Entrevista a Matías Candeira: entre la ficción y la vanguardia.

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Fotografía por José Matías Candeira
Fotografía por José Matías Candeira

Hace unas semanas comentábamos los cuentos contenidos en Antes de las jirafas, una colección en la que se dan cita el mundo del cómic, la ciencia ficción, el misterio, y la importancia de las relaciones paterno filiales en contextos originales que al final hablaban de la realidad diaria aunque vista a través de un prisma a veces divertido, a veces sencillamente extraño. El autor, Matías Candeira, ha recibido ya un número abultado de premios por su quehacer literario, y parece demostrar que su imaginación no tiene límite o sus límites no se conocen. Nos adentramos en su mundo de seres con cerrojos en sus cuerpos y brazos metálicos con personalidad propia:

– El Librepensador: Empecemos por serte antipáticos, ¿no crees que tus cuentos pecan de originales-raros para acabar hablando de los problemas el hombre de la calle: el amor, la amargura, la desesperanza, las relaciones entre los miembros de las familias, el miedo…?
– Matías Candeira: no me es antipático el análisis, más bien al contrario. Me parece una síntesis bastante aproximada de la propuesta del libro. La combinación de una literatura sobre lo otro con una cierta perspectiva (deformada) de lo humanista, lo oscuro y, por ser redundante, ciertos asuntos que resultan antipáticos al estómago y al corazón.
– El: ¿Qué se siente cuando un Nobel de Literatura como Mario Vargas Llosa se toma el tiempo de leerte y la molestia de hablar bien de ti y de tu obra?
– MC: Como en muchos de mis textos, los sueños acaban por filtrarse en mi vida personal. Fue una experiencia estupenda.
– El: Me ha llamado la atención que las relaciones entre padres e hijos son una de las constantes del libro: desde aquellos hijos que apenas reconocen a sus padres porque no encuentran tiempo para ellos (sobre todo padres en masculino) y a los que no les importaría que fueran más feos e incluso algo monstruosos si les hicieran más caso… hasta los padres que lloran la pérdida de los hijos y se ven envueltos por la mayor de las negruras brillantes en su ausencia. Sin embargo en uno de esos cuentos dices que tus relaciones con tus progenitores son excelentes: ¿de dónde has bebido para poder destilar este dolor cotidiano, este problema de nuestra sociedad? A veces resultas excepcionalmente personal y realista.
– MC: No estoy seguro de las fuentes. Soy completamente sincero en esto.  Sí puedo decir, y espero no sonar nada cristiano, que mi familia tiene un peso capital en mi vida. Es quizás por eso por lo que, inconscientemente, mi investigación personal y literaria tiene que ver con los lazos, la identidad, el magma profundamente oscuro que sale de este “pilar de la sociedad”, por ser un poco repipi. Había algo de este asunto en Antes de las jirafas, pero quiero seguir cuestionando este asunto en alguno de mis próximos proyectos. Derribarlo para mí y, si es posible, también para el lector.
– El: La metáfora, o la alegoría mantenida a lo largo de todo un texto son elementos importantes de tu prosa. Las cerraduras que empiezan a aparecer en los cuerpos cuando se toma conciencia/mayoría de edad; los escarabajos que son como la amargura con piernas ahogándolo todo… ¿Cuál es la función de estas figuras literarias para ti?
– MC: Supongo que dar cuerpo a lo extraño, lo que toma forma en el relato para conectar lo visible como lo que debe mantener cierta ambigüedad en el sentido. Me gusta la metáfora, lo físico, lo que tiene hueso y piel en una historia. Estoy seguro de que se podría rastrear una cierta poética visual de los objetos en muchos de mis relatos. Una llave, una escama, un agujero, un cuerno, una capa de superhéroe. Se podría decir que me voy acercando a objetos cada vez más oscuros y permeables en mis nuevos proyectos: el cuerpo, los órganos, las pesadillas, la mesa de autopsias, los sueños, las máscaras de gas.
– El: En mi artículo sobre tu obra comentaba ciertas características compartidas con otros “cuentistas” contemporáneos de la literatura española: Patricia Esteban Arlés y, aunque en menor medida, también Fernando Iwasaki. ¿Crees que existe un cuerpo de generación o sólo casualidades en el contexto de estilos muy diferentes?
– MC: Una generación suele ser algo que, una mañana, después de tomar café, se inventa un periodista. En un mundo convulso y profundamente desagradable al que nos vamos acercando cada vez más, resulta lógico que haya autores que buceen en las mismas piscinas de sentido y transiten lugares parecidos desde los que escribir. Y es conveniente, al menos para mí, acabar empapado, con la ropa embarrada, cuando uno toca esos temas.
– El: El relato corto sigue siendo una especie de “hermano menor” de la novela en términos comerciales. ¿Por qué crees que el público en general tiende a la obra de larga extensión en lugar de a la inmediatez y la sorpresa del cuento?
– MC: Este es un tema por el que dejé de preocuparme hace tiempo. Toda la literatura va a cambiar de aquí a unos pocos años (no me atrevo a decir en qué dirección), y el cuento o la novela o el texto literario, entendido como una representación alternativa (o crítica) de lo real, también debe hacerlo. Yo aspiro a 2000 lectores potenciales, y probablemente, si hubiera publicado siete novelas, esos números no se diferenciarían demasiado. El mercado y sus cifras se mueven por camarotes de barco cada vez más pequeños. Como decía William Goldman, y es perfectamente aplicable al esquivo público lector, “Nadie sabe nada”.
– El: Hay un cuento muy inquietante de un ser que “caza” a aquellos que comen de un árbol frutal de sus “dominios”. El ambiente que se respira es asfixiante, temible… pero las comparaciones bíblicas por el árbol frutal de funestas consecuencias son inevitables. ¿Pensaste en el Génesis cuando lo escribiste?
– MC: Debí de pensarlo, aunque de forma inconsciente. El libro de relatos en el que trabajo ahora tiene una relación tangencial con algunos conceptos de los textos bíblicos, especialmente aquellos que tienen que ver con el tabú, el pecado, la familia, la violencia y las herencias (malditas). Y eso que yo soy perfectamente ateo.
– El: En ese mismo cuento alguien vuelve a poner en duda la paternidad de su supuesto padre, ese ser que “caza” y “devora” a seres humanos. En el contexto parece entenderse que estamos ante un ente no humano, un elemento fantástico… pero visto en el conjunto de tus cuentos, cabe preguntarse hasta qué punto quieres hablar de que los hijos no se identifican con ciertas actitudes agresivas (y casi caníbales) de sus padres. De hecho se dice que las nuevas generaciones tienen principios mucho más ecológicos que las anteriores… ¿Hay algo de esto en tu relato?
– MC: Lo que hay en ese texto es un grado suficiente de ambiguedad como para generar lecturas distintas. Yo percibo una reflexión sobre la herencia y la carga genética del carácter, y un final en apariencia esperanzador, que en realidad arrastra consigo un sentido bastante amargo. Ese precio, difícilmente mensurable, que se paga por ser libre.
– El: Como lector, ¿qué es lo que no soportas en un cuento?
– MC: Creo que, sobre todo, la inocencia, entendida como corpus de ideologías prestadas (o convenientes), alegorías que se subrayan demasiado o reivindicaciones morales del tipo “es malo maltratar a tu mujer o a tu hijo, mira cómo ha acabado este”.

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