La sociedad de la información y el declive de la cultura

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La entrevista a Juan Marsé en ABC ha sido, breve pero profunda. En poco va las claves que me van a ocupar en este artículo para exponer mis apreciaciones razonadas sobre el manejo de la información, algo que, ahora, cualquier empresario lo llamaría Cultural management. Y ese término esnob, en realidad, inventado no viene más que a darle una connotación empresarial o utilitarista a la gestión de los recursos culturales, es decir, desde el arte de todo tipo a las tendencias, modas de la sociedad e incluso la ciencia como divulgación. Ese es el precio que tenemos que pagar cuando la información es tan enorme y contiene de todo tipo de cosas que, uno, se ha de recortar y luego, se ha de poner “lo que interesa”. Si alguien dice que somos libres totalmente es falso, ni elegimos lo que queremos, básicamente estamos incapacitados para ello porque la mayoría de las cosas no las conocemos y su acceso tiene duras barreras, como es la presión y convención social de los grupos, dependiendo del ámbito en que se mueva uno.

El escritor Juan Marsé ha asignado a la televisión el máximo valor cultural en la actualidad, internet es un batiburrillo de “cosas cortas”, insustanciales la mayoría o inconexas, ya depende de la destreza del buscador de contenidos en la red, normalmente baja, ajustado a los cánones y medias de la educación española. La televisión reproduce lo que conviene a los programadores de televisión, indirectamente es a los patrocinadores de la televisión: se vende la marca, lo exclusivo como toda campaña de marketing en condiciones, la experiencia, una nueva y llamativa. Se hacen hueco en las mentes de casi todos los televidentes y con ellos se transmiten, ya no sólo a los niños (los más vulnerables), valores, formas de pensar y hasta contenidos en qué pensar. Se está dando todo de contenidos previamente seleccionados para ser emitidos.

Voy a pasar de los temas de la manipulación mediática porque no cuadran con la idea de esta breve exposición. Creo que sería un poco repetitivo continuar por los senderos de lo cómo nos inculcan modos de pensar que nosotros mismos racionalmente rechazamos pero, la cuestión, no los llegamos a reflexionar porque se ‘cuelan’… Esto es otra cuestión. La propiedad intelectual merece, sin más, mención cuando se habla de la cultura en pleno siglo XXI. La transmisión de la misma puede ser de miles de formas e internet se erige como el rey, sino no lo es, la televisión reza por sus últimos días y se dispone a abdicar cuando el asalto ya sea inevitable al modelo del siglo XX.

El declive de la cultura es un proceso omnisciente en la actualidad aunque previo a más explicación me veo obligado a definir que defino como prosperidad de la cultura y, por deducción, sabremos de qué trata su declive. Las definiciones sobre el progreso de la cultura han sido, normalmente ligadas a tu difusión y como la difusión por los medios modernos, de todo tipo, es amplísima caeríamos fácil en considerar este tema como indigno de comentar porque está correcto y encima, se supone, mejora con el tiempo junto con la difusión y la generalización de los medios digitales con bandera en países cuya conexión a internet está garantizada como un derecho inalienable. Pero no, no caigo en ello. La cultura es contenido social y de la realidad que se tiene o no se tiene. Cierto es que con la socialización, proceso considerado básico, consustancial a los humanos y en vigor durante toda la existencia consiste en ampliar esos contenidos respecto al medio y en ambiente pro-activo, al menos, ese es el idóneo. Las ideas, por otro lado -necesito una definición que aplicar- son los contenidos principales de los contenidos totales. Abstractas pero con esencia propia son entendimientos y frutos de relaciones de constructos del lenguaje para entender con perspectiva las cosas. Así, puede haber información sin ideas como es, por ejemplo, un hecho que te narran, una historieta que alagar más o menos al gusto pero no trasciende. A diferencia de la historieta, cuando se lee una crítica literaria por ejemplo, surgen ideas por las cuales se ha guiado el autor en su crítica y esas ideas son contenidos mucho más valiosos, a esas me refiero, a veces toman forma de criterios, consideración, valor o, simplemente, idea.

Lo habitual ya es leer pequeños textos con ideas, sí. Concentradas, difusas, con mucho sesgo. Dejamos la lectura de las grandes obras con más contenido porque tenemos películas cada dos por tres. En el cine se pueden comentar los mismos contenidos pero en la actualidad se ha perdido esencia con esa superproducción de series B o series C incluso. Pocos textos, algunos vídeos y todos cortos, rápidos de transmitir y no que hagan perder mucho el tiempo para subirlo a la red social de turno y compartirlo con los colegas. Está bien, tampoco es que no me gusta. Yo mismo ofrezco un contenido efímero, breve con alguna idea trascendente, eso sí pero con la cualidad de ser ameno, un apunte. Distinto es quedarse en el mero apunte escribo por mis manos y no irse a los orígenes de la idea en mi ¿de dónde ha provenido y por qué digo las cosas que digo? Es más profundo. Algunas veces baño mis textos en enlaces y otros no, debo decir que, o bien son temas en donde mi documentación no es competente o bien es por falta de tiempo para rebuscar y buscar pero siempre lo hay, no crea nada de la nada.

Entonces, he aquí la idea propiamente dicha de este texto, el management cultural que nombré al principio por darle un toque ultimate o… cool al tema. La cultura declina por su falta de profundidad porque el conocimiento se pierde en las masas populares dedicadas a una gestión utilitaria (inconsciente claro) de los contenidos, donde se obvia el componente de la curiosidad humana y el ansia del saber destacada de los hombres destacada desde los griegos. Se queda en un mecanismo social de interacción con los demás, se queda en saber algunas cosas para interactuar socialmente en el ámbito donde se pertenece, no por crecer más allá y buscarle las cosquillas a las cosas, a uno mismo en realidad. Buscar la autorrealización y por otro lado, contenido es perspectiva y se amplía en una relación de proporcionalidad directa. La felicidad es cumplir con todos las necesidades psicológicas del ser humano y la última también lo es pero es la menos desarrollada.

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