Ponerse en camino

0
43

No sé qué es ni si tiene nombre la extraña sensación que, en algunas ocasiones, me embarga. La llamada de la ausencia, no de una ausencia ni nostalgia de alguien o de algo, de un lugar o de alguna emoción vivida con la plenitud de un así es, pues que así sea.
Intenté acercarme al tema en Marrakech, una huida, Jhany, una búsqueda y Tu nombre para mí, que originariamente se titulaba Bataflou, un encuentro. Y ese es el tema capital del libro. No se trataba de el, la, lo sino de un, una, uno.
En días pasados padecí un aviso coronario, remediado con un marcapasos. Me encuentro bien, pero ha vuelto a manifestarse esa llamada. Como sucedía al capitán Acab. Llegaba un tiempo en que algo le advertía para hacerse a la mar. En busca de Moby Dick, su secreto anhelo.
Casi todos los viajeros nos hemos puesto en camino para reencontrarnos bajo el pretexto de un trabajo, un libro o un reportaje periodístico. Pero todos reconocemos que, en muchas de esas huidas, la cosa fue primero, su para qué, después.
Cuánto cuesta conseguir que el destino coincida con nuestros anhelos.
Así sucedió con la gestación del año sabático en la universidad. En ellos alcanzaría los 60 y todo parecía confabularse para viajar al corazón de los pueblos del África subsahariana. El loable pretexto apareció sin dudarlo y bien apuntalado por colaboradores e implicados: alumbrar centros de medicina preventiva en veinte universidades de esos países africanos. Aparecieron los medios, los contactos, los ánimos y la organización de la retaguardia.
¿Que en vez de esos países podrían haber sido otros distintos? Que se lo pregunten al director de una compañía de aviación que coordinó los vuelos, estancias, reservas y conexiones que, en África, suelen ser Air peut-être o Air maybe. Había que atravesar el continente de arriba abajo y de este a oeste con repetidas escalas en los mismos aeropuertos. Todo se solucionó, hasta las imaginables presiones familiares, porque así parecía haberlo proyectado la llamada de ese tú mismo.
Puedo comprender a quienes afirman que, al componer, esculpir, pintar o escribir algo sienten que lo llevan dentro, que les llama, que pugna por existir y uno casi se limita a abrirle caminos, a liberarla del embalaje, a darle la forma que le pertenece desde largo tiempo.
Con la vicisitudes que se narran en Encenderé un fuego para ti. Viaje al corazón de los pueblos de África, me puse en marcha habiendo preparado todo lo posible para que lo imposible sucediese. Un amanecer, en una playa de la isla de la Inhaca, en Mozambique, un hombre mayor y enfermo me ayudó y sus palabras fueron “Lo imposible acontece”, e mais nada.
Se dieron múltiples ocasiones en que alguien me esperaba como si lo reencontrase, con palabras del Jeque Tuareg de los Imaná, en Mali. Nos buscábamos sin saberlo y esto sucede aunque, a veces, una persona encuentre su destino en el camino que eligió para evitarlo. Se lo recordaba a un amigo, con palabras de Coelho: siempre existe en el mundo una persona que espera a otra ya sea en medio del desierto o en medio de una ciudad. Y cuando estas personas se cruzan y sus ojos se encuentran, el pasado y el futuro pierden su importancia, y sólo existe aquel momento y aquella certeza increíble de que todas las cosas fueron escritas por la misma mano. La mano que despierta el amor y que hizo un alma gemela para cada persona que trabaja, descansa y busca tesoros bajo el sol. Porque sin esto no habría ningún sentido para los sueños de la raza humana.
No sé si se trata de mano alguna, bastante hemos pasado con la “invisible” de Adam Smith, en su desarrollo hasta estos tiempos de corrupción y desconcierto, de tan profunda injusticia social y de tanta ceguera suicida. En vano gritamos: ¡Sísifo no existe! Ni destinos ni fata ni ananké, ni pretendidos dioses que habitan las lagunas de nuestra ignorancia.
Quizás, al cumplirse 50 Años de la muerte de Jung, tenga que volver a esa intuición cosmoteándrica de Raimon Paniker y que Jung abordó al estudiar el arquetipo del sí-mismo, que estuvo representado en el culto a Mitra por Aion: la unión de opuestos, de la luz y la oscuridad, de lo masculino y lo femenino, de la creación y la destrucción. Como él apunta en La vida simbólica y bien comprendieron Nicolás de Cusa y sus amigos con la coincidencia de opuestos.
Sea de ello lo que fuere, creo que ha llegado el tiempo kairológico de ponerme en camino, si no para descubrir qué es eso que me tira desde dentro, al menos para darme una vuelta por el interior de mi celda, con palabras de Yourcenar.
Nos pondremos en camino al amanecer.

José Carlos García Fajardo
Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Director del CCS

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here