Defensa del dios. Santiago Vila. El Nadir Ediciones.

0
38
 
                         “La espera lleva a la muerte, que es, en definitiva, lo que se espera. Cualquier método es válido, con tal de conseguir paladear diariamente un poco de muerte. Algo parecido a la meditación clásica, pero centrado sobre nada; no sobre imágenes concretas y edificantes como proponían los místicos, sino sobre el cambio mismo de las imágenes, sobre su decurso en un instante observado por la mirada abierta. Los pájaros saborean la agonía de la luz en el ocaso y la celebran con sus gritos y revoloteos”.
            Página 67.
            “Desde el aire, entre Lisboa y Funchal, pude disfrutar una extraordinaria puesta de sol sobre las nubes que me pareció una mezcla de Apocalypse Now y de algún film bíblico de Cecil B. De Mille, algo literalmente divino”.
            Páginas 88 y 89.
            “La moral es como una red de pescador: si la malla es bastante tupida, retiene muchos peces y se obtiene mucho significado; si es muy amplia o casi inexistente, los peces la atraviesan, pasan de largo y no existe significado”.
            Página 175.
 
Estamos ante un libro gustosamente complejo, narrativamente reflexivo, y escrito por un hombre de cultura cinematográfica, literaria y general. Todo lo cual lo convierte en un raro ejemplo de soberbia escritura que escapa a los esquemas viejos o a los imperativos de un mercado comercial a veces muy corto de vista, o con miras muy estrechas.
Esto, que nadie se equivoque, no quiere decir, en absoluto que el libro sea pesado o difícil de leer, o árido. La lectura es muy grata, el texto se comprende bien y engancha, pero, eso sí, ofrece a lectores atentos y comprometidos una serie de ricos complementos, de extras que son fantásticos, un regalo continuo para mentes exigentes. Entre ellos cabe apreciarse acertadas observaciones sobre arquitectura:
 
“La construcción de un vestíbulo parecía corroborar esta hipótesis: tal espacio, diseñado para proteger la intimidad de sus habitantes, no se consideraba necesario en las viviendas rurales pero resultaba fundamental en las burguesas, porque garantizaba el tiempo necesario para componer la puesta en escena ante visitas inesperadas”.
            Página 33.
            “El edificio destinado al Casino, separado del hotel por el parque del complejo, era un cilindro apoyado en numerosas nervaduras curvas, que fragmentaban el cuerpo central dándole aspecto de platillo volante sobre patas. Recordaba extraordinariamente el diseño del mismo arquitecto para la catedral de Brasilia, lo que me pareció una broma cínica: un casino podía, en efecto, considerarse una catedral dedicado al culto del Dios Dinero”.
            Páginas 89 y 90.
 
            Un trasfondo cultural religioso y mundo de referencia católico que no se puede describir como la manida pose “progre” de criticar a la Iglesia sin más, sino que va más allá con comentarios fundamentados, audaces también, y no exentos fortaleza:
            “Puedo muy bien, en la vida y también en el cine, privarme de Dios, pero no puedo privarme de algo más grande que yo, que es la potencia de crear”.
            Página 64.
            “La contradicción principal en nuestro sistema de pensamiento judeo-cristiano es la de Eros contra Tánatos, como la describe Freud. ¡Esa imagen escalofriante de la Cruz : la carne desgarrada y ensalzada en su desgarramiento! De la sangre a la sangre, del sadismo de los antiguos profetas al masoquismo del último.
            Página 104.
           
            Y, sobre todo, un final en el que toman sentido todas y cada una de las pequeñas anécdotas que han podido parecer cabos sueltos a lo largo de la obra, generando un complejo juego de espejos y reflejos que –espero que el autor se tome a bien mi comentario- haría la envidia de la escena final de La dama de Shangai del maestro Welles.
            La novela tiene un argumento que responde a un cierto cine negro: un director de cine que fallece con una última cinta grabada pero sin montar; una viuda que no quiere ceder la cinta a la productora y niega su existencia; un productor avaricioso que quiere recuperar la cinta casi a cualquier precio; y un guionista que le debe un favor a ese productor y que se infiltra en la casa de la viuda con la falsa historia de ser un escritor que necesita un lugar tranquilo y que le alquila un pabellón de la villa del fallecido en el campo. Todo ello aderezado con una fortísima sensualidad ya que la sobrina jovencita del director (imposible no pensar en Lolita, tanto las cinematográficas como en la literaria) vive con la viuda, y se sugiere que el guionista debe seducirla para obtener la cinta; y por otra parte porque surgen rumores de que el director era un irredento pederasta.
            Santiago Vila muestra un profundo conocimiento de la historia del cine y se mueve con soltura describiendo las productoras, los montajes, las grabaciones; a la par que se muestra valiente, muy valiente, cogiendo por los cuernos el espinoso tema de la pederastia, tan peligroso en nuestros días. Las descripciones de los sueños eróticos del guionista, y otros fragmentos del libro, de erotismo que roza lo sexual, con todo lujo de detalles, muestran a un autor que no hace ascos ni remilgos frente a lo que la narración exige y requiere para tener un sentido completo y real.
            Dejo al lector que descubra el porqué del título y la delicada línea entre la locura, la cordura, y la defensa obsesiva de aquellos a quienes admiramos desde lejos y que, ya como Flaubert dijo, tienen esa capa de oro que se les cae cuando uno se aproxima lo bastante como para tocarlos.
            Lo mejor de todo ese soberbio final poliédrico, donde cada cara del prisma resulta perfecta y encajada como en un diamante, y esas continuas reflexiones sobre el cine, lo humano y lo divino, que predominan sobre el argumento de la obra, casi una excusa para el florilegio técnico de un magnífico escritor.
 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here