Desayuno en la cama. Lawrence Schimel. Egales/ Desatada Editorial.

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            “A los que duermen boca abajo / no les debe pasar esto; / por muy diferente que sea una almohada de otra, / ellos despiertan siempre con la firmeza / de una cama como la primera que encuentran. / Abro los ojos y un vacío yace / encima de mí.[…]
            Página 39.
           
            “La noche ha cambiado pero no / ha cambiado. Las mismas caras, / a veces: los chicos que viven / en el país de nuncajamás. Y otras / caras que parecen las mismas. / Hay chicos nuevos, pero tienen / las mismas edades que tuvieron antes”.
            Página 31.
 
            “[…] Los finales felices / (como te diría cualquier escritor) requieren  / un esfuerzo, atención al lenguaje y al argumento, […]”.
            Página 24.
 
            Este poemario es francamente especial. Quizá sea porque el neoyorquino que lo ha escrito se mudó a España en 1999 y su bilingüismo (o trilingüismo) le permite usar la palabra con sencillez pero con acierto, escogiendo cada término, cada adjetivo, cada adverbio. Quizá porque sabe que la mejor manera de hacer llegar los sentimientos es a través de un lenguaje sencillo, aunque no por ello exento de belleza, comparaciones metafóricas, y otro elementos literarios y poéticos. Quizá porque ha publicado casi un centenar de libros y tiene ya una importante experiencia que se nota en la economía de medios y en la sinceridad emocional de los textos. Porque no hay tendencia al drama aunque las historias sean tristes. Más bien Lawrence se aproxima a veces a la tragicomedia, aunque con predominio de la melancolía, que es el género más cercano a la vida.
            Hay, parece, un autor sensible y emocionalmente abierto a la pareja, que la busca, casi, en cada rincón. Así parece indicarlo el poema que da título al libro, uno de los primeros del conjunto:
            “Quiero llevarte a casa y darte de desayunar / mañana […] / […] Abres / la cerradura, y después la puerta. Se evapora / la posibilidad. –Un placer- me dices, un pico / en los labios y sales de allí, de mi vida”.
            DESAYUNO EN LA CAMA. Páginas 11 y 12.
            Esta es una de las constantes del libro: parejas que no cuajan una y otra vez, un sentimiento de soledad que recuerda a aquel Manuel Machado del Modernismo más hermoso y auténtico:
            “Me doy cuenta de que no sólo / viajo solo sino que / estoy solo.”
            VIAJAR SOLO. Página 25.
 
            Para luchar contra esa soledad el autor escribe en la plaza de Chueca donde espera que otros chicos se le acerquen para preguntar si escribe sobre ellos; busca encuentros en cuartos oscuros o cabinas de sex-shops donde, tras el polvo, quisiera invitar a su casa al amante ocasional, ofrecerle un desayuno, iniciar un nuevo romance; intercambiar e-mails con un chico al que conoció en otro país, de viaje… Todo medio, toda herramienta es apta para buscar el amor, esa relación por la que se luchará hasta tener “un final feliz”.
            Lawrence no olvida tampoco a sus antiguos compañeros… tiene recuerdos que han estado clavados y seguirán clavados en su interior aunque los exorcice con sus poemas. Un libro regalado ha perdido su sitio en la estantería y ha sido reemplazado por otros; un cuerpo ha sido sustituido por otros… pero la memoria permanece, los sentimientos eran auténticos.
            A diferencia de otros autores homosexuales Schimel no parece haber abandonado la esperanza o la visión “tradicional” del amor: eso que dura siempre, eso que te salva, eso por lo que merece la pena luchar. Habrá quien, evidentemente, tenga en mente la manida promiscuidad homosexual pero nada en este poemario me suena diferente de la vida de jóvenes chicos y chicas heterosexuales que tienen relaciones breves, ocasionales, a las que no les ponen ni nombre, aunque no utilicen cuartos oscuros.        
            Bien por el contrario creo que se trata de un libro con validez general, con aplicación a un par de generaciones que siguen buscando el amor de su vida en una sociedad que no lucha por nada, que abandona un placer por otro, que rompen el jarrón contra el suelo tan pronto descubren que tiene imperfecciones ignorando que no hay jarrón sin tacha, que no hay porcelana ni pintura impoluta, es decir que no hay ser humano perfecto y que es preciso perdonar setenta veces siete para ser capaz de amor. Todo ello sin perjuicio de que aún existan románticos que idealicen lo que fue, lo que es y lo que será.
            Ese vacío que siente al abrir los ojos y ver un techo desconocido; el hueco que le deja en el futuro el hombre que sale “corriendo” después del sexo; la cueva que han generado los amores fracasados no han hecho rendirse al autor que aún desea invitar a un siguiente paso, a un momento personal, con nombre, bajo su techo, abrir el corazón y ponerlo en el Desayuno en la Cama donde un extraño pasará de serlo a tener un nombre propio.
            Dulce, real, poético… al tiempo que triste, pero aún esperanzado.
           
 
 

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