Los juegos de Dania. Anton Holban. El Nadir Ediciones.

0
111
“Ella es así, no tienes por qué enfadarte. No tiene la costumbre de escribir, para ella algo así es demasiado complicado. Adora a su familia, pero a veces pasa mucho tiempo fuera de casa y ni siquiera manda una línea. Tienes que acostumbrarte a las rarezas del alma humana”.
Página 16.
“Yo me parecía a una persona que se acicala largamente para un baile, afeitándose con inusitado esmero, atusándose cada cabello y cada arruga del traje y hasta pintándose, como nunca, las uñas con esmalte. Y, al llegar al lugar de la cita, se da cuanta de que las luces están apagadas, los salones vacíos y el baile ha sido suspendido”.
Página 24.
“Ocultamos la verdad. La escamoteamos, escogemos interpretaciones agradables, hacemos preguntas, pero procuramos dar la ocasión de que no nos contesten del todo”.
Página 74.
“Cualquier cosa adquiere importancia: no es preciso mirar el mar. El  banco en el que permanezco inmóvil en medio de este paisaje. Algunas ramas que piso y que, si tuviera paciencia, recogería del suelo, porque, de vuelta a mi país, ellas tendrían significado debido al sitio prodigioso del que las he cogido. La valla de hierro que rodea el jardín. Los sicomoros desmochados. Y cada persona”.
Página 139.
Como ya he comentado algunas veces la editorial El Nadir ha tenido el buen sentido comercial -y literario- de traer las letras rumanas a nuestro país, para descubrirnos grandes autores cuya existencia ha pasado de puntillas para los nacionales de esta piel de toro. En este caso rescata a un joven autor de entreguerras, una de esas épocas convulsas en las que la Literatura quedó relegada muchas veces por el vertiginoso sucederse de la política prebélica. Su mensaje, a pesar de los setenta años transcurridos, sigue fresco en esencia, sin embargo.
El libro es en realidad una reflexión del protagonista, cuyo único punto de vista conoceremos a lo largo de la obra, ya que las palabras de los demás serán siempre pronunciados en base a su recuerdo. La objetividad brilla por su ausencia en esta obra. De hecho la “novela” cuenta una historia sentimental de forma poco cronológica pues son los recuerdos que van y vienen caprichosos a la hora de venirse a la mente, y el corazón les otorga valores diferentes en función de su propio latir (como ya decía Tenessee Williams en The glass menagerie).
Por lo tanto deben abstenerse de esta obra los buscadores de acción trepidante, suspense sin límites y agotadora sucesión de acontecimientos. Por el contrario disfrutarán mucho de este volumen quienes gustan de las obras psicológicas, que permiten asomarse el corazón humano por dentro, y observar la extraña química que lo gobierna y desgobierna. El protagonista, que se siente ignorado y humillado por su amada, Dania, nos detalla los más mínimos pensamientos que lo acongojan cuando la mujer que ama no le responde a las cartas, o no aparece a una cita por cualquier motivo que se le antoja superfluo. De hecho la dibuja continuamente con el adjetivo superficial, y aunque por sus palabras se extraiga que no está exento de cierta razón, no deja de observarse que la inseguridad pesa en él como una losa que lo ocupa todo: se siente mayor y pobre frente a una joven, guapa y rica joven que, rodeada de pretendientes, juega el juego de sentirse fascinada por un escritor.
El mero hecho de ser escritor lo convierte ya en sospechoso de ser víctima, en cierta medida, de una neurosis, de una inseguridad constante. La sensibilidad del personaje, que parece identificarse en cierta medida con el propio Antón Holban, queda clara en mil detalles como su magnífica relación con las flores:
“Pero, ¿quién puede resistirse al encanto de un enorme ramo de lirios blancos?”.
Página 98.
O también en el minucioso detalle con que todo lo observa y analiza, desmenuzándolo como si de un pintor de miniaturas se tratase. Cada comportamiento es susceptible de levantarle ampollas, de infligirle humillaciones. Lo cual casa perfectamente con su pasión con una muchacha que juega los juegos de la seducción dentro de una historia que sería mal vista por los miembros de su familia (siempre en un segundo plano, borroso, como si realmente apenas existiesen, salvo en el caso de su hermano Raúl o su prima Mady). Por eso esconde al escritor a veces e intenta llevarlo por calles donde no la conozcan, aunque también lo reciba en su casa, como a otras visitas, o lo cubra con ciertas palabras de pasión de cuando en cuando… hasta que una llamada, la entrada de la criada con un servicio de té, otra visita, o el requerimiento de su hermano retienen su atención, marcándole a fuego al enamorado, la escasa importancia que él tiene, su imposibilidad para abstraerla del mundo salvo en contadas ocasiones.
Es una historia sin reciprocidad, donde la separación de los mundos es tan amplia como dolorosa… incluso puede que para ambas partes, por más que el protagonista, en su visión neurótica, imprima tal carácter superficial a Dania que esta parezca incapaz de sentir dolor durante más de diez segundos consecutivos.
Desde el comienzo la relación está herida de muerte e implica, desde el primer párrafo, el final sin comprensión por ninguna de ambas partes. Aunque será el escritor quien siga esperando una respuesta de la antigua amada que lo reafirme, que lo convierta, de una forma material, real, en su novio a la vista de todos.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here