Goya

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Tiene Goya, al igual que Velázquez, su más cálida morada en ese inmenso cofre del tesoro que es el Museo del Prado. Allí lo acompañan joyas de El Bosco, Patinir, Tiziano, Rubens, Ribera… Una interminable nómina de artistas que hacen de nuestra pinacoteca un eslabón ineludible en la deslumbrante cadena de la historia del arte.

En sus paredes podemos admirar desde la gracia y el encanto de los tapices goyescos -alegres juegos de campo donde reverbera un cromatismo virtuoso- hasta el testamento pictórico de sus pinturas negras -viaje al subconsciente de un genio atormentado cuyas brujas y monstruos nos invitan a probar la pócima embriagadora de las mejores pesadillas-. Y entre medias, en la continuidad de un vigor artístico que abruma, nos concede la representación más realista de una familia Real, el enigma más desnudo de una mujer que sonríe, el autorretrato más noble de un hombre cansado… Toda una letanía de obras maestras de la que no podemos obviar ese inabarcable lienzo donde una España de camisa blanca y tez morena es masacrada por un oscuro conglomerado de bayonetas imperiales. Una obra de tal fuerza y verdad que inspiró a pintores como Gisbert, Manet o Picasso, e incluso al cineasta Eisenstein en aquella prodigiosa escena de la escalinata de Odesa.

Adelantó Goya cien años las vanguardias: el expresionismo, con su desencajado y terrible Saturno; la abstracción, con su misterioso perro semihundido; el surrealismo, con sus disparatados caprichos y  sus caprichosos disparates.  Lúcido visionario de un futuro que asusta. Genio creador de talento inagotable.

Hemos de estar siempre agradecidos al gobierno de la República por haber salvado las joyas del Prado de los terribles bombardeos que sufrió Madrid en el otoño del 36. Encomiable labor que contrasta con su inanidad ante la masiva destrucción del patrimonio artístico religioso pergeñada por las hordas de banderas rojinegras y de hoz y martillo.

Infame fue aquella guerra en la que los hijos de una misma patria se mataban a cañonazos. O quizá fuese a garrotazos, como en esa otra obra inmortal del artista de Fuendetodos. La que proclama un dramatismo inescrutable. Aquella que se enaltece como fiera metáfora de óleo y sombra. La misma que ostenta una vigencia que hoy se me antoja tristemente eterna.

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