Espiral de espejos, de Rosa Pastor

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Espiral de espejos. Rosa Pastor. El Nadir Ediciones. 2011.
“Durante un tiempo acompañó a su madre en la búsqueda de otoños, atravesando mares y colinas, sobrevolando nieves y desiertos, para encontrar en los huecos perdidos maties y tiempos amarillos, lluvias suaves, primeras nieves y amaneceres limpios. […] El otoño era un rito efímero, un pasaje al invierno, una preparación necesaria de la piel y los ojos, un tiempo difícil de apresar sin la maestría necesaria”.
La buscadora de otoños. Página 24.
“A pesar de este maltrato evidente, era un consuelo saber que no éramos una excepción: las demás niñas vestían también horrible, llenas de lazos y de colores melosos, con aquellas ropas con las que no se podía hacer prácticamente nada, hechas para la inmovilidad o el contoneo remilgado. No llevaba el pie vendado como una china, pero casi, los zapatos de charol de punta estrecha me machacaban los dedos y me hacían andar pisando huevos. El ejercicio más violento y provocativo que recuerdo era saltar a la cuerda. Los <<doubles>> imprimían una velocidad vertiginosa que levantaba faldas y bajaba, aún más, los calcetines. Eso me gustaba. En aquellos sublimes momentos de locura éramos cómplices de un ensayo de libertad corporal y desenfreno”.
Historia de una pierna. Páginas 35 y 36.
Ligoteo

Los cuentos de Rosa Pastor están protagonizados mayoritariamente por mujeres y soñadores. Por la crítica a la sociedad fría y tecnificada. Por el deseo de un “mundo mejor” de palabras, deseos y verdades. Sus personajes escapan, al mar, a un rincón de su imaginación, a otra ciudad, a otra profesión… buscando huir de realidades que no les gustan, realidades que no son sino el espejo del mundo en el que vive Occidente a día de hoy: trabajos administrativos, educaciones sexistas, limitaciones, productividades y eficiencias, estadísticas y números.

La autora, recientemente galardonada con el primer premio del concurso internacional de microrelatos Museo de la Palabra, convocado por la Fundación César Egido con el relato “La Sopa”, tiene clara preferencia por los personajes femeninos, incluso uno de sus protagonistas (lingüisticamente femenino pero neutro en sí), una pierna, sirve para hablar del constreñimiento de la mujer, de los corsés de una enseñanza y una educación sexistas y limitadores. Desde el primero de los relatos, Musgo húmedo, los hombres, o al menos los personajes masculinos tienden a salir mal parados, y son descritos como seres avariciosos, hipocondríacos… sencillamente insoportables al más mínimo corto plazo, por lo que la protagonista tiene que eliminarlos, aunque sea imaginariamente:

“Empezó a preocuparse seriamente cuando se dio cuenta de que <<todo>> se convertía en objeto de preocupación: era problema salir, quedarse, cruzar la calle, comer, andar. Sudar y tener fiebre constituía un cataclismo. […] La caja, que siempre llevaba a cuestas, era un particular almacén de potingues que administeraba como si se tratara de un alquimista con manguitos, presto a dispensar remedios a todos los males de la humanidad”.
Musgo húmedo. Página 14.
La sociedad que critica Pastor es tremendamente patriarcal, falocéntrica, machista y dominadora, dando escaso valor a la mujer salvo para prepararla para el matrimonio y el cumplimiento de sus deberes conyugales “propios de su sexo”:
“La escena cobró un movimiento inusitado, se llenó de ruidos de sonajeros, tic-tac de relojes y lloros inconsolables. Una mujer, sosteniendo en brazos a un bebé, se abrió paso gritando entusiasta: <<un niño, ha sido un niño>> […] Aprendí de golpe mi escasa importancia, Me sentí ignorada por todos y crecí rehuyendo el mundo, un mundo de adultos que sólo tenían ojos para él”.

La casa de los rincones. Páginas 55 y 56.
La protagonista de este relato solo recupera importancia en la familia cuando se hace evidente que se ha convertido en mujer, que el período la ha hecho fecunda y por lo tanto que hay que darla la atención que merece todo control y encauzamiento hacia comportamientos claros y tradicionales, el compromiso y la boda con un “partido rentable”, aunque sea al precio de “engañarla”. Su propia madre contribuye a la perpetuación de la esclavitud femenina.
En este sentido, como buena docente universitaria, y para más datos de Psicología, la autora parece continuamente subrayar la importancia de la educación impartida como fuente de control y de aniquilamiento de la personalidad de la mujer, centrando a partir de ahí su esfuerzo por indicar que la imaginación, el sueño y la libertad conforman el mundo alternativo a estas formas caducas e injustas de formación -o desformación.
La otra característica que podría decirse que aglutina sus historias es la denuncia de un mundo capitalista, dedicado al trabajo tecnológico, envuelto por la frialdad de la producción y los índices de mercado, hasta la aniquilación de la imaginación, el juego, las palabras, la comunicación y la capacidad de soñar. Todo ello provoca soledad, obesidad, ansiedad y todo tipo de males incluido el de Diógenes, que no tienen ninguna contrapartida en la visión de Pastor y provocan seres engañados, egoístasm fracasados en el culmen del éxito laboral  y profundamente vacíos que sólo se salvarán si son capaces de rescatar los otoños, las palabras: esto es, la creatividad y la comunicación:
“Mi tiempo pasaba entre un ir y venir desenfrenado de horarios y metro, al llegar a casa apenas tenía fuerzas para prepararme la cena. Engordé a base de bocadillos y chocolate que mitigaban el hambre y el desespero. El fin de semana, agotada, me dejaba caer en el sofá y dormitando me tragaba literalmente la bazofia que, sin misericordia, daba la tele”.
El agujero. Página 72.
(En este cuento, por poner un pero a los relatos de la autora no queda suficientemente explicado que se diga que el ingrato amante se trasladaba a otra ciudad con su mujer, abandonando a la protagonista (página 73) pero ésta se lo encuentre tiempo más tarde (página 75), lo que por cierto es la circunstancia causante de su desgracia, en línea con la mayoría de los textos y su crítica al varón. ¿Quiere decir la autora que el amante mentía y no se ha trasladado? ¿O quizá que la protagonista está obsesionada con él y lo encuentra en todas partes?).
“El aire enrarecido, cargado de bits, cae a plomo sobre niños que ya no juegan en los columpios y ancianos perdidos que buscan en vano refugio en las iglesias. Una multitud ansiosa, entra y sale frenéticamente de las tiendas cargada de lavadoras, ordenadores, teléfonos, jarrones, televisiones, planchas… Compran objetos de todo tipo y cuantos más acumulan más enmudecen, inmersos en una babel que ahoga palabras y gestos”.
El vendedor de palabras. Página 79.
Como curiosidad diremos que en este relato encontraremos uno de los pocos ejemplos de varón positivo presentes en el libro aunque, curiosamente, también vende y es parte de una sociedad mercantil, aunque sea alternativa, con un tenderete precario, surgido en mitad de un parque, y lo que vende sea algo “inmaterial” como las palabras. Hay un algo de hippie, de miembro del 15M, de voluntad libre y al margen del sistema, de Revolución del 68 en este protagonista que intenta devolver al mundo a la comunicación y la belleza de la poesía, la fuerza de las palabras…
Un libro repleto de un ideario firme… y soñador.

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