Eau de toilette para ella

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Lo realmente difícil del asunto, igual que pasa con cualquier bebida alcohólica desconocida, fue superar la incertidumbre y atreverse a ingerir el primer trago. Al hacerlo descubrió que este nuevo coctel también raspaba y calentaba el pecho como el tequila -bebida que le disgustaba-, pero al menos le calmó las ansias locas de beber mejor de lo que lo hubiera hecho una cerveza en tarro frío, e, incluso, había que reconocer que imprimía elegancia y buen gusto a su poseedor el frasco, casi como si fuera un whisky de alta etiqueta.

Lemuel contempló la botella unos segundos y luego le dio otro trago, más osado que el anterior -un legrado en el esófago-, y, por último, abrió la regadera y se desnudó para aparentar que tomaba un baño. Al ver la mueca de asco que no pudo evitar formar frente al espejo, un pensamiento, o, si acaso ni eso, apenas un tímido comentario del subconsciente, hizo mella en su ánimo: Has descendido otro escalón. Se miró reflexivamente y luego contempló el frasco y después bebió la mitad de su contenido de golpe. Para su agradable asombro el líquido fluyó diáfano esta vez, se secó los labios con el antebrazo, bajó la tapa del excusado y se sentó, como relajándose en un sauna-bar, sin importarle mucho que todo su mundo en ese oloroso momento se hubiera reducido a 3 habitaciones, una cocinita, el baño donde estaba, la sala y el comedor. No podía salir a la calle, se hallaba en una especie de arresto domiciliario impuesto por su madre y saltar desde la ventana no es buena idea si se vive en un quinto piso. Su madre estaba en la sala viendo televisión y desde allí le gritó que la cena lo esperaba. Pero Lemuel había perdido el apetito y ni los chiles en nogada, su platillo preferido, despertaron su entusiasmo, él de lo único que tenía ganas era de volverse a emborrachar -motivo por el cual, por cierto, había sido arrestado hasta el lunes-, y por eso dio un último y hondo trago que acabó con el pomo de perfume que él mismo le había regalado a su mamá el día de su cumpleaños. Ahora sólo hay que rellenarla con agua, se dijo, e imaginó la cara que iba a poner su madre cuando descubriera que su finísimo Carlo Corinto no era más que vulgar agua simple. Pero Lemuel ni se inmutaba porque ya había pensado en ese detalle y sabía, según sus cálculos, que la próxima fecha probable para que su madre lo utilizara era navidad, así que tenía dos semanas para comprar al menos una buena imitación y sustituirlo a tiempo. Por lo pronto, y teniendo un plazo que al momento le pareció extenso, lo único que hizo fue cerrar la llave del agua, ponerse la toalla y escabullirse a la habitación de su hermana en busca de CK One.

Su aliento terminó con notas refrescantes de ámbar, naranja, pera, jazmín y melón, como la mujer dinámica y optimista que aparecía en los anuncios. Días después, su condena fue extendida y él trasladado a un centro de rehabilitación.

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