Ángel de Dios

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Eliel escucha el despertador, pero ya tenía los ojos abiertos, deja que suene unos minutos como para tener la ilusión de haber dormido, baja sus piernas y se incorpora sentándose al borde de la cama, vuelve a mirar el reloj, lo apaga.  Se viste, se afeita, se pone un poco de colonia, imitación de un perfume que le gusta pero que no puede comprar, revisa que la llave de gas esté cerrada y que su perro tenga agua, toma el portafolios y sale a la calle. El sol le irrita los ojos pero solo como un reflejo los entrecierra porque en realidad ya no le hace daño, siente que su cuerpo es solo un costal de huesos y órganos que funcionan por propia voluntad y que si no fuera por su piel se desparramaría allí mismo, ante el horror de sus vecinos.

Llega a la escuela, es maestro, esas son las horas más cercanas a lo que algunos llaman felicidad, pues allí puede ser alguien parecido a lo que alguna vez fue, mira las caritas de los niños esperando con ansias su clase de música, él los hace cantar y reir, les hace inventar canciones para luego ponerle las notas musicales y los niños se fascinan al escuchar las palabras que garabatiaron en un hoja y que ahora suena en las cuerdas de la guitarra del maestro.

Eliel carga con el estigma de los hombres y mujeres que siendo niños fueron maltratados, recuerda su infancia como si hubiesen pasado mil años, no llega a los treinta y siente el cansancio de un hombre de ochenta; pero recuerda que fue niño, antes de que le mancillaran el carácter, golpearan su espíritu, domesticaran su simpatía, recuerda esperar a los reyes magos y al niño Dios, recuerda reír con los amigos, recuerda que fue bueno, que se portaba bien, pero también recuerda que no servía de nada si papá estaba enojado y mamá lloraba de miedo. Recuerda el día en que el Dios mágico, al que le pedía los deseos, murió para dar lugar a un sin sentido, a una fe repetida de memoria, a una in creencia intolerable al alma, por eso piensa que ya no tiene alma.

Termina la clase y sale de nuevo a la calle y de regreso a casa en una esquina una joven ciega intenta cruzar, el ruido de los autos parece aturdirla, toca con la punta de su bastón el cordón de la vereda y retrocede, Elial se le acerca y le ofrece su ayuda tomándola del brazo, ella sonríe, cuando terminan de cruzar, ella gira hacia él como si pudiera verlo y le dice: “¿Cuál es tu nombre?” , él sorprendido, pues solo esperaba el acostumbrado “gracias” de dichas ocasiones, responde torpemente “Eliel“, la joven sonríe de nuevo pero con una sonrisa más amplia y fresca, sus ojos que no ven brillan, Eliel se pregunta para sí ¿por qué los ojos de una ciega brillan y los míos no?, confundido, sin saber que hacer porque la joven seguía allí parada frente a él, sonriéndose, le pregunta “¿Por qué sonríes?”. Ella le hace una reverencia y le contesta “Porque estoy ante el Ángel de Dios, eso significa Eliel”, la joven comenzó a caminar guiando su camino con el bastón y él quedó mirándola hasta que su figura diminuta desapareció entre la gente. Volvió cada día a aquella esquina con la esperanza de encontrarla de nuevo pero jamás volvió a verla, en ese tiempo Eliel no se dio cuenta de que había vuelto a esperar, como esperaba a los reyes magos y al niño Dios, cuando cayó en la cuenta de esto, volvió a sonreír pero no volvió a aquella esquina, ahora él podía ver.

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