Cultura

Entre dos aguas. Plinio Apuleyo Mendoza. Ediciones B.

“Y tiempo después, mientras él andaba en aquel Saint-Germain-des-Prés existencialista de los años cincuenta, sumergido en el hervor de las cavas y de sus delirios de jazz o escuchando cantar a Juliette Gréco en las penumbras de la Rose Rouge, su padre estaba empeñado en sembrar ciruelos valiéndose de una técnica japonesa que había aprendido. Nunca se entendieron. Nunca”.
Página 57.
“Nunca he podido olvidar, como tampoco debió de olvidarlo él, la manera como al final del camino aparecía el pueblo en la primera claridad del amanecer, los altos aucaliptos que se levantan a la entrada, la torre de la iglesia surgiendo entre celajes brumosos y las luces del alambrado público todavía encendidas en las calles”.
Página 63.
“Aquí todos van a verlos como algo humillante -comentaba con una lumbre de humor en los ojos-. Incluso tu tío Eladio. Es una sociedad donde cualquiera se deja morir de hambre con tal de cuidar las apariencias. Los gringos, en cambio, saben ganarse la vida sin vergüenzas de ese género”.
Páginas 89-90.
“un poema que encontró en un periódico de provincias y que desde entonces guarda en alguna carpeta: “No ha muerto. Ha iniciado / un viaje atardecido. / De azul en azul en azul claro /-de cielo en cielo- ha ido por la senda del sueño / con su arcángel de lino…””.
Página 268.
“Les contaba lo que había leído de Laos, Camboya o Vietnam, de cómo esa lucha comunista era el fin y al cabo una especie de tsunami que había recorrido el mundo entero dejando a su paso un reguero de muertos sin que se viera una real transformación social. Los comunistas del pueblo lo oían con atención. Eran cosas que nunca les habían dicho”.
Página 293.
Es muy difícil encontrar un buen libro donde se mezclen la historia reciente, cierto estilo periodístico, amor por la poesía sin cargar las páginas de versos, y un testimonio -a través de la ficción- tan comprometido como el de Entre dos aguas, pero Plinio Apuleyo Mendoza nos entrega una novela donde se da cita todo eso y mucho más porque el suyo no es un buen libro, es un libro magnífico.
La honestidad del bardo que no se siente aristocracia ni burguesía ricas; pero se aleja igualmente, siguiendo los latidos de su corazón, de la dura vida del agricultor o el militar; el “inadaptado” que tiene que bregar con la sociedad porque es la base de su sustento como periodista, se refleja de forma magistral en este libro. Las verdades por delante: las políticas y las propias. Tanto se cuenta la mentira del comunismo y de la solución guerrillera como la incapacidad para vivir de la poesía. Igual se nos confiesa el rechazo por la vida de fatigas y entregas por labrar la tierra o luchar contra la muerte y la perdición de quienes nos rodean, que la desilusión ideológica. El protagonista está entre dos aguas, como indica el título, pero lo más complicado es elegir otro camino entre esas dos aguas, otro arroyo minoritario y serpenteante en el que la subsistencia no es brillante ni sacrificada -en términos heroicos- pero sí auténtica porque responde a los propios dictados del corazón. ¿Quién sino el alma del poeta estará siempre a dos aguas entre el mundo material y el espiritual, el de la belleza etérea, el de las ideas y las metáforas?
Sin embargo a ese poeta los años y la vida le han mostrado al versificador la necesidad de enfrentarse con la vida, y su vida periodística le ha afilado la capacidad de análisis, deshaciéndose de las telarañas y velos mitificadores para encontrarse con las crudas verdades de la pobreza ya historia real. A este poeta no le compran ya con ideologías:
“Tales ideas, pensaba escuchando los fogosos argumentos de aquel cura Garrido, habría podido compartirlas también él cuando era muy joven y París vivía la fiebre del mayo del 68 francés. Pero mucha agua había corrido bajo los puentes desde entonces, y de todos los embrujos ideológicos, que acaban salpicados de sangre, él venía ya de regreso”.
Página 33.
Plinio Apuleyo nos cuenta esas falacias de las ideologías, esas dictaduras de los embaucadores con ejemplos bien reales, bien tangibles de nuestra historia “reciente” como humanidad que registra por escrito sus locuras y desvaríos (y ahora también los registra mediante imágenes, sonidos…):
“Los estrategas comunistas en la guerra del Vietnam consideraban que un inválido tiene más efecto intimidatorio sobre la población que un muerto. Los muertos con el correr del tiempo se olvidan, pero el tullido o el hombre sin piernas recuardan a todos, día tras día, el daño que pueden sufrir quienes no colaboran […]”.
Página 108.
“Estuve también en la caída de Batista y antes y poco después de la llegada triunfal de Fidel Castro en La Habana. Nunca pude olvidar a un alcalde fusilado… no recuerdo bien… en Santa Clara, creo. Antes de caer acribillado saludó con el sombrero al pelotón de fusilamiento, integrado por una docena de jóvenes guerrilleros y les gritó: “Ahí tienen su revolución, muchachos, no la pierdan”.
Página 224.
Si bien no por ello deja de recalcar claramente que tampoco su mundo es el del consumismo y el del poder económico, el de la aristocracia que se separa del mundo real a través de casas alejadas de la pobreza popular de la ciudad, y de sus reuniones en óperas y galerías de arte, entre copas de champán y combinados. Él tampoco pertenece a ese mundo aunque puedan atraerle los brillos de las mujeres que en él triunfan por su belleza y por su sagacidad, por su personalidad, aunque de la relación del protagonista con las mujeres hablaremos en particular a continuación. El caso es que el autor nos pone frente a la realidad del mundo sudamericano -e incluso otros-aunque sobre todo ante la realidad de la guerrilla y su relación con el narcotráfico y los agricultores, el pueblo llano. Una realidad violenta que no encuentra soluciones, sólo víctimas: víctimas de minas anti-personas o “quiebrapatas”; víctimas de reclutamientos forzosos; víctimas de familias separadas; víctimas de horror; y víctimas de injusticia. Él los denuncia y a quienes los justifican y ayudan con ideologías que han demostrado su falta de sustancia, de realidad. Y en este testimonio, esté el lector más o menos de acuerdo, encontrará honestidad y valor, mucho valor; coherencia y solidez.
Pero por acabar esta pequeña reseña con un tema más grato comentaremos brevemente, como anunciamos, la especial relación del protagonista con las mujeres. Hay en este libro una extraña personalidad masculina que entabla amistad con mujeres a las que ve muy arriba, inalcanzables, pero con quienes consigue tener una intimidad profunda, remarcable. Su respeto y veneración silenciosa son pagadas con relaciones libres con damas que nadie habría imaginado a su lado. Pero todo eso, con su oropel y su glamour, no apaga la gran historia de amor (triste, como todas parecen serlo) con Irene, la mujer excepcional, dulce, embebida en los libros y en su soledad, con quien vive en esplendor en Lisboa, también la ciudad triste… Todo un canto de cisne que es bellísimo -a la par que muy melancólico- leer y descubrir.
Y en definitiva, podemos decir que Entre dos aguas proporciona un gran placer al lector exigente, al amante de la actualidad, al político o ideólogo, al poeta e incluso al soñador que cree en hombres como el hermano del protagonista: hombres capaces de llevar la bondad con firmeza al mundo y, a través de ella, transformarlo, como un auténtico misionero de alma. Una novela difícil de olvidar.

Sobre el autor

Jordi Sierra Marquez

Jordi Sierra Marquez

Comunicador y periodista 2.0 - Experto en #MarketingDigital y #MarcaPersonal / Licenciado en periodismo por la UCM y con un master en comunicación multimedia.

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