La hoja de papel

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El vagón de Metro iba lleno y me puse en el centro agarrado a una barra. Entonces, una mujer de mediana edad se levantó y dijo: “Siéntese, por favor”. Me volví hacia los lados buscando a quién se dirigía, pero mirándome, insistió: “Sí, usted, siéntese aquí”. Le di las gracias mientras ella ocupaba mi lugar.

Ligoteo

Era la primera vez que alguien me cedía su asiento en un transporte. Me alegraba de que hubiera personas que cedían el paso o el asiento, a una mujer embarazada, a un discapacitado o a una persona mayor. Era algo que antes era tan normal que no llamaba la atención.

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Lo que me maravillaba era que fuera a mí. A la persona que se ve cada mañana en el espejo y que reconoce el paso del tiempo. Durante bastantes años, esa impresión duraba el tiempo de afeitarme.

Recordé que el año pasado caminaba por la orilla de la playa con dos de mis nietas, de cinco y seis años. Otros niños jugaban y nos dieron un balonazo. Les dije que debían tener cuidado pues había marea alta: “Pues no andes por aquí, viejo”. Viejo, viejo, viejo. Mis nietas me miraban y me acerqué a ellos, “Seguro que tenéis abuelos que ya son mayores, ¿qué os parecería si alguien les llamase viejo como si fuera un insulto? O a vuestra madre y a vuestro padre dentro de unos años. Nunca se es viejo aunque se pueda estar viejo, pero eso no es malo”. No dijeron nada, pero algunos se sentían incómodos, y cuando seguimos caminando oímos que lo abroncaban.

Ligoteo

Lo que sí hizo sonar las alarmas fue cuando, en mi despacho, se me cayó una hoja de papel y silbé para que volviera a la mesa. Claro, me tuve que levantar y recogerla. Pero se me hizo una luz, nunca antes hubiera hecho semejante tontería.

Lo cierto es que, junto a la satisfacción por la amabilidad de la mujer en el Metro, recordaba que, la noche de la playa, sentía mis ojos brillantes y húmedos, mientras me lavaba los dientes ante el espejo.

Ahora evoco a Serrat “… quizás llegar a viejo sería todo un progreso, un remate, un final con beso”. En lugar de arrinconarlos en la historia, convertidos en fantasmas con memoria. Si no estuviese tan oscuro a la vuelta de la esquina. O simplemente si todos entendiésemos que todos los viejos llevamos dentro al niño que pudimos haber sido.

por J. C. Gª Fajardo

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