La Artiga de Lin y los Aigualluts

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La Naturaleza quita y da, a su libre albedrío, aquello que  parece que nos pertenece. En el caso de este rincón pirenaico donde la muga entre el Valle de Arán y Aragón se resiste a ser cruzada sin esfuerzo, se unen circunstancias que lo convierten en algo más que un paraje fronterizo o en lugar de sano esparcimiento montañero. Era Artiga de Lin en aranés, La Artiga de Lin en castellano, es un crisol donde se funde el milagro de la vida que emerge merced al capricho de la Naturaleza, advirtiéndonos de nuestra incapacidad, que disfrazamos fácilmente de soberbia, para cambiar el curso de las cosas a pesar de que la humana propensión a la ignorancia nos depare, permanentemente, sorpresas y angustias, en la escalada de nuestros intereses frente a la libertad total del paisaje.

Cuando el afán expansionista de las tribus se desboca, cambian de ubicación, como por ensalmo, montañas y ríos, valles o praderas, y aunque parezca un sinsentido, siempre el interés por la riqueza estará detrás del olvido a la geografía y a los mapas. Somos una región que debería estar más alerta en función de las permanentes incursiones que nos hostigan para apropiarse por las buenas o por las malas, si llegase el caso, de trozos de nuestra piel como antiguo reyno, pero somos hijos de nuestra idiosincrasia particular y llevamos grabado a sangre y fuego, un desastroso sentimiento de inferioridad cateta.

Hagamos una abstracción que no tiene por qué ser perversa; simplemente soñemos despiertos: Imaginemos que el macizo del Aneto, la segunda montaña más alta de la península ibérica y la primera del Pirineo, mantiene su identidad aragonesa pese a “todo” y su cumbre generosa permite su ascenso a los valientes, vengan de donde vengan, salvaguardando su regreso a través del glaciar milenario pero que tiene sus años contados, para reposar en el refugio de la Renclusa o corretear por los prados del Plan de Aigualluts, descalzos de la opresión de las botas. Recordemos el inmenso agujero por donde el agua de las nieves perpetuas y de los ibones Salterillo, l’Escaleta y Barrancs, se precipita en el Forau de Aigualluts, escatimando el caudal y permitiendo apenas un leve nacimiento del río Ésera, escondiendo su rastro a nuestros ojos. Imaginemos que esas aguas brotan nuevamente en una sinfonía de torrentes, después de recorrer la oscuridad de la tierra, en el Plan d’Estany, dando lugar a un Ésera tan poderoso, como acaba siendo el Arriú Joeu que aporta vida al Garona, que haría del Ebro un grandioso cauce. ¿Cuántas cosas podrían haber cambiado en nuestros secanos, en la identidad aragonesa?

De vuelta en la realidad, un simple y maravilloso fenómeno kárstico nos demuestra que las anotaciones en los mapas no tienen importancia. El agua del Aneto se vierte en la dolina gigantesca de Aigualluts y tras cuatro kilómetros bajo estas montañas de la Pena Nera o de Malh dera Artiga, por el collado de Coth deth Horo y la Canaleta de Pomero, aparecen en las Uelhs deth Joeu, en la Artiga de Lin, cambiando de cuenca gracias a un capricho de la Naturaleza. Esto no tiene discusión y así se debe aceptar, reconociendo la belleza y características de un lugar como este.

No sería aceptable a estas alturas que al socaire de razones políticas, desde nuestra Comunidad se emprendiese una campaña de reivindicación de esas aguas. Parecería incluso estúpido, tan estúpidas como esas otras  reclamaciones, en las que sin embargo, no se tiene ni siquiera el pudor de disimular como síntomas de fiebre nacionalista. Si fueran inteligentes buscarían la manera de cobrar a Francia por el uso de estas aguas, aragonesas, pero al fin y al cabo recibidas como regalo de los riscos de la Maladeta y aranesas de derecho.

Nuestros hermanos araneses, miembros del reyno de Aragón desde los tiempos de Alfonso I el Batallador en 1130, no tienen ninguna culpa; en todo caso podemos envidiarles rincones como éste. La ruta de acceso parte de la población de Les Bordes y asciende hasta la Artiga por una pista de 11 km. A través de bosques de coníferas y hayedos majestuosos. En estos momentos, las genzianas luteas adornan los prados con sus espigados tallos con flor amarilla. Plantas protegidas, aún recuerdo la famosa tabernilla de la “Meña” en Escunhau, donde se vendía auténtico y artesanal licor de genziana, ya hace unos años. La Val d’Arán conserva muchos retazos de mi vida peregrina.

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