Una solución perversa

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El nuevo orden económico europeo, en proceso de instauración y al cual asistimos los ciudadanos sin tener derecho a opinar ni a decidir, consiste en la emisión permanente y continuada de deuda pública como motor fundamental de la economía.

Y con este fin, es una inmensa burla que además los Gobiernos hayan asumido las mismas teorías de ingeniería financiera que han criticado en los inversores financieros privados. Claro que han sido capaces de elevar estas teorías a un absurdo que más tarde o más temprano hará insostenibles a los Estados tal y como los conocemos ahora.

Hasta que llegue ese momento, este cambalache funciona así: los Estados emiten deuda que es comprada en su mayor parte por ellos mismos a través de su Banco Central, que sarcásticamente, es además el emisor de moneda.

El efecto que ello tendrá en nuestra vida es tremendamente perverso e inexorablemente pernicioso.

En primer lugar, el Estado se erige en el mayor receptor de la liquidez inyectada al sistema. Dado que vivimos en un mundo de recursos limitados, cada vez que el Estado realiza una subasta de deuda soberana, drena más aún de liquidez a la economía real, es decir, a las empresas donde trabajamos tú y yo.

En segundo lugar, la emisión incesante de deuda, capta excedentes (ahorros) de capital privado, que de otra manera, acabarían invertidos en la economía real. Esto es lo que subyace cuando las empresas en España se quejan  de que «no hay liquidez». Sí la hay, y mucha, pero es el Estado quien la acapara, y lo peor de todo, para destinarla a gasto improductivo.

En tercer lugar, el Estado empuja a las empresas a una pérdida de competitividad. El coste de financiación es un factor clave de competitividad para éstas. En la medida que el Estado ofrece (teóricamente) una seguridad 100% de cobro a los prestamistas, éstos tenderán a encarecer su dinero si son las empresas quienes les solicitan un crédito. Así, las empresas quedan, por lo general y con la excepción de las grandes corporaciones, penalizadas, y finalmente sin posibilidad real de acceder al crédito de bajo coste.

En cuarto lugar, la emisión incesante de deuda pública desincentiva la inversión productiva privada. La emisión de deuda pública ya es un «indicador oficial de debilidad económica» del Estado. Así, un país (España, traído al caso) se puede clasificar como financieramente vulnerable en función de cómo se comporte su deuda soberana y el tejemaneje que se traiga su Gobierno para colocarla. Esto provoca una paradoja: que los inversores financieros huyan de invertir en esos países mientras los Gobiernos traten de atraerlos engordando el problema, involucrando al Banco Central Europeo, en la creencia (falsa, ya convertida en mito) de que ello «da más credibilidad ante los mercados».

La consecuencia es evidente y conocida: confusión e incertidumbre que hace que los inversores privados con excedentes de capital demoren sus decisiones de inversión en activos fijos de producción, que en definitiva es lo que más genera empleo y hace crecer el PIB a tasas altas.

El quinto efecto pernicioso es que el Estado predica un mal ejemplo, y transmite un mensaje perverso a los ciudadanos: no hagas nada para salir la crisis, yo me encargo de todo.

En nuestro país, dado que el destino final principal de la captación de deuda es el gasto improductivo, la existencia de una cultura de la ayuda pública y la subvención es ya innegable. Además, ello va de la mano de la demonización tanto de la iniciativa privada como de la creación de valor y del beneficio empresarial. Muchos ciudadanos viven hoy convencidos de que el estado tiene que sustituir el rol de sus padres tras cumplir la mayoría de edad. Y por tanto, es el Estado el que debe proveerles de cualquier cosa con tan sólo reclamarlo.

Con todo lo anterior, será difícil eludir el escenario de una nueva contracción de la economía, dibujado estos días por muchos y en muchos medios. Y ya sabemos que esto significa que pagaremos más impuestos, ganaremos menos dinero, y peor aún, habrá más gente en paro. Lo que me resulta más difícil, es comprender por qué los líderes políticos se desviven por prolongar el túnel de la desgracia, siendo conscientes de todo esto: cuentan con análisis y fuentes de información privilegiadas, que con seguridad no escatimarán en franqueza.

En fin, por si aún así se les escapa, aquí queda mi opinión.

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