Un día en la vida de Michelangelo Buonarroti

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Teñía el sol de amarillo el lomo del Arno, preludio de un día caluroso en aquella tierra de la Toscana. Nueve campanadas sonaron en San Lorenzo. En la enorme estancia, un arrugado bulto se movió sobre las sábanas que a la vez palmeteó con impaciencia llamando a los criados.


Michelangelo Buonarroti se dolió cuando sus piernas tocaron el suelo, cansadas de cargar con un cuerpo de setenta y cinco años y lamentó haberse dejado el ungüento de caléndula en Roma, porque le aliviaba el dolor en sus articulaciones. Era viejo, a pesar de su atareada y prolífica existencia, por lo que estos viajes imprevistos no le gustaban, ocasionando que se despertara con mal humor esa mañana. Salió al balcón medio desnudo, desparramando la mirada por toda ciudad. Su ciudad. A escasos metros la fachada de la iglesia de San Lorenzo le devolvió, como un espejo, algún rayo de sol, y un poco más allá, la silueta familiar del Duomo se obstinó en recordarle quien era. Se entretuvo en recorrer los ojos por las calles un millón de veces transitadas; recordó, como se recuerdan las cosas importantes, con un sobresalto, momentos que por lejanos parecían pertenecer a otra persona, dudando en cuales de sus vidas ocurrieron. La voz de una criada le hizo regresar a su aposento y se dejó ayudar para tener el aspecto necesario ante lo que se le avecinaba.


palazzo Médici Riccardi

El Gran Duque Cosme I le había enviado recado a Roma para llegarse hasta Florencia como invitado en su Palazzo Médici Riccardi, con motivo de la presentación de la obra escrita por su amigo Giogio Vasari con el mecenazgo del Duque, sobre las biografías de todos los grandes artistas florentinos y romanos, con excepción de los venecianos a los que Vasari no apreciaba por distintas razones. Esta grandiosa obra, en el que se acuñó por vez primera el término Rinascita (Renacimiento), se titulaba “ Le Vite de`piú Eccellenti Pittori, Scultori, ed Architettori”. Quería el cielo que el único artista vivo de los que se hablaba en el libro era él y por tanto el único a homenajear físicamente. No compartía con su amigo la enemistad hacia los artistas venecianos, más bien, rendía pública admiración por Tiziano, pero el libro no era suyo, simplemente hablaban de él, como hablaban de Leonardo o Rafael, de Giotto o Donatello, así que, aunque cansado de honores y escéptico del poder, aceptó la invitación del Médici. Muchas veces en su vida valoró los vaivenes que su relación con los Médici le procuraron, aunque la gratitud hacia Lorenzo el Magnífico pagaba con creces cualquier cuenta.


Cuando salió del Palacio, (en el que había cumplido el encargo de mejorar su fachada, treinta y tres años atrás), montado en el palanquín que el Gran Duque hizo enviarle para llevarle a la Recepción, que también inauguraba los Jardines de Bóboli de su nuevo Palazzo Pitti, donde Cosme I había trasladado su residencia, Michelangelo notó que la atmosfera de Florencia le atravesaba la piel y sintió cómo si los olores, no siempre gratos, le devolvieran a la infancia.

Corría el año 1550. Su larga vida le sirvió como barca para volver al pasado. La memoria se posó en la puerta del taller de los hermanos Ghirlandaio, con su padre firmando el documento que lo convertía en aprendiz, sus doce años como cantera para tallar, de los famosos artistas para aprender a pintar. La Toscana hervía bajo el poder de los banqueros, pues no otra cosa eran los Médici, que fruto de sus intercambios comerciales con toda Europa permitieron atraer las corrientes del arte hacia su capital, Florencia, donde los artistas y humanistas sembraron la simiente del nuevo despertar de Occidente. Rememoró con nostalgia su estancia en el Jardín del Convento de San Marcos, inaugurado por Lorenzo II el Magnífico como escuela de las artes; la admisión como su hijo adoptivo en el Palacio Médici; las largas discusiones con humanistas como Poliziano, Fizino o Pico Della Mirandola sobre las Teorías idealistas de Platón; la enfebrecida aplicación a sus trabajos en pintura o escultura; las prácticas de anatomía por las noches; aquellas razones que dieron razón a su vida. Los años vividos en el Palazzo de la Vía Longa bajo el mecenazgo de Lorenzo fueron la roca donde se talló a si mismo, reconoció mientras la comitiva llegó a los aledaños de San Lorenzo.

pintura temprana de Miguel Angel

Recordó con cierta melancolía la construcción de la capilla nueva a sus cuarenta y seis esplendorosos años. Daría todo su conocimiento por volver a oír su corazón latir con la fuerza de aquellos días y se le escapó un suspiro. Dejaron atrás el templo y el guirigay del mercado cercano; pronto se hizo visible la cúpula de Santa Maria de Fiore; la admiró de nuevo, no en vano se había inspirado en la idea de Brunelleschi para crear su amada cúpula de la Basílica de San Pedro, en la que llevaba trabajando entonces cuatro años y que aún tendría que esperar otros once para terminar la maqueta de la que sería la cúpula más grande de la cristiandad y su obra cumbre como arquitecto. Quedó a su espalda la torre, Il Campanile, como le llamaban todos, que le habían encargado a Giotto y al paso de los porteadores, bajando por la Via del Proconsolo se fueron acercando al Palazzo Della Podestá, residencia del más alto Magistrado de la ciudad. Nunca supo que muchos siglos después, la estatua de su Baco reposaría tras esos muros. No le gustaba el símbolo que representaba el edificio pues en más de una ocasión los avatares de la política le pusieron cerca de sus puertas. Finalmente llegaron a la Plazza Della Signoría. El gentío deambulaba entre los materiales del Palazzo Ugunncioni, que se estaba comenzando a construir enfrente del Palazzo Vecchio. Como centro de la ciudad, aquel espacio mostraba el caos febril de la vida que se desarrollaba en ella: comerciantes ofreciendo sus paños; curanderos y sibilas; hechadores de cartas y pitonisas; traficantes de especias; dentistas; perfumistas; rapsodas de Dante; pintores con los caballetes listos; rateros y estafadores; señores y plebeyos; funcionarios del Duque; soldados holgando persiguiendo doncellas sin varón. A su paso, todos le conocían, haciendo reverencias o simples saludos, según la condición. El, a su vez, los miraba con ojos de comprensión.

Conforme pasaba delante de la estatua de David, su mirada se perdió conscientemente en los rasgos más bellos de hombre que jamás salieron de sus manos. Retrocedió cincuenta años para recordar a Cecchino dei Bracci; aquel joven por el que sintió el amor más ardiente, que lejos de satisfacerle, le hundió en la pelea entre la razón y el deseo. La belleza es una magna consecuencia de la pureza, aforismo que él siempre había defendido, y su genio exploraba los contornos en la búsqueda de la perfección. Cecchino era perfecto y él no podía dejar de amar todo lo perfecto. Legó a la humanidad su conflicto y ésta le perdonó su pecado de honradez a la vista de la herencia.


El resto de esculturas al lado de su David no le importaron; siempre creyó que Bandinelli quiso copiarle con su Hercules y Caco pero el pueblo florentino se erigió en juez, ridiculizando la exageración de los músculos y los rostros teatrales de las dos figuras, realzando de este modo y por otra parte, la elegancia del David. Todos conocían que la estatua había sido encargada en primera instancia a Michelangelo y de ahí la envidia de Bandinelli. Se despidió de Cecchino amándole en la distancia de los rasgos de su David.

En el edificio de enfrente, la Loggia dei Lanzi, vió a su viejo amigo Benvenuto Cellini que estaba con varias personas realizando mediciones. Conocía su proyecto del Perseo y en los cinco años que llevaba trabajando en la escultura, pudo admirar los bocetos y supo que sería una figura magnífica y bellísima que algún día brillaría con luz propia sobre toda la ciudad. Le saludó y fue correspondido con un alborozado grito de alegría. Pero no se detuvo, habría ocasión de beber una copa de vino con él algún otro día.


El tiempo apremiaba y el sol estaba alto, así que mandó agilizar el paso y enfilaron hacia el Arno, por la plaza en la que unos años más tarde, el mismo Vasari que había escrito la Enciclopedia , construiría el Palazzo degli Uffizi. Cuando se aproximaron al Ponte Vecchio, el conocido hedor de la carne descompuesta se le introdujo por su nariz chata. Desde hacía casi cien años, los carniceros de Florencia monopolizaban el comercio de la venta de carne en los puestos y bancos sobre el puente. Pasar por allí exigía un duro ejercicio de templanza pero sus años mozos, curtidos en las clases de anatomía con los cadáveres, le habían dado el antídoto contra la naúsea. A sus sirvientes no les sirvió de nada y el suelo de paja se hizo más resbaladizo con sus vómitos.

Por suerte, la silueta del Palazzo Pitti se reconocía muy cercana. Era un edificio imponente que hacía un año la familia Pitti vendió a la Gran Duquesa Leonor Alvarez de Toledo, esposa de Cosme I para ser la residencia oficial de los grandes duques Médici. A pesar de sus enormes dimensiones, el palacio no podía competir con la magnificencia de las otras residencias Médicis, pero Leonor había influido en su esposo para iniciar unas obras que le dotarían del esplendor de sus nuevos dueños. Las primeras ampliaciones fueron en la colina de Boboli, detrás del palacio, donde Pericoli realizó el primer proyecto, que posteriormente y rematado por Vasari, ocupó cuarenta y cinco mil metros cuadrados.
Cuando Michelangelo llegó a la gran explanada exterior tuvo la primera y agradable sorpresa, pues acudió a recibirle su querido discípulo Tommaso Cavalieri. Su auténtico amor al que la vejez del maestro convirtió en su mejor compañero. La pasión, atemperada por el paso de los años era mutua y aunque ya no eran amantes, Tommaso tenía por su maestro una total veneración, siendo su amigo y compañero hasta la muerte de Michelangelo. Venía de Roma, donde había sido nombrado consejero del nuevo Papa Julio III y no quería perderse la presentación del libro de Vasari y los honores que merecía su maestro. Se miraron cómo sólo los amantes son capaces, con discreción casi clandestina, se abrazaron y juntos penetraron en el patio de armas de palacio, desde donde fueron conducidos ante la presencia de los Duques.

La fiesta tuvo el protocolo de los grandes días de gloria de Florencia pero el viejo maestro añoraba sus espartanos aposentos en los que escribía los sonetos de amor más sinceros que poeta alguno escribió. La sinceridad del amor Platónico rendido y prisionero de la belleza. Mientras recibía los elogios de Vasari ante los invitados y los duques le invitaban a su mesa, Michelangelo dejó volar su mente por encima de las murallas y las suaves colinas de la Toscana le susurraron en voz baja secretos que a nadie más contarían.

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