¡Otra democracia!

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Cada vez que el país estrena gobierno, los medios de comunicación con  la tv a la cabeza  nos dan pelos y señales de sus señorías, como si no supiéramos ya lo suficiente sobre ellos para saber de antemano que lo único que podemos esperar con toda probabilidad es que todo vaya a peor, y no porque desconfiemos de sus señorías como gestores de la cosa pública- que también- sino sobre todo porque lo que falla es el modelo de gestión de la cosa pública misma.

Los que criticamos el presente modelo lo hacemos tras constatar sobradamente – y hoy con más razón que ayer- que el voto no garantiza el buen funcionamiento de los pueblos. Ante lo que estamos presenciando en Grecia o en Italia, donde son colocados presidentes de gobierno directamente por el poder bancario o al ver ministros relacionados con grupos financieros causantes de esta crisis estamos obligados a constatar que nos hallamos ante una falsa democracia. Y esto es tan grave para quienes creemos en la libertad de los pueblos, que nos lleva  a preguntarnos si existe otro tipo de democracia que no hemos experimentado todavía. Se trata de analizar esto.

La actuación ante la crisis de los gobiernos supuestamente democráticos ayudando con dinero público a los bancos que la provocaron  , privatizando bienes nacionales y recortando derechos y libertades conseguidos con muchos muertos, cárceles, exilios, años de dolor y sacrificio de los pueblos ahora maltratados sin contemplaciones por quienes dicen cínicamente representarles  revela lo deficiente y peligroso que resulta el sistema  parlamentario con el diseño actual para el progreso económico y la libertad de las gentes, pues ¿de qué sirve  el derecho a votar a los políticos  si no  se garantiza a la vez el derecho de los votantes a corregir sus actuaciones? Usted vota hoy a un partido en cuyo programa incluye el NO a la guerra, o la salida de la OTAN, por ejemplo, y mañana, el gobierno ganador firma el decreto que envía soldados  a un país en guerra o nos amarra a la organización militar.

Usted vota a un candidato que dice estar a favor de las energías limpias y mañana le está firmando el permiso para poner en marcha una nuclear. Eso, sí: todo será ampliamente justificado, y la mayoría del pueblo que votó  llegará a pensar que era lo mejor, aunque en principio se mostrase en contra o desconfiara. En este caso intervienen los medios de comunicación para convencer. Los gobiernos tienen siempre la libertad de expresión asegurada y todos los medios para persuadir o reprimir, según convenga. ¿Y nosotros? Existe oficialmente  la libertad de expresión, pero también existe la mordaza real. Pruebe cualquiera a incluir artículos como este para ser leído en televisión o editado en cualquier medio mayoritario.Especialmente es imposible si el medio pertenece, como sucede  de hecho, a un fabricante de armas o a un lobby. Y este es el corazón de la cuestión: ¿quién debe determinar lo que es bueno para la nación y necesita saberse? ¿La clase política? Si afirmamos que sí, entonces tenemos partidos, votos, democracia representativa donde del pueblo solo interesa el voto convertido en un cheque en blanco para los políticos que determinarán lo que conviene o no al país. Pero si consideramos que  es el pueblo quien debe determinar lo que es bueno para la nación, que es lo normal y así debería ser, entonces tenemos otra clase de democracia, que es la de verdad, que no admite a corruptos controlados por banqueros y multinacionales y controla a sus delegados electos para que actúen a favor de los electores, Y esta es la democracia de la que estamos lejos y deberemos conquistar si la queremos, porque la carta a los Reyes no nos sirve ni en Navidad.

Lo que nos sirve de verdad es vivir de acuerdo con nuestra conciencia, seguir un camino espiritual que nos ayude a salir del laberinto del yo humano, del yo egocéntrico, pues en definitiva eso es lo que vino a decirnos Jesús el Cristo en Su Sermón de la Montaña a lo habitantes de este bajo mundo. Lo demás es pasajero: reyes, repúblicas, imperios. Lo que en definitiva nos vale es lo que hacemos con  nuestra vida, que es inmortal, el grado de amor con el que somos capaces de vivir y expresar con nuestras existencias. Y aunque no tengamos más que una ficción democrática, digamos la verdad, vivamos en la verdad y seamos felices, amigos.

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