Fragmentos de un mal día

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1. De antemano sabía que podía llegar a tener momentos terribles esta abstinencia. Pero mis estimaciones se quedaron bastante cortas, la experiencia es más que desagradable, me absorben una ansiedad y desesperación insospechadas. Justo ahora tengo la soga atada al cuello, literalmente hablando, así es, me amarré del mismísimo cuello al escritorio con un laso fuerte que, dientes y uñas mediante, no he podido desanudar a lo largo de 3 horas. Trataré de escribir lo que sea con tal de disuadirme un poco de este nervioso estado emocional. Estas letras serán mi terapia, me pregunto qué haré si no funcionan: darme de topes contra la pared hasta quedar dormido no es mala idea, pero seguro caería sobre el balde donde meo y cago y Rosana, que está por llamarme, se preocuparía (le voy a pedir que pague la cuenta de internet por mí, si tiene tiempo), ya van a pasar los 60 minutos desde que hizo la llamada anterior y si no le contesto seguro que viene. Imagino la escena: yo tirado sobre mi propia suciedad, despertando de mi inconsciencia y forcejeando todavía por quitarme el condenado laso justo en el instante en que ella entra, dice algo moderadamente reprobatorio como Qué asco y se va azotando la puerta en un nada moderado estado de sulfuridez, me quedaría sin nadie que me apoyase en este trago amargo. No puedo confiar en otra persona, mis padres me volverían a ingresar a un anexo. Primero, papá discutiría con mamá un rato, mas, al recordarle ésta lo estorboso que soy y toda la atención que requeriría, ambos convendrían en que lo mejor sería dar aviso a los de Nuevo Sol para que de inmediato enviaran la perrera a recogerme y llevarme a unas infernales vacaciones de 3 meses. Sergio sólo llamaría una vez al día, si acaso, aunque es más probable que aceptara mi petición de cuidarme por sentirse comprometido y se olvidara por completo de mi existencia al segundo día, y Santiago me desearía buena suerte y se excusaría explicándome sobre los tantos logros obtenidos en su carrera, y que no me interesa conocer, que lo mantienen muy ocupado.

2. Llama ya, Rosana, ¿por qué tardas tanto? Las primeras… ¿cuánto ha pasado? 10 horas y 50 minutos, increíble, juraría que ha transcurrido el triple de tiempo. En fin, durante 9 horas fue tan puntual como ese reloj suizo que trae colgado a la muñeca, y ahora, una hora con 50 y no marca. Debí haber pagado la cuenta de internet, debí haberle puesto algo de crédito al celular, pero había un motivo para no hacerlo, mantenerme aislado de las tentaciones, en facebook tengo entre mis contactos a 3 camellos que en un santiamén vendrían a entregarme lo que les pidiera sin importar que la casa esté cerrada y yo amarrado como un animal salvaje.

3. De dónde me sale tanta sudoración si no soy más que un guiñapo.

4. Qué buen trabajo hice atando este nudo ciego, es imposible quitárselo, pero el cuello me empieza a lastimar, debí escoger un material que fuese más generoso con la piel y no la rozara demasiado. Mejor desistir, algo me dice que ya se me aflojó un diente. Por cierto, Rosana ya dio señas de vida otra vez, estaba en el cine con su sobrina y por eso no había podido llamar antes. Me platicó la trama a grandes rasgos: un grupo de universitarios en una escuela de élite le hace la vida imposible a una estudiante becada de escasos recursos hasta que se suicida. Indolentes, los muchachos continúan con sus vidas placenteras, cómodamente resueltas desde antes de nacer, hasta que empiezan a morir bajo situaciones extrañas, no exentas de violencia y sufrimiento. Una historia muy utilizada ya en el ámbito cinematográfico, me sonó a Scream o a Sé lo que hicieron el verano pasado. Sin embargo, no compartí mi punto de vista con ella porque sonaba muy entusiasmada, incluso dijo que la peli venía a reivindicar al hoy en día irrisorio género de terror, del que ella y su sobrina son tan adeptas.

5. Ni siquiera puedo decir que veo la vida pasar por la ventana porque desde mi vidrio el único paisaje son las viejas espaldas de los gruesos edificios vecinos. Con su pintura económica carcomida por el sol, decenas de antenas de cable TV, cientos de inquilinos hacinados que imagino con sus vidas tan iguales entre sí. Todas las vidas se parecen, ¿dónde radica la diferencia entre una y otra?

6. Recuerdo un episodio de Dr. House en el que investigaban el posible envenenamiento por plomo de una paciente que no comía más que latas de atún. Era escritora de bestsellers, autora de una saga detectivesca que le fascinaba a House y que aun estaba inconclusa. Esto me viene a la mente no porque los relatos que yo hago le agraden a personas poderosas o inteligentes, no, de hecho, sólo los escribo para no decepcionar a papá, que me consiguió una columna en esa revista mediocre, sino porque llevo 3 días tragando lo mismo que el personaje y estoy harto, quisiera envenenarme.

7. Maldita sobriedad, ¿qué hay de meritorio en no meterse nada? Sólo se le da gusto a los demás.

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