Sala de pasos perdidos

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La vida real está llena de historias similares a esta. Lo hemos visto en multitud de telefilms, incluso en los telediarios; y también convertidas en el argumento de novelas como “Azul cuervo” de Adriana Lisboa o “Cruzar la noche” de Alicia Barberis. Un hombre (o una mujer) descubre que es adoptado y a partir de ahí se decide a buscar a sus padres biológicos. Es un tema atrayente, humano y sensible que permite múltiples combinaciones en función del lugar, el tiempo histórico y las circunstancias personales de los protagonistas.

Si entonces es una historia conocida ¿dónde está el mérito?, ¿dónde la diferencia con otras semejantes? Pues, evidentemente, igual que sucede en cualquier creación artística que sea visual y narrativa, en la originalidad de la historia y en la manera de contarla. Y en eso, W.G. Sebald, marca la diferencia.

Porque ya no se trata sólo de las emociones que transmite. Emociones que en una historia de este tipo resultan básicas y fáciles por recurrir a un sentimentalismo apto para todos los públicos sino por exprimir al máximo, aprovechar todos los recursos que sólo la literatura tiene y además la originalidad de unir a la fuerza de las palabras una serie de fotografías en blanco y negro dentro del libro, intercaladas en el texto, que lo apoyan y subrayan. Idea en la que luego se inspiró Hilario J. Rodríguez en su maravilloso “Mapa mudo” y de alguna manera copio Manuel Vilas en “España” y “Aire nuestro”. De tal manera que W.G. Sebald se convirtió en un precursor moderno con su última novela. Y esas fotografías a la medida del texto nos hacen creer en la posibilidad de que la historia de “Austerlitz” es absolutamente real; y de que si no lo es resulta una ficción creada, imaginada, construida, desarrollada y escrita utilizando como base unas simples fotografías y un par de libros leídos por Sebald, lo que todavía le daría más valor.

Porque “Austerlitz” es una biografía, la reconstrucción, la transcripción de la vida de un hombre: Jacques Austerlizt, contada por él mismo a W.G. Sebald que se convierte en el confidente y narrador de su historia y al que conoce por un encuentro casual en una estación de ferrocarril, y que tras sucesivos encuentros casuales se decide un día a contarle que con catorce años supo que su verdadero nombre no era Dafydd Elias sino Jaques Austerlitz y que el hombre y la mujer con los que se había criado en Gales no eran sus verdaderos padres. El matrimonio Elias me había acogido en su casa al comienzo de la guerra, cuando todavía era un niño. Pero cuando él lo sabe su madre adoptiva había muerto y su padre adoptivo estaba internado en un psiquiátrico con lo que los únicos que podían contarle quién era y ya no podían hacerlo. Y eso era todo. Saber que tu verdadero nombre es otro, que eres otro, pero nada más. Y a partir de ahí tener que convivir con ese conocimiento y esa ignorancia. Y a partir de ahí comienza el camuflaje, refugiarse en los estudios para evitar pensar en el pasado, esquivar el recuerdo y sus dudas, fabricar una memoria sustitutiva en base a los conocimientos, el estudio erudito de la historia de la arquitectura y de la civilización, esforzarse de manera continuada y constante para no recordar y evitar lo que se refería a mi origen. No sabía nada de la guerra ni de la persecución. Para mi el mundo acababa al terminar el siglo XIX, más allá no me atrevía a ir. Había creado un sistema de cuarentena e inmunidad que me ponía a salvo de todo lo que estuviera en relación con mi historia anterior.

Hasta que un día y a pesar de esas inhibiciones hacia si mismo, de sus viajes y continua ocupación y movimiento, esa autocensura de pensamiento y recuerdo, acaba cayendo en un derrumbamiento nervioso al descubrir la inutilidad de toda esa vida y ese trabajo, que todo ese esfuerzo no era más que una manera de encubrir su aislamiento, ser y sentirse extranjero de si mismo, que durante toda mi vida sólo me había ido extinguiendo y apartando del mundo y de mí mismo.

Y de la forma absurda en la que a veces se resuelven las cosas, con la simple casualidad de escuchar una conversación en la radio de forma accidental le da la pista definitiva para viajar a Praga y conocer su origen, descubrir quién era y que había salido de ese ciudad a los cuatro años y medio en un tren que le llevo hasta un puerto de Holanda y de allí en barco hasta Inglaterra cuando los alemanes ocuparon la capital checa. Encontrar a un testigo que le conoció siendo aquel niño y que le hace recuperar el lugar y las palabras de su infancia, le devuelve su identidad perdida. Que le cuenta la historia de sus padres judíos. De su padre desaparecido sin rastro en París y de su madre detenida y llevada a un Gueto en su propio país del que salió en un tren rumbo al este para no volver jamás. Conocer, tomar conciencia del horror del holocausto. Que su madre le salvó pero no pudo salvarse ella.

Lo más característico de “Austerlitz” es la velocidad narrativa, ese tiempo lento de una observación minuciosa que atrapa de una forma extraña. La observación del paisaje y la naturaleza que es precisamente la cualidad más destacada del carácter de su protagonista. Minuciosidad que en algunos momentos se hace tediosa, excesivamente descriptiva y plomiza, pero que sin embargo mantiene ese extraño magnetismo, transmite ese zumbido constante y doloroso que siente Austerlitz y desemboca en su derrumbe mental.

Pero lo más difícil de conseguir es ese efecto retroactivo de la narración que hace W. G. Sebald. Porque aspectos que parecen triviales en la narración adquieren un tremendo valor simbólico. La casualidad se vuelve trascendente; un lugar como la sala de espera cerrada de una estación de tren a la que se llega por simple azar en el vagar insomne por Londres se hace determinante para devolver el recuerdo y comprender una obsesión. Se entiende el significado de los sueños, los paisajes y los objetos. La metáfora que encierra un pueblo sumergido, las puertas clausuradas y las ventanas tapiadas. El subconsciente y las intuiciones. La observación de la luz y las sombras, el tiempo detenido, las polillas extraviadas; todo lo que podemos llegar a saber por un libro.

Porque ya no es sólo la orfandad, la búsqueda de la verdad, la recuperación del pasado y la identidad individual, la pertenencia a un lugar y a una familia sino el destino común de una raza, de un pueblo, de una parte de la humanidad. Porque nos creíamos a salvo en nuestra ignorancia. A miles de kilómetros de esa humillación y exterminio del que apenas sabíamos nada y que sucedió en otro país y en otra época. Holocausto, genocidio,  matanza que es uno de los ejemplos más terribles, dolorosos e inconcebibles de la barbarie y la enajenación humana.

“Austerlitz” W.G. Sebald. Traducción de Miguel Saénz. 296 páginas. Quinta edición en “Colección Compactos”, octubre 2010. Editorial Anagrama. Barcelona.

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