El abisinio. Jean-Christophe Rufin. Ediciones B.

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“El señor Macé empezó a hojear los papeles amarillentos que tenía sobre las rodillas mientras el aire tibio de la ciudad árabe, con su olor a guindillas secas y a café, se colaba por las ventanillas abiertas de la carroza”.

Página 93.

 “Muerto por un musulmán, guisado por un católico y degustado por un protestante, resultaba difícil imaginar un ternero más ecuménico, a menos que un rabino hubiera roído los huesos”.

Página 256.

“Los santos tenían una tez clara, señal de divinidad y vestigio misterioso de los sagrado, como puede simbolizar el uso de una lengua muerta para el rezo”.

Página 339.

Hay que reconocer que los nuevos formatos de Ediciones B, con sus reducidas dimensiones y su “papel de Biblia” son idóneos para las vacaciones los largos viajes y los bolsillos de los abrigos de invierno también. Caben en cualquier parte (son realmente ediciones de bolsillo) y pueden evitar incluso el espacio en las maletas en caso de volar con low cost: bastará un pantalón o una chaqueta para poderlo guardar. Por otra parte su extensión hará corto cualquier vuelo y agotará bastantes horas de tedio en las salas de espera o en las aburridas playas del verano (aburridas para los urbanitas irredentos o los amantes de otro tipo de aventuras).

En este sentido El abisinio es una obra muy bien elegida por la editorial: entretiene, engancha, hace olvidar las esperas, el calor y las horas perdidas. Porque el ritmo es el adecuado, porque no abusa de la descripción y los hechos se suceden con maestría para que el lector los pueda seguir con facilidad y seguir pendiente del devenir de los acontecimientos.

La prosa, más elegante y poética que la de Ken Follet, a pesar de la fama del escritor de Best sellers por excelencia, contiene una historia de aventuras situada en el marco del reinado de Luis XIV, aunque sus ambientes sean orientales y por tanto exóticos y alejados de la Corte: El Cairo, Yeddah… y Abisinia. Sin que falten, desde luego, a la Francia de la época, con las guerras de religión de fondo, y con un Rey Sol que aparece muy brevemente en la obra y a quien se pinta cuando ya no es un joven monarca.

Como en toda obra de aventuras, evidentemente, ciertos hechos resultan difíciles de creer… pero, ¿qué sería de este género sin la imaginación? Si uno no se deja llevar por la emoción del adolescente o niño que lee Los Tres Mosqueteros por primera vez, este tipo de novelas deja de tener sentido, por más fundamento histórico que pueda haber tras ellas.

Los personajes van y vienen en función de la historia principal y a la pareja protagonista Él-Ella, se yuxtaponen una segunda pareja y una serie de secundarios que pueden hacernos reír por sus ridículas maneras y su infundada fe en sí mismos, como el cónsul; o por su glotonería y su miedo exagerado en el cocinero enviado como embajador por el rey de Abisinia.

Las exageraciones pueblan la obra: el “médico” protagonista, que no es titulado, sino conocedor de los principios de las plantas, sabe casi tanto como un doctor contemporáneo y cura las afecciones o las diagnostica fatales prácticamente sin error alguno; los religiosos son cegados por su propia soberbia casi siempre; los protestantes son gentes siempre sencillas y creyentes que luchan con fervor por su fe, sin faltar nunca a la verdad… Quizá este sea uno de los puntos más flacos de la obra de Juan-Christophe: criticar a los jesuitas está demasiado visto; criticar la ignorancia de los Franciscanos es demasiado simple; ensalzar a los protestantes en toda ocasión deja en evidencia las preferencias religiosas del autor, que no parece tomar la distancia y la objetividad del buen historiador o ensayista. No tiene por qué, pues para ello es un novelista, pero quizá abusa de su licencia para presentar buenos muy buenos y malos muy malos y además vestidos de negro (los jesuitas).

En este mismo orden de cosas la heroína es muy contemporánea y escapa de los convencionalismos de la época aunque ha sido educada en ellos. Tiene un arrojo y una voluntad impropias de su siglo. Y si bien no es de dudar que hubiera mujeres avanzadas y libres, resulta de una inteligencia moral y de una libertad sorprendentes.

A pesar de todo, el viaje a Abisinia, el entramado de la novela, el muy adecuado ritmo, el buen hacer de la prosa y las perlas diseminadas aquí y allá con comparaciones poéticas hacen del libro una buena compañía para largas horas, e infunden en el lector la alegría y la emoción, como deben hacerlo este tipo de libros.

Recomendable, entretenida, bien escrita y bien documentada

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