Episodios paralelos 1

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Además de que pagaban mal, retrasaban mucho los pagos en aquel Call Center donde trabajé por año y medio. Se llamaba Contact Line y la razón por la que soporté tanto es porque ellos también me aguantaron a mí. Aunque la gente no se peleaba por entrar a las filas de Contact Line, tampoco diré que les faltaba personal, para como estaba la situación muchos preferíamos la semi seguridad de un cheque que podía retrasarse hasta ocho semanas -yo y mi pobre familia lo vivimos en carne propia- a la ociosidad del sofá. Además, tenía 2 bocas que mantener, la de mi niña, que entonces era recién nacida, y la de su mamá, mi Julia, que en su séptimo mes de embarazo dejó la universidad y se fugó conmigo al pequeño cuarto que rentaba en la colonia Roma. Ahora que lo pienso, la desesperación fue lo que me clavó a una silla, un teléfono y una mampara por tanto tiempo. De pronto me vi con obligaciones de adulto, yo que todavía era de los que esperaban el viernes para ponerse hasta el culo del perro. La cantidad que mi madre me depositaba mes a mes para que estudiara una carrera en la capital no alcanzaba para 3 bocas, y fue Edgar quien me habló de Contact Line, su hermana, que era supervisora de una de las áreas de Atención al cliente, supo del lío en el que estaba metido y le habló sobre una vacante disponible para mí.

Antes que nada, debo aclarar que aunque no soy de la capital ya estoy bien aclimatado a su densidad y por mi apariencia nadie pondría en tela de juicio que pertenezco aquí, sin embargo, mi procedencia la mantendré en el anonimato porque detesto la cara que pone la mayoría, no me lo creen, siempre quieren pruebas, yo no les pido pruebas a ellos de la legitimidad de sus hijos cuando me los presentan y no les encuentro más parecido con el papá que el nombre. Mi madre me mandó al DF a los 19 porque le dije que quería estudiar cinematografía, a ella eso le sonaba a pura pérdida de tiempo, pero con el fin de que saliera de ese ambiente de drogas y balas que nos rodeaba, accedió a darme su apoyo. Por su condición de enfermera sabía de la importancia de una educación digna, así que mientras volviera con un título en la mano que me acreditara como licenciado en cualquier cosa, quedaría satisfecha.

Aunque muy talentoso, llegué con la ingenuidad típica de cualquier suburbano a la ciudad, sin embargo, no me costó adaptarme al modo imperante de pensamiento: joder a quien se deje, y a las tranzas de una sociedad dizque modernizada. Fui rechazado del Centro de Capacitación Cinematográfica -CCC-, pero a la vez conseguí una beca en el Instituto Internacional de Guionismo de Cine -IIGCi- gracias a un cortometraje que escribí y mandé por correo electrónico desde mi localidad tiempo atrás. Ya que la dichosa escuela se encontraba en la colonia Roma Norte del DF, me trasladé lo más cerca que me fue posible, así, encontré hospedaje en un cuarto húmedo de la calle Jalapa. Por desgracia, en el instituto no demoré en insubordinarme y en el transcurso del cuarto bimestre apenas, fui puesto de patitas en la calle por liarme a los madrazos con el director. No puse a mi madre al tanto de mi situación académica puesto que la estaba pasando bomba en la ciudad y lo menos que necesitaba era que me aguara el festejo. Así que continué mandándole copias actualizadas de mis boletas de calificaciones que falsificaba fácilmente con la ayuda de Edgar.

En el primer piso del edificio donde vivía había un establecimiento que hacía las veces de fonda y de cibercafé para los inquilinos, el cual uno tenía que cruzar forzosamente para dirigirse a sus aposentos, ya que no había otra entrada. Edgar era el encargado de atenderlo, un tipo bastante comodino y uña larga que sólo conservaba su trabajo por ser sobrino de los dueños, y en quien de inmediato identifiqué a un camarada leal y desmadroso. Su horario laboral era tan flexible que llegaba a la hora que quería, se ausentaba cuanto deseaba y cerraba la cocina después del desayuno, salvo en las temporadas altas o cuando estaba quebrado, entonces sí se le veía más movido que una hormiga y no perdonaba ni 5 centavos en las cuentas. Cobraba jugosas comisiones extranominales que luego gastaba sin remordimientos en alcohol, droga, y sexo barato. Sacando cuentas, diría que 4 días de la semana los dedicaba a partirse el lomo y los 3 que quedaban a darnos juntos la gran vida.

Y así, de vicio en vicio, conocí a Julia, mi vicio definitivo. La vi parada en la sección de novedades en una librería del centro a la que fui a recoger un libro que había encargado: El banquero anarquista, de Fernando Pessoa. Me arrimé como quien no quiere la cosa, pues no pude resistirme a su figura desvaída y a su expresión ligeramente intelectualizada. Sostenía el más reciente libro de John Katzenbach en una mano, y en la otra, el más nuevo de Xavier Velasco, levanté mi compra a la altura del pecho como el fanático que sostiene su biblia para concedese la autoridad necesaria, y, apelando a mi evidente “buen gusto” literario, le recomendé una tercera opción: mandar ambos al diablo y salir a tomar una cerveza. Sonrió y me dijo su nombre, y en ese instante sentí que flotaba, al oírla pronunciarlo tuve la impresión de que ese era el secreto que había estado esperando, el secreto que cada hombre espera -algunos sin saberlo, como yo hasta ese momento- para comprender su miserable existencia. No porque fuera un nombre muy extraño, o tuviera un significado místico en alguna lengua exótica, ni porque fuera el sonido de su voz un canto de sirenas, su voz y su nombre no tuvieron nada que ver, fue por como entró a mis oídos que comprendí que estaba enamorado. Pero el amor es un arma de doble filo, un vicio pesado que produce las peores resacas -o, lo que es lo mismo: los más bellos retoños-.

Y así fue como llegué a Contact Line, donde, además de que pagaban mal y retrasaban los pagos, no daban seguro social. La mañana que entré a la oficina de reclutamiento para pedir el trabajo iba, no crudo, sino todavía borracho, aun así, me dieron el empleo, no porque Estela, la hermana de Edgar, haya usado sus palancas, que no tenía ninguna, sino porque la misma empresa era tan poco confiable como yo. Preséntate el lunes, me dijo el licenciado Borgia después de haberme tenido esperando por tres horas y hacerme pasar a su mosquienta oficina.

No sabía si confesarle a mi madre mi situación sería buena idea, si me quitaba su apoyo entonces sí nos veríamos en serios problemas. Lo papas de mi chica no querían saber nada de nosotros, ella no estaba en condiciones de trabajar todavía, y, además, no había con quién dejar a la niña. Recuerdo que estuve dándole vueltas al asunto en una cantina de mala muerte cuando cobré la primer quincena, que fue la única que llegó a tiempo, y decidí callármelo por un rato más por el bien de mi nueva familia. Y aquella fue la última vez que salí a beber en mucho tiempo, pues el dinero se volvió escaso, ya sólo me alcanzaba para 2 o tal vez 3 caguamas que me tomaba los sábados en la noche en el cuarto a una velocidad vertiginosa para que subieran sus vapores más rápido a la cabeza y antes de que se calentara el líquido -ya que nuestro diminuto refrigerador estaba reservado para los artículos de primera necesidad-, y los libros que leía eran todos prestados o robados. Definitivamente, la cifra total expresada en pesos de los libros que les robé a mis compañeros laborales asciende a más del doble de lo que cobré haciendo mi trabajo. Que, por cierto…

¿En qué consistía? Era lo más fácil del mundo, contestar llamadas de gente de todo el país, gente que llamaba para hacer una cita en su hospital correspondiente con su médico asignado. La parte que me tocaba era decir un guión memorizado previamente con objeto de presentarme con cordialidad, conseguir los datos del paciente, programar la o las citas con ayuda del ordenador y despedirme atentamente. Al principio me parecía ridículo y pensé que no lo haría bien, sin embargo, el tiempo demostró lo contrario, al cabo de un mes, todos mis informes de calidad eran impecables, y mi supervisor estaba feliz con mi desempeño. Se llamaba Jacobo, y tengo que reconocer que en ocasiones era tan permisivo que me permitía pasar vodka de contrabando a las mamparas, lo vaciaba de su envase original a uno de agua natural y tenía el camuflaje perfecto, excepto que los efectos no se podían disimular demasiado. Como es de suponerse, no era el único que gustaba de los efectos del alcohol, y muchos de mis colegas me pedían sorbos discretamente, Jacobo, aunque no bebía, nos lo toleraba. No sé si tuve la suerte de caerle bien o si sólo era débil de carácter.

El jefe de proyecto, por otro lado, era un mamón resuelto, un tipo nefasto que no se dignaba responder cuando se le saludaba al pasar, y si no se le saludaba, cuidado, regañina segura como en la escuela por falta de educación. Lo bueno era que no tenía ojos más que para sí mismo y rara vez notaba lo que pasaba a su alrededor. Pero un día me notó a mí, y lo peor fue que no bajo una lupa negativa, sino en función de mi excelente calidad, y me llevó a su pequeño cubículo, 4 frágiles paneles donde se resguardaba de la realidad, el único espacio donde sentía que era alguien. Ni siquiera en su casa, con su mujer y sus hijos fastidiándolo, porque seguramente estaba casado, aunque no usaba argolla, que fue algo que advertí al sentarme frente a él en su micro escritorio, era capaz de experimentar la seguridad que le brindaba esa oficina improvisada dentro de las instalaciones de Contact Line. Parecía un tipo muy ocupado, movía el ratón de aquí para allá y no quitaba la vista de la pantalla, de repente, mientras metía un disco al CPU, me dijo Te voy a ascender a supervisor de calidad, lo cual implicaba un aumento del 8 por ciento del salario y el horario, y, hasta de las demoras, ya que los agentes de citas -pueblo al que dejé de pertenecer en ese momento- eran los primeros a los que se les pagaban los meses retroactivos. No obstante mi descontento, debía aceptar o largarme.

Se acumularon más meses en las pupilas de mi niña, y, un día recibí un correo electrónico de mi madre diciéndome que había encontrado ciertas anomalías en mis últimas boletas y, aprovechando sus vacaciones, vendría a la capital a saludarme y a pedirme aclaraciones, ya que yo no iba a verla. Llegaría el próximo domingo a las 10 de la mañana a la central de autobuses, me pedía puntualidad porque, por si no lo recordaba, le desagradaba que la hicieran esperar.

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