A su imagen y semejanza, de Helena Modzelewski

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A su imagen y semejanza, de Helena Modzelewski«Escuchándolo, supe que si bien nunca lo obsesionó, René era consciente de que siempre lo ha acompañado la soledad. Y cuando decía soledad, no quería decir la ausencia de personas con quienes estar, sino la experiencia de vivir dentro de sí mismo sintiéndose bien y, sin embargo, ver que el mundo exterior no le encaja, no obedece a sus pautas ni lo reconoce. Que la expresión de sus sueños íntimos fuera motivo de miradas socarronas o escandalizadas, eso era para René la soledad».
Página 66.
«Ese día durante el culto, apenas escuchó lo que se decía. Por su mente daban vueltas las palabras que le diría más tarde al pastor. «Soy homosexual. No, no, eso no reflejaba la verdadera situación. Un homosexual es un hombre que tiene relaciones con hombres. Él era virgen. «Me siento atraído por los hombres». ¿Lo entendería? No quería que interpretara una especie de vocación a la filantropía. «No quería que interpretara una especie de vocación a la filantropía. «No me gustan las mujeres», pero ¿era verdad eso? Si las mujeres eran tan lindas, criaturas perfectas estéticamente hablando, los senos, las caderas, cada cosa colocada donde Dios pensó que sería más útil…».
Páginas 119-120.
No se puede decir que la obra sea precisamente una novedad editorial, pero sí que tiene actualidad, que puede leerse a día de hoy y el mensaje principal sigue teniendo todo su valor. El mensaje final, lanzado a través de historias particulares basadas en hechos finales no es otro que el de la tolerancia hacia otras formas de sentir, de desear y de «vestir el cuerpo», si puede decirse así. El travestismo uruguayo se manifiesta con la fuerza de la cotidianeidad en cada una de las páginas del libro, donde el hilo conductor resulta ser un personaje homosexual que tarda mucho en aceptar sin culpabilidades su deseo, y actuar conforme al mismo. Cada travesti nos cuenta su vida, unas más caseras, otras más cosmopolitas; unas fracasadas en su intento de desempeñar trabajos socialmente aceptados, lejos de las calles y la prostitución, otras habiendo desarrollado una vida de matrimonio de lo más convencional sin haber firmado papel alguno. Aunque tratadas con excesiva dulzura (no hay ejemplos de personas de malas intenciones), lo cual resta cierta verosimilitud a la novela, se comprende que el ánimo de la autora era precisamente desligar a las personas de los prejuicios y los sambenitos que llevan colgados, lo cual habría sido difícil de conseguir si hubiesen abundado las historias truculentas, descarnadas o de maldad sin justificación.
Pero resulta difícil creer que en situaciones de vida tan difícil y a veces casi miserable, no surjan violencias, robos, e incluso enfrentamientos, no ya de terceros que no asumen o aceptan a estos seres humanos en su forma de ser sino entre ellas. Cabría indicarles a algunos directores de cine homosexual que por este camino sería mucho más fácil que la sociedad aprendiera a apreciar ejemplos positivos de lesbianas, gays, transexuales, o, ajenos al mundo del deseo, a otros grupos minoritarios.
El libro destila buenismo, lo cual se agradece en un mundo cada día más tecnificado, violento y desconfiado como el nuestro, donde los occidentales que hemos conseguido el Estado del Bienestar estamos dispuestos a defenderlo a base de cuchilladas «simbólicas» y quién sabe también si de las otras, temiendo que el de al lado quiera quitarnos lo nuestro. Para los protagonistas (las y los) de A su imagen y semejanza el Estado del Bienestar no ha llegado todavía porque aún están luchando para conquistar su propia vida, el derecho a comportarse conforme sienten, sin miedo a las represalias, miradas, gritos soeces u obstáculos -prácticamente insalvables- a entrar en el mundo laboral.
La estructura de la novela es sencilla, pero no simple, y cada capítulo -que a veces coincide con la experiencia vital de alguna de las protagonistas, pero no siempre- va precedido de una historia de falta de auto-aceptación que no sabremos a quién corresponde hasta el final.
La religión y los gays es otro punto que aparece en este libro, de forma muy concreta. En Sudamérica, se entiende, no hay la tendencia marcada de ateísmo y agnosticismo que se ha popularizado en la Europa occidental, y de ahí que la relación con Dios y con la Iglesia siga ocupando un papel importante en la vida de muchas personas. Los homosexuales, entonces, parecen compatibilizar su fe y su orientación sexual con mayor naturalidad que los del otro lado del océano. Y aunque ello exija un proceso de aceptación y también de diferenciación entre la Iglesia como organización de poder y el mensaje de Cristo y su importancia en el desarrollo personal y espiritual.
En resumen el libro resulta un conjunto de historias hiladas con acertado criterio, en favor de la aceptación de seres humanos cuya vida respeta la de los demás y por tanto debe ser respetada. La confrontación entre heterosexuales/otras orientaciones no es sino un invento que no hace sino dificultar una convivencia totalmente posible, naturalmente realizable. Los seres humanos sufren, sienten y disfrutan, no importa cómo lo hagan siempre que, en su forma, no lastimen a otros. El travestismo no es ninguna tara, ningún obstáculo para el desarrollo intelectual o cognoscitivo de las personas. Sólo es una realidad más en el variado mosaico que conforma la sociedad, todas las sociedades.
Muy recomendable, grato de leer y humano. Un acierto.

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