Santayana y la eternidad

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Santayana y la eternidadCon motivo de la Tercera Conferencia Internacional sobre Santayana que tuvo lugar en Valencia los días 16, 17 y 18 de noviembre de 2009 (http://internationalconferenceonsantayana.blogspot.com) ,

a continuación publico en «El Librepensador» la comunicación personal que di sobre la idea de Cristo que Santayana expuso en su obra The Idea of Christ in the Gospels, Charles Scribner’s Sons, New York, 1946. Espero les guste. Desde mi Torre de Juan Abad malagueña se despide hasta nueva orden, un amigo. Vale:

Santayana y la poesía primera

El propósito de Santayana a la hora de escribir La idea de Cristo en los Evangelios es claro: otorgar a la religión su categoría de poesía excelsa creada por la inspiración. Para un autor que consideraba la religión como “la cabeza y principio de todo”, como escribió en «Una Confesión General,» los Evangelios y la idea de Cristo vendrían a ocupar esa especie de posición de «poesía primera» que uno podría colocar por encima de los tres poemas filosóficos de Lucrecio, Dante, y Goethe.

Por empezar por el final, Santayana declara que la idea de Cristo no ha salvado el mundo porque el mundo, nos dice, no puede ser salvado, porque está en movimiento constante. El instinto amoroso que deriva en la reproducción de las especies o el pensamiento y la memoria son medios auxiliares de que dispone el ser humano para, si no salvarse en una eternidad paradisíaca, sí llegar a comprender su posición en el mundo y su eternidad existencial en él: en la intuición de las ideas, de las esencias que imaginamos y vemos en cada momento presente. Pero estas esencias de Santayana no «existen» en otro mundo especular, sino que «son» y se «van» constantemente. Es lo que el budismo llama con el nombre de Nirvana o Leibniz comentaba sobre «la nada» infinita a la que todas las cosas se encaminan y de donde proceden.

En su materialismo, en el de Santayana, la materia es la base de toda la vida de la razón y como materia dadora de vida, ni es maléfica, ni demoníaca, sino natural y enigmática: diríase milagrosa. Así lo dice expresamente en el capítulo VI de la primera parte de esta obra sobre Cristo cuando describe que los milagros que los evangelistas relataban que hacía Cristo bien pudieron existir, dado que no sólo ciertos hechos aislados e increíbles pudieron haber ocurrido, sino que el propio universo en su totalidad es él mismo el gran milagro inexplicable. Para Santayana no existe respuesta posible al porqué ni al para qué del mundo. El universo, el ser, no es razonable, es enigmático. El universo, simplemente, es. La pregunta del por qué es carece de sentido, pues no existe respuesta posible que podamos conocer. Al formar parte del conjunto «Universo,» un elemento de ese conjunto como es el ser humano no puede saber qué hay fuera de él. Bertrand Russell y las matemáticas de Cantor nos explicaron hace tiempo que todo conocimiento, toda lógica, toda ecuación matemática es autoreferencial, autocontenida. Es una tautología que no puede pretender justificar su sentido más allá de su propio sistema: 2 + 2 son 4 porque así hemos acordado contar los elementos individuales que vemos a nuestro alrededor. Preguntar por qué 4 exactamente no tiene sentido. Cuando Russell le preguntó a su hermano el por qué tenía que aceptar ciertos principios o axiomas incontestables sin explicación, como así partía Euclides en sus Elementos, el hermano de Russell le contestó: «Si no aceptas estos principios o axiomas de salida, no podemos continuar.» El joven Russell aceptó a regañadientes.

El hecho es que en el capítulo II de la segunda parte, en torno al argumento del antropocentrismo divino en la Biblia, Santayana nos advierte de que “todas las ideas humanas son, en un sentido, antropomórficas: la idea de Dios como un puro espíritu es así eminentemente. No podemos dejar de ser poetas; pero podemos hacer nuestra poesía mejor, más armoniosa en sí misma y más exactamente simbólica para con las relaciones de todo lo que nos atrae y todo lo que nos controla. Los filósofos griegos estaban ellos mismos saturados de mitos. Eran implacables con el poeta sólo porque éste era su rival en un arte semejante.”

Por su parte, en los Evangelios se respira la fe en que el mundo es un milagro también, pero un milagro con una razón para su inicio y una razón para su fin. Esta creencia dramática del universo nace de la inspiración humana de los evangelistas, inspiración que define en el capítulo I de la primera parte como aquello que “rehace la imagen del mundo” y que nace de dentro, de la “innata fertilidad poética y de la ensoñación suprimida de la psique.”

Las controversias entre creyentes y sectas e iglesias cristianas por la verdadera idea de Cristo en los Evangelios, nos dice en el capítulo I de la segunda parte, son causadas por los mismos críticos al estar “ciegos a la inspiración religiosa porque están hambrientos de verdad religiosa. En sus estudios poco escrupulosos continúan asumiendo que la inspiración debe ser conocimiento: por lo tanto los textos deben ser literalmente verdaderos, tanto en historia como en doctrina, o bien no inspirados, corruptos, y sin valor religioso.”

Para criticar la idea de Cristo uno no debe partir de la veracidad histórica de los Evangelios, sino entender qué tipo de inspiración era la que había creado esa idea que, nos dice, no nació fija y completa desde un inicio, sino que fue gradualmente completándose con el tiempo. Así, nos dice que “Esta idea existió antes que los Evangelios fueran escritos; fue teológicamente desarrollada por San Pablo; y ferviente y píamente enriquecida por la inspiración de la Iglesia, que precedió y continuó a la de los cuatro Evangelistas.”

La crítica de Santayana a la idea de Cristo no parte de la fe en él como salvador, sino de la simpatía por la función fabuladora de toda religión y de toda imaginación humana. Cristo, para Santayana, “bajo ningún concepto es la invención de una loca teosofía sino solamente la expresión poética del nacimiento del espíritu en una mente reflexiva.” A continuación va desarrollando su crítica de Cristo con más precisión.

En el capítulo V de la segunda parte, se nos dice que los estoicos no supieron conjugar la idea de una naturaleza, para ellos, divina y perfecta, con los sufrimientos e imperfecciones que veían continuamente a su alrededor. Para reconciliar su contradicción, nos dice Santayana, los estoicos cayeron en un “moralismo” que negaba la moral de cada ser humano instaurando una moral universal poco comprensiva con sus esperanzas y padecimientos.

Esta ambivalencia estoica halla su solución sólo en la idea de Cristo tal y como fue concebida por sus seguidores: «Su persona es divina y nativa del cielo: de modo que espontáneamente y con todo su corazón vive en perfecta armonía con el orden universal de las cosas y con la voluntad de Dios. (…) Al aceptar la vida terrena, como al escoger un mundo donde ser creado, Dios mismo ha aceptado cada detalle como bueno y necesario, sin importar (…) qué sufrimientos puedan imponérsele en su alma humana.» Esto es lo mismo que Hesíodo en sus Trabajos y los Días o Esquilo en su Prometeo Encadenado comentaron. Sófocles con su Edipo y Edipo en Colono así como Shakespeare con su Hamlet o El Rey Lear reincidían en la misma idea. El sufrimiento no es justificable; el dolor es sinónimo del mal, pero una vez soportado y digerido, uno puede aprender a liberarse de él. Los budistas llevan milenios aprendiendo de esta idea. Y Occidente, desde Schopenhauer, no ha dejado de darles la razón.

Es este Cristo como ideal el que servirá al filósofo moralista, dice el autor Santayana, ya que “con este modelo ante sí, puede al menos escapar de la trampa del moralismo, que destruye el dulzor de los afectos humanos al estirarlos hacia el tragadero del infinito y lo absoluto. Él puede aprender de Cristo a cultivar y honrar esos afectos por lo que son, humanos y accidentales, mas ordenados y sancionados en esa capacidad por el orden eterno de las cosas.” Vemos en estas palabras el humanismo que encierra la crítica de Santayana a la idea de Cristo en los Evangelios, lo cual es otro ejemplo más de cómo, según acertadamente comenta Irving Singer en su obra George Santayana, literary philosopher, “los sentimientos de Santayana eran religiosos y sus creencias naturalistas.” Santayana, como todo hombre sabio, como Demócrito, sabía hacer uso de la ironía para reírse de sus propios miedos. La vida es un momento transitorio, pero nuestra imaginación y nuestro espíritu que contempla las «esencias,» las imágenes que nos rodean constantemente, permiten la liberación. Shakespeare sabía bien esto cuando escribió por boca de Próspero que uno no tiene que lamentarse de lo pasado ni del porvenir, puesto que es todo una fantasmagoría ilusioria; porque «estamos hechos de la misma materia de los sueños, y nuestra vida está rodeada por el dormir.» El sabio sabe pinchar el globo de agua y sonreír mientras ve cómo se le mojan los pantalones. Santayana explica que las mentes espirituales apelan a lo sobrenatural porque “pocos son tan valientes como para aceptar la naturaleza como es; pocos saben construir su casa espiritual sobre la dura roca de la verdad.” Esta casa espiritual que se construye sobre la dura roca de la verdad de la naturaleza, sin llamamientos a lo sobrenatural, plantea en nuestro abulense bostoniano filósofo qué posibles alternativas tiene una persona coherente y honesta a su alcance para dar a su vida un sentido, una vocación.

Sin inspiración religiosa alguna, nos dice, el hombre tiene a su alcance, como vocación en la vida, vivir y reproducirse, tener una familia, prolongar la especie pues, aunque él envejezca, estará rodeado de vida a su alrededor. Junto al instinto de reproducción, nos dice, “Este sentimiento de auto-transcendencia perpetuo en las cosas existentes, irracional como pueda parecer,” también surge con la inteligencia, definida como el principio del pensamiento. Será a través de él que el espíritu contemple las esencias y apariencias del mundo, su contingencia, la eternidad del universo o, en sus propias palabras finales de la obra:

El flujo de la existencia no puede ser detenido por la reflexión, salvo cuando parcialmente ya se ha detenido para hacer esa reflexión. Detenerlo puede muy bien parecer una peor condena que el que nunca pudiera detenerse. Pero de hecho la vida no está condenada a ninguno de esos destinos, porque materialmente siempre pasa adelante, aunque mediante el espíritu a veces se transcienda hacia la realización de lo eterno. Hay un placer estético en esto, así como una paz moral y una claridad intelectual; mas aquellos que no reconocen estas cosas no lamentan ignorarlas. No estaría en el espíritu de Cristo culparles por tal privación: en verdad que tendrán su recompensa. Aun así esa recompensa, desde el punto de vista espiritual, es en sí misma su castigo, pues les impide entender el poder de sus propias mentes o el juzgar de otra forma que por sus accidentales pasiones.”

Irving Singer, en su obra ya citada, recoge este mismo pensamiento de Santatayana en esta obra cuando apunta que nuestro autor “afirmaba que el único tipo de inmortalidad en que podía creer era el hecho eterno e inmutable de que había vivido en el tiempo exacto que lo había hecho.” Finalmente, John McCormick escoge, por su parte, este pensamiento tan genuino y central de nuestro autor como preámbulo de su obra George Santayana, a biography, en esta otra forma:

“Y no existe la pena, tampoco, en el sentido de desear que regrese el pasado, o en añorarlo: es suficientemente real tal cual es, allí en su propio tiempo y lugar (…).”

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