Tríptico para librepensadores (2)

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CUANDO EL INTELECTO NOS AISLA DEL INFINITO

No está mal como prevención el ser críticos con lo que vemos, y usar correctamente nuestros órganos sensoriales, que nos sirven como antenas, pero no debemos sobrevalorarlos, pues nuestros sentidos humanos son limitados si se comparan con los de un animal como un felino, o un caballo, por ejemplo, lo cual ya nos muestra un severo muro que nos impide acceder a la misma realidad física que esos animales, y por tanto nos impide conocer el mundo exterior con la riqueza de matices que ellos lo conocen. Una limitación. Las otras nacen de estados emocionales alterados, o prejuicios de diversa índole que distorsionan los datos de los sentidos o su interpretación racional, con lo que es imposible en todos estos casos proclamar verdades objetivas, imparciales o racionales. Sin embargo, esto se hace a cada segundo en casi todas partes y por casi todos nosotros.

No está mal tampoco como prevención ante tantos dislates de la razón el recurrir a la ciencia como preventivo y corrector de excentricidades enfermizas. Pero ¿qué ocurre si recurrimos a la Ciencia pensando que ahí sí que existe la fiabilidad objetiva? Pues algo semejante, a lo que nos sucede con la excesiva confianza en los sentidos, pues la ciencia cambia de tanto en tanto sus supuestas verdades incuestionables, lo que las convierte en provisionales. Además se ocupa siempre de investigar unos campos eludiendo cuidadosamente otros que pudieran comprometer sus conclusiones y por ello es especialista en hacerse unas preguntas eludiendo igual de cuidadosamente otras , no guiada en todo caso por la búsqueda de la verdad, sino de la utilidad, y la posible rentabilidad de sus averiguaciones, la fama personal de los investigadores, la búsqueda de privilegios, subvenciones etc. O sea: “Lo humano, demasiado humano” que decía Nietzsche. El científico romántico ha sido exterminado por la industrialización, la búsqueda de beneficios de las multinacionales a las que sirve, y las nuevas tecnologías.

“Bien- podríamos objetar- los científicos pueden fallar como personas, tener intereses particulares, etc. pero ¿acaso no disponen de máquinas y aparatos de precisión con los que poder observar la realidad y obtener conocimientos fiables?”

Y podríamos contestar con otra pregunta. ¿Y si a las anteriores limitaciones, las personales, se pudiese añadir todavía la de que los propios instrumentos científicos son igualmente limitados en su capacidad de penetrar el mundo material, y mucho más los mundos sutiles? Aquí sí nos hallaríamos ante un serio techo en la búsqueda de datos fiables. Porque resulta que no solo los instrumentos son imperfectos en sí mismos para acceder a según qué niveles profundos de lo que se pretende observar, sino que Heinsenberg, además, demostró científicamente lo siguiente: a una escala inferior al átomo, o sea, a niveles donde la materia deja de ser tangible, el observador y el instrumento con que este observa modifican aquello que se quiere observar. Este es el famoso Principio de Incertidumbre, o de Indeterminación, que viene a añadir nuevos límites a la capacidad de la ciencia para ver más allá de un cierto nivel de la realidad material. Sin embargo, muchos científicos famosos y respetados catedráticos aspiran a conocer el Universo, fijar sus límites, descubrir su origen, y hasta descartan un posible Creador basándose en esos instrumentos limitados llamados sentidos, intelecto y aparatos de observación. Y eso, a pesar de que muchos de esos investigadores están en contacto con energías cuya procedencia desconocen en última instancia, pero que no admiten pueda tener un origen espiritual, puesto que toda energía es en sí misma espiritual y debería ser una pregunta científica el preguntarse por su origen. Como no lo hacen, se conforman con el Azar, un Azar cósmico impresionante capaz de crear universos y criaturas con leyes precisas y ordenar todo eso por azar de tal modo que puedan resultar coherentes sus leyes. Podrían considerar la existencia de una inteligencia universal, sin embargo prefieren quedarse con la suya y recurrir a una casualidad cósmica para llenar los huecos de su ignorancia.

Y si ahora, volvemos a mirar hacia los intelectuales en general, vemos que al techo de la ciencia y de sus sentidos aún habría que añadir al menos el de su ideología, sus conocimientos, sus experiencias, y su ego. Con toda esa opacidad se limita grandemente la visión el intelectual materialista, así como se afecta su capacidad de ser objetivo y de erigirse en portavoz de la verdad, pues ni él mismo la conoce. Si acaso conoce su propia verdad si es capaz de penetrar en su subconsciente y averiguar qué esconde. Pero el subconsciente no suele interesar al intelectual porque no es “científicamente correcto”, ya que escapa a la razón, al método científico y a cualquier aparato de medida. Y no acaban ahí para él sus enigmáticos contenidos, donde destacan sus represiones, sus miedos, y sus rostros más impresentables, o sea: las facetas de “lo humano, demasiado humano” que se quieren esconder a los demás y a uno mismo con disgusto por tener ese baúl secreto repleto de miedos y diversos temas socialmente impresentables. Como es natural esto produce desosiego al racionalista, y huye de sí mismo en busca de refugios seguros que ni los conocimientos, la razón o la ciencia le proporcionarán. Con ese equipaje de huida hacia delante se puede llegar a ser un erudito, a conocer. Pero conocer no es saber. Conocimiento no es sabiduría, porque la sabiduría es ver las cosas tal como son – no como creemos que son – y además llevarlas a la práctica para aprender de ellas. El intelectual no pone su vida al servicio de sus ideas, sino sus ideas al servicio de su vida. Y algunas son hasta rentables, proporcionan dinero, fama y otras gangas de este mundo.

El puente existente entre los llamados científicos y los intelectuales está construido, pues, con demasiadas limitaciones como para ser tomado en serio lo que dicen más allá de lo que pueden abarcar con tan pobres medios. Especialmente cuando hablan de asuntos del alma o de asuntos de Dios, temas contra los que se suelen posicionar porque no se pueden demostrar en sus laboratorios o mediante las leyes de la lógica cartesiana. En consecuencia, sus opiniones sobre todo lo que está fuera de su alcance no son más que eso, opiniones, especulaciones, juegos intelectuales al fin, que no serían de mayor importancia si no fuesen convertidos en oráculos y fuentes de negocios y manipulaciones de diversas categorías (como la cultural, la ideológica o la religiosa) por el sistema materialista de los mercachifles al que todos ellos sirven y del que se sirven. A través de su industria cultural, de sus medios de comunicación, escuelas, iglesias y universidades, el Sistema presenta a sus intelectuales (creyentes o ateos, con sotana o sin ella) como cimas de la verdad, y les premia y ensalza, les construye monumentos y da nombre a plazas públicas. En una palabra: le interesan. Y los endiosa para que sirvan de ejemplo. Pero son dioses con pies de barro en el más amplio sentido.

¿Para qué sirven entonces?, cabría preguntarse. Como guías, no, desde luego. Y menos como profetas. Sin embargo pretenden ser lo primero y desprecian a los verdaderos guías y a los verdaderos profetas porque según ellos no están bien informados, son subjetivos, o sus fuentes no son fiables. Observen cómo proyectan sus propias miserias.

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