Perder el burro

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“¡Mulá, tu burro ha desaparecido!, – le gritó Wali a su amigo Nasrudín. “¡Cuánto lo siento!”

“¡Quita p’allá!” – le respondió éste muy contento.

“Pero, ¿no te apena perder tu único burro, Mulá?”

“¡Qué burro eres tú, Wali, qué burro! ¿No te das cuenta de la suerte que he tenido al encontrarme en la casa de té y no estar encima del burro?”

“No, no lo veo”, respondió Wali.

“No lo veo, no lo veo. Siempre igual, Wali. ¿No comprendes la suerte que he tenido? Si estuviera montado en él ¡yo también habría desaparecido! ¡Vamos a celebrarlo, Wali!, Pero a la taberna de los francos cristianos. Ya está bien de té. Hoy es una gran ocasión. Hoy es el día, Wali. ¡Hoy es el día!”. El Maestro les contó la historia mientras Sergei y Ting Chang enseñaban al joven monje ladrón cómo se trenzaba un cesto. Hoy llovía y no podían ir de paseo.

– ¡Cielos! – exclamó el médico – ¡Qué finura de argumento! Para muchos, perder su infraestructura es perder su vida. O su razón de vivir, que es todavía peor. Se perdió el burro, pues se perdió. No hay más vueltas que darle. ¡Qué alivio!

por J. C. Gª Fajardo

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