Crítica de “Los descendientes”

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 Los seres humanos somos contradictorios y estamos conformados de tantos vértices antagónicos que nos obligan a pensar en fuerzas celestiales capaces de mantener todo ese conglomerado de sentimientos y de sensanciones unidos para dotar de esencia a nuestras vidas. Sin embargo, la realidad no hace sino demostrarnos que la única fuerza capaz de soportar los golpes de la vida es la voluntad, la voluntad humana, esa que nos lleva a seguir hacia adelante a pesar de que todo nos condena a quedarnos donde estamos.

Una contradicción que rara vez comprendemos en su plenitud y que pocos son capaces de recrear en toda su magnitud en el cine ya que la inmensa mayoría cae en el estereotipo sin arquetipar obsesionados con reflejar con fidelidad algo que no admite lealtad, sino sólo contradicción. Alexander Payne sí que lo consigue y lo hace desde la sencillez, algo reservado sólo a los grandes autores.

Porque Payne es un autor sin parecerlo, un artesano del cine capaz de dotar de personalidad a todas sus películas sin caer en los histrionismos autorales de otros genios sobrevalorados por la crítica y repudiados por el gran público. Payne aúna todas las virtudes que gustan al gran público y atrae a los críticos por su capacidad para construir personajes complejos sin caer en el exceso ni en el cinismo sobrevenido.

Y en “Los descendientes” nos muestra un siguiente paso adelante en su más que atractiva carrera, con cintas que nos han llegado directamente al alma, pero que ahora quedan pequeñas ante ésta, su mejor película, la más mádura y la más redonda desde todos los puntos de vista, y que, además, cuenta con la presencia de un guapo venido a menos, o un actor venido a más, con el nombre de George Clooney.

Un Clooney que recrea su personaje con una maestría y con una profundidad asombrosa, hasta hacernos creer que él también puede ser un perdedor y luchar sin éxito para evitarlo. Con su mujer en coma descubre que le había sido infiel, y de su relación posterior con sus hijas se podría obtener un catálogo de buenas y malas maneras en la educación monoparental, con tensiones que crecen, con sentimientos que afloran y con reacciones tan diversas y contradictorias como la vida misma.

En definitiva, “Los descendientes” es, sin duda, una de las películas del año, una cinta de continente sencillo pero continente complejo, un drama revestido de comedia, o una comedia disfrazada de drama, todo con una cínica visión de la vida y una velada crítica social que hace justicia a la excelente novela de Kaui Hart Hemmings en la que está basada.

 

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