena me recordó a los Hermanos Marx en el camarote, pero me chocó más el acento charro que traían bailando en sus palabras.

Protegida por el mostrador, que formaba un dique, una noble alacena de madera mostraba su propuesta con formas de hogazas de lomos tostados y promesas de mordiscos crujientes. Sus efluvios atrajeron miradas de reencuentro

-¡Andele!- Una voz de mariachi jubilado ascendió sobre el resto de murmullos.- ¡Guadalupe lindo. ”Todito” en este lugar esta bendito!-

-Bendito! ¡Bendito!- Corearon los demás, al tiempo que un bosque de manos se alzó pidiendo pan.

Con un reflejo miré a Carmen. En su rostro pude presagiar surcos de zozobra. Ella mantenía el ritmo acostumbrado de servir y cobrar con parsimonia pero las prisas de estos abuelos meteóricos le mareaban, con lo que lejos de animarla al brío, la ralentizó. Algunos probaron suerte fuera y a través de un mar plateado de cabezas, miré por la ventana para verlos caer, como una bandada de estorninos, sobre el magnifico cerezo que a esas horas mantenía el rocío en sus tesoros de rojo pasión. Entonces, la panadera giró la cabeza y contempló con inusitada sorpresa el expolio. No reprimió un “rediós” mientras se dirigía directamente hacia el cerezo que estaba pidiéndole socorro.
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Desde la tahona pudimos verla correr, con los brazos como aspas giratorias, espantándoles, y ante la desbandada en retirada de los pajaritos sin alas, les tiró unas cuantas pedradas con formas de alarido, que consiguieron mantenerles quietos a unos pasos más allá del árbol indefenso. La mujer volvió dentro, detrás del mostrador, y le fue creciendo en los labios un temblor imperceptible que acabó asomando por sus ojos con filo de sable, a la vez que desde la tripa se le desbocaba la furia montañesa.

-¡Pero qué prisa traen estos abuelos y quien les da derecho a robarme las cerezas!- rumiaba en voz baja.

-¡Esto “enta`cabao” ahora “mesmo”, o cierro y “voyme” a casa!Si quieren comprar pan se me ponen en fila afuera y van entrando de uno en uno ”ansina.” ¡Como toquen el cerezo les suelto el perro!- Gritó por fín.

Puso un cartel en sus ojos de no estar de broma. Todos fueron saliendo. Como consecuencia, pude al fin recuperar mi espacio vital perdido junto con el resuello.
-No te preocupes –le dije –Me voy a quedar fuera para vigilar a la cuadrilla, pero me haría falta una porra- Carmen me sonrió a través de su mirada.
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Cuando por fin salí, lo primero que hice fue respirar con ansia de asmático. Quise tragar la mañana entera. Me pude abrir paso a través de una fila, desordenada y tumultuosa, hasta llegar al pie del árbol. Una señora con cara de niña arrugada me miró masticando cerezas con disimulo-

– Buenos días señora – le sonreí.

Ella se acercó entrañable. -Buenos días mi hijito –

-Disculpe mi atrevimiento, pero… ustedes son mejicanos ¿verdad?- pregunté.

Respondió con voz de corrido. “Claritito”, mexicanos, pero también somos españolitos.-

Me adivinó la sorpresa antes de que asomara en mis ojos.

-Toditos hemos nacido en este país lindo, pero ninguno conocemos nuestra patria, no más- dijo, llevándose a la boca, pícara, otra cereza.- Somos los chavitos de la guerra, a los que la República evacuó muy lejos para proteger nuestra infancia del horror, pero se nos cortó a la vez el cordón umbilical que nos unía a lo nuestro, para trasplantarnos como esquejes en un país que empezaba en Veracruz. Fuimos cuatrocientos cincuenta y uno los que aquel día, arribamos en un barco que se llamaba “Mexique”, allá por mil novecientos treinta y siete. ¡Virgencita de Chiapas, cuánto tiempo ya!-



Le dolió la memoria en forma de gotas en sus ojos y en su rostro apareció el recuerdo que venía acunando desde casi toda la vida. Me impresionó su emoción contenida por la dignidad. La cola del pan discurría tan lenta como la panadera atendiendo. Parecía que el tiempo había detenido sus latidos pero la voz de la anciana me rescató. 




-Yo tenía diez años y llevaba siempre al cuello el pañuelo miliciano que me dio mi papá al despedirnos en Burdeos. Era bastante alta para mi edad, con el pelo cortado a lo chico. Durante mucho tiempo eché de menos a mis papás. Nuestra casita en Robres se fue borrando en mi memoria sin querer, con un sufrimiento que no imagina, señor– Calló, naufragando por oscuras corrientes, pero al poco, volvió a tocar tierra y se le dulcificó la voz.

 





–Nos recibieron miles de personas al llegar a Morelia, en la provincia de Michoacán. Sólo éramos chamacos y nos creímos héroes ante tantas banderitas, con la música de las bandas acompañando al roce de los bultos que portábamos. Nos hicieron muchas fotografías; hasta el Presidente Cárdenas nos vino a recibir y nosotros no supimos si reír o llorar, mientras otros daban vivas a México y a la Republica Española. Pero cuando aquello acabó, conforme fueron pasando los días, todo empeoró porque los más pequeños lloraban y los más talluditos tuvimos que cuidar de ellos para ser sus mamás o papás. Tiempos duros que nos fueron cerrando puertas y abriendo nuevas esperanzas ¡Ahorita acá estamos! Un Gobierno nos lleva, y setenta años después, otro Gobierno nos trae para que veamos lo que nos perdimos antes de que muramos-


Le salió el sarcasmo sin ensayo.

Habíamos llegado, a pasitos, sin darnos cuenta, a la puerta de la panadería y la vi entrar, dispuesta como una niña de comunión, a recibir el pan de sus mayores, pero antes se volvió para dedicarme una tierna sonrisa y un encargo:

–Recuérdennos para siempre, somos los niños de Morelia-


 





El pan que llevaba bajo el brazo ya estaba frío. No había reparado que la mañanada estaba fresca, así que desanduve el camino para llegar hasta el autobús, que esperaba en la cuneta con el motor en marcha. Hice un amago de saludo al chofer y a la guía, que con gestos impacientes reclamaban a los excursionistas; pero me pudo más la curiosidad y les pregunté a donde iban.

– ¡A San Juan de la Peña!- Dijeron con amabilidad.

La chica, la guía, más dispuesta, me contó que este era un viaje organizado por el Ministerio de Asuntos Exteriores, que recorría los lugares más significantes de las regiónes de la que estos señores eran oriundos, para mostrarles, procedentes de Méjico, la Historia y la realidad de España, a la que habían tenido que abandonar por la Guerra Civil. También me dijo en tono de confidencia que el Estado les había invitado a quedarse en el país (si así lo deseaban) que los había visto nacer aunque  estos ancianos habían venido a recordar su memoria perdida pero no a cambiar de vida nuevamente.


Fueron llegando, cada uno con un pan, o con tortas de anís, o con las dos cosas, y las manos blancas de harina, pues la panadera ni les había envuelto las compras. Agradecí a la muchacha su atención y a la señora, con quien crucé nuevamente la mirada, le dediqué un beso con los dedos, pero ella se movió a mi lado y me dejó un beso de verdad en la mejilla que me hizo temblar como a un chiquillo.  

-Larga vida–Dije agradecido.

Cuando todos hubieron subido a bordo del mastodonte mecánico, que cerró las puertas, me quedé allí parado y levanté mi mano para decir adiós.


Por las ventanillas, unas caritas de niños viejos me miraron con la nariz pegada al cristal, al tiempo que sus manitas, como mariposas blancas, se fueron alejando con suaves vuelos de despedida. La distancia, poco a poco, consiguió borrar los contornos de  aquellos ojitos.

Recuperé los pasos de mis hábitos que me condujeron al encuentro con el café con leche, que la siempre antigua cafetera de Luis todavía era capaz de bordar. En ese instante, el mundo cotidiano me recibió en las caras de los pocos parroquianos, que como cada mañana, apuraban su primera consumición antes del tajo.

En ese instante, Javier se alejaba en cada pedalada, camino del huerto.

En ese instante, en la fragua de Mariano, se reanimó la llama para domar al hierro.

En ese instante Blas desató a su perro y apuntó con prisa a una torcaz sin suerte.

En ese instante, las manos de Miguel mancharon de cemento seco, unos planos.

En ese instante la sirena de la serrería descargó un pitido de advertencia al turno.

En ese instante el tren, recién llegado a la estación, silbó con un -hasta luego-.

En ese instante una pareja de buitres surcó la sierra sin batir las alas.

También en ese instante, la niña del autobús volvió a pensar en Morelia.

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