Febrero 14

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José Alberto (quien por una asombrosa coincidencia resultó llamarse igual que el narrador de esta pobre historia) era un sucio aspirante a escritor desaliñado y hostil que el octavo domingo de un cálido invierno amaneció sintiéndose enamorado, no sabía de quién, no sabía de qué, pero una fuerte ráfaga de amor, de buenas a primeras, le cambió el semblante. Su novia fue la primera en advertir y agradecer a la vida por el radical cambio operado en José Alberto, ella lo atribuía a todo el amor y las atenciones que le otorgaba y creía que por fin había empezado a ganar su corazón.

Pudiera ser que su corazón lo ganase algún día, o algún otro órgano en una rifa familiar cuando él dejara de funcionar, pero sus pensamientos, sus sentimientos, sus anhelos, nunca y, ni siquiera sus sufrimientos, le pertenecerían a ella. Y eso lo tenía muy claro, y se odiaba por saberlo y aceptarlo. José Alberto, ciertamente, no estaba enamorado, sólo disfrutaba de la comodidad de esa relación sin grandes exigencias, o, para que mejor sea dicho: sin ellas.

Se acercaba el famoso día del amor y la amistad la mañana que José Alberto fue flechado por Eros, y, para variar, esta vez se sentía parte del festejo, así que compró una caja de chocolates envinados de los más caros que consiguió y un cd de Berlioz como obsequio para su amor si aparecía, pues, si bien no sabía de quién podía tratarse, supuso que tendrían gustos parecidos. No tenía ni la más mínima idea de qué hacer para apresurar las cosas y dar con el amor lo antes posible, hasta que concluyó que un buen comienzo sería registrarse en cuantas redes sociales hallara en internet. No era necesario cuidarse de su novia ya que ella apenas si sabía encender una PC. De un solo sentón se hizo de diez cuentas distintas en menos de una hora. Era tanta su desesperación que, incluso, se registró en una página dedicada a emparejar gente cristiana (él tan ateo, o, más bien: tan molesto con dios).

Llegó el 14 de febrero, ya para esa fecha había contactado varias precandidatas en línea, pero con ninguna veía avances significativos, irónicamente, no sentía conexiones auténticas. Muchas de ellas se limitaban a ignorar sus comentarios, otras le contestaban con monosílabos, otras pocas, por el contrario, eran muy parlanchinas pero su único interés era pasar el rato, precisamente, charlando, a esas él era quien las ignoraba apenas se daba cuenta de sus intenciones. En resumen, sus amigas de Internet no eran nada serio y, además,  decían ya tener planes para ese día, y, las que no, a ellas simplemente no les apetecía salir con un desconocido en fecha tan comprometedora, vamos, ni siquiera en día regular -aunque lo decían de otro modo llamado sutil-. Así que se puso una gorra y salió solo a dar un paseo. En las calles se percibía un olorcillo exótico que le despertó el antojo de inmediato mientras caminaba como un sonámbulo o como un junkie desesperado que necesitaba inyectarle un poco de calor a sus venas negras. Las tiendas estaban tapizadas de corazones inflados a reventar y peluches aterciopelados con mensajes tan grotescos como “Toma mi corazón”, o, “Soy tuyo”. Repentinamente, José Alberto cayó en la cuente de que seguía solo y, después de mucho pensarlo, no le quedó más alternativa que llamar a su novia para compartirle los chocolates, escuchar el disco y tomarse una botella de tequila que había comprado para la ocasión. Ella, aunque le desagradaban el tequila, Héctor Berlioz y los chocolates finos, se mostraba visiblemente feliz por las sorpresas que José Alberto le dio a última hora -ya que previamente le había advertido que no podría pasar el 14 de febrero con ella por causas familiares-, y en lugar de ocultar su alegría como la gente sensata, lo colmó de besos y abrazos y lo trató a cuerpo de rey. No obstante los esfuerzos de su pareja, al final de la velada él no pudo evitar sentirse un poco estafado, pues había aprendido de las películas de romance y de Charles Dickens que los milagros ocurrían no un 5 de julio, no un 14 de marzo, no un día común, sino en fechas que el calendario señalaba como especiales. Sin embargo, aquél 14 de febrero el amor no tocó a su puerta, no tropezó con él en la esquina, tampoco le llamó por teléfono, ni publicó en su muro de facebook. Aquella noche la pasaron metidos en un hotel casi barato del centro, se emborracharon un poco, lo hicieron varias veces por distintos motivos, él, para descargar la ira y frustración que tenía acumuladas, y ella, porque estaba enamorada.

Luego de dos meses llegó una magnífica noticia: José Alberto y su novia iban a ser padres, ella se lo anunció por teléfono porque él se había rehusado a verla ya seis veces durante las semanas subsiguientes al evento, Imagínate cuando le contemos que fue concebido un 14 de febrero, qué romántico. La sensación que experimentó él en ese momento no la olvidaría nunca, era como haber sido castrado con un cuchillo sin filo. Y, a pesar de haberse venido abajo su mundo entero, a simple vista no parecía afectado ni siquiera un poco.

Días después de la feliz noticia, José Alberto escribió un mal cuento basado en este periodo de su vida, lo escribió en tercera persona y le dio un título que no le va, y, antes de terminarlo, se dio cuenta de lo malo que era como escritor y prometió dejar de engañarse a partir de …digamos, mañana. Luego, simplemente, apagó el ordenador y se fue a dormir.

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