Recorte de un hombre cualquiera

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Recorte de un hombre cualquiera

Mirando al cielo, desde la hierba en donde descansa, ve –por un momento y en un trozo de espacio- algo que está entre sombras alargadas y retorcidas, algo enmarañado y marrón, algo que le atrae irremediablemente por su manera de ser, algo que parece vivir al través de alguna otra cosa. Fuerza la mirada tratando de ser prudente, escudriña con sigilo. La vehemencia, poderosa y escurridiza, le arrastra accionándolo a un laberinto de ramas blandas y delgadas, nudosas, que forman un claroscuro gigante, pequeñísimos huecos vaporosos y blanquecinos extrañamente perfectos en su disposición. Incisivo, busca, busca, esquiva la enramada, se adentra en la interioridad, parpadea… Y ve lo que es: gris, insonoro, único, el entorno rugoso de una figura anciana y cabizbaja balanceándose con fatigas entre las motas del viento, caminante sin alto, arenilla desplazada, apareciendo, desapareciendo…

Muda el rostro y se hace mimo miedoso del espejo reflexivo y azul supuesto. Se retira, despacio, caparazón de cristal fragilísimo, rozándose en el suelo, quiere salir del círculo visual. Quiere mezclarse con los otros: niños, padres, señoras, la pelota roja y negra, el ruido de la circulación de las máquinas, moscas, el juego desnudo de los perros, algún jubiloso grito, una conversación ordenada y satisfecha, una sola hoja de árbol. Relaja los músculos con la intención de aferrarse a las vidas de quienes pasan o pasean. Se mueve. Recoge el libro de Kerouac. Mira, mira, mira… Se rasca los pantalones. Advierte los zapatos. Tiene heridas en los dedos de los pies. Se calza. Sacude las ropas, levantándose… Y parte, olvidado, triste y cruel. Y es que ha sufrido el temor de que alguien hubiera fijado los ojos en esa descripción suspendida de su existencia: una página de remolinos imperecederos, grisáceos y fríos.

(Ilustración: del autor)

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