Crítica de “Blackthorn. Sin destino”

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Mateo Gil, director de “Blackthorn. Sin destino” es el más digno estandarte de la industria cinematográfica española actual, capaz de escribir el guión de “Ágora” y de dirigir “Nadie conoce a nadie”, de plantear el caótico juego de “Abre los ojos” y de retrotraernos a nuestros apasionantes fantasmas de buen corazón del pasado con esta secuela, argumental que no cinematográfica, de aquella fantástica “Dos hombres y un destino”.

Y es que la historia no siempre es lo que parece, y, por mucho que se empeñara George Roy Hill, Butch Cassidy y The Sundance Kid no murieron en Bolivia acribillados por el ejército del país centroamericano. Del segundo nada sabemos, del primero sí, malvive por el altiplano boliviano bajo el nombre de Blackthorn, y tiene la pinta de Sam Sephard, uno de esos actores multidisciplinares que se apodera de la pantalla con su sola presencia, para alegría del espectador y desgracia de Eduardo Noriega, muy sobrepasado por su personaje (un ingeniero español perseguido por algún delito que cometió), por su alter ego y por su limitación estética, condena de ser tan guapo, supongo.

Con estos mimbres de fino estilismo de western, del bueno, Mateo Gil construye una película elegante, de buena factura y con ciertos toques de excelencia, que luego deja escapar de manera inexplicable por unas prisas que no venían a cuento condenándola a quedarse en una buena película, sin más, o nada más y nada menos, porque corriendo los tiempos que corren eso es mucho decir.

Durante el metraje se huele cinefilia por los cuatro costados, en ocasiones en exceso, porque lo poco gusta pero lo mucho cansa, y los amantes de los westerns se encontrarán con Peckinpah o con Leone mostrados con todo el esplendor, aunque hubiera funcionado mejor con una somera insinuación.

En definitiva, Mateo Gil construye una buena película de género, extraña para el cine español pero eficiente y efectiva, capaz de competir con cualquiera de los últimos intentos americanos por acercarse al western y de hacer las delicias de los amantes del cine, en general y en particular, demostrando, una vez más, que el talento no se circunscribe a una sola faceta de la vida.

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